Disneylandia (París)

Había quien pensaba que era cuestión de tiempo que Ciudadanos se abrazara a Podemos (y al PSOE de compañero de viaje) contra el PP. Nunca mejor dicho –lo de tiempo-, porque la posición no viene dada en este caso por la mera política o por las ideologías, sino por la edad, la cuestión generacional. Ciudadanos y Podemos representaron en su momento la alternativa regeneradora. No era ni son lo mismo, claro está, pero ambos aspiraban a renovar la representación política en nuestro país. Eran la cara joven, impoluta y fresca de la democracia. De la democracia antiliberal, en el caso de Podemos, y de la regeneración democrática en el de Ciudadanos.

 

La estrategia de Podemos está clara, a pesar de las discrepancias internas. Se trata de sustituir al PSOE en la izquierda. Ciudadanos, en cambio, ha sido incapaz de presentarse como alternativa creíble al PP. A partir de ahí, tenía dos posibilidades. O bien entrar en el gobierno central y poner en marcha su programa, a riesgo de difuminarse en una acción de gobierno monopolizada, casi naturalmente, por el PP. O bien tratar de influir desde fuera, una empresa dificultada por los números: al no tener un grupo decisivo, Ciudadanos queda a la sombra del PP… y del PSOE, que sigue siendo la clave de todo.

De ahí que su acción se haya centrado por lo fundamental en la cuestión de la regeneración, es decir de la corrupción. Impulsada por el extravagante calendario judicial, la corrupción ha vuelto a monopolizar la vida política. Se explica por tanto la coincidencia de Podemos y Ciudadanos. Los primeros están empeñados en identificar la democracia liberal, o la Monarquía parlamentaria, con un régimen corrupto del que ellos son la alternativa. Ciudadanos, por su parte, se aferra a la corrupción –pasada- como el náufrago a su tabla de salvación.

El resultado es que los nuevos partidos apartan de su acción cualquier asunto ajeno a los que les interesan profesionalmente a ellos mismos (mandatos, aforamientos, leyes electorales, etc.) y que en la nueva situación, en principio más abierta y representativa, cualquier reforma que vaya más allá de eso queda bloqueada. El impulso reformista, tan necesario para nuestro país y que tan buenos resultados ha dado, se colapsó en cuanto los partidos juveniles llegaron a la plaza pública. Nuestros políticos jóvenes deben de creer que los niños vienen de Disneylandia.

 

La Razón, 10-03-17