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Después de la izquierda

De la crisis de la socialdemocracia venimos hablando desde los años 80, cuando Thatcher y Reagan sacaron las consecuencias de los cambios de los 70 y, ante el descrédito del comunismo y tras las revoluciones antiautoritarias juveniles, variaron lo que se había llamado el pacto socialdemócrata. Vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, este “pacto” llevaba a una economía cada vez más intervenida: ahí se empezó a terminar el proceso de estatalización. Más tarde la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética trajeron el derrumbamiento del Gran Relato socialista y la recuperación del liberalismo por los partidos de izquierda. Blair y Clinton son los grandes nombres de este cambio que recogía el desafío de años anteriores e intentaba adaptar la socialdemocracia a la nueva situación de globalización. Fue la segunda crisis socialdemócrata. Asistimos ahora a la tercera, tras la crisis económica y la incapacidad de los partidos socialistas o socialdemócratas para dar respuesta a lo ocurrido entre 2008 y 2013.

En el plazo largo, las sucesivas crisis se explican por los cambios que han vivido las democracias desarrolladas. La economía y los mercados se han globalizado y los Estados han perdido capacidad de decisión y de control (véase lo ocurrido con las monedas). Se ha ido frenando la intervención del Estado en la economía, habiéndose privatizado los gigantescos sectores públicos hace tiempo vigentes (se salvan la sanidad, la educación y la seguridad social). La industrialización de la economía ha retrocedido drásticamente, lo que ha dado lugar a un mercado de trabajo cada vez más fragmentado, más inestable y más abierto en el que pierden pie los sindicatos “de clase”, como se les llamaba en nuestro país y que eran la base social de la socialdemocracia.

Aunque no ha dejado de haber clases sociales, sí que se difumina la pertenencia a la antigua clase obrera y se borra la diferencia entre esta y la clase media. Nadie habla ya de “proletarios” y los trabajadores lo son de todas las clases, como lo quiso la Segunda República. Y aunque han surgido nuevas desigualdades basadas en la educación o el acceso al mercado de trabajo, la respuesta liberal y conservadora -por utilizar dos términos convencionales- a la crisis de la socialdemocracia en los años 70 y 90 han traído un formidable aumento de la prosperidad.

La gran depresión de los últimos años nos impide a veces medir esta realidad, pero la riqueza generada en los últimos cuarenta años es extraordinaria. Los aumentos de productividad de estos veinte años y el mantenimiento del Estado de bienestar han borrado prácticamente cualquier pobreza real. A pesar de las consecuencias de la crisis, la población está cada vez más cualificada y mejor remunerada, y a medida que se recupera el empleo, como ocurre en nuestro país, va retrocediendo la desigualdad. Nunca la humanidad había vivido como se vive hoy en día en las democracias desarrolladas. Jamás ningún socialista soñó nada parecido.

El éxito del capitalismo liberal y de las democracias liberales, acoplado a la globalización, ha traído también nuevas formas de identificación. La socialdemocracia, que a pesar de ser de izquierdas era profundamente conservadora en sus principios y en sus actitudes, se adapta mal a un mundo en el que las identidades se definen en virtud de parámetros individuales o de grupo que muchas veces tienen poco o nada que ver con la nación, con la familia tradicional ni con la clase, que eran los tres elementos en los que se sustentaban los partidos socialdemócratas.

Esta globalización interna, moral, es tan importante en términos políticos como la económica, reforzada por la revolución tecnológica. Crea un mundo en cambio constante al que la antigua socialdemocracia ha intentado adaptarse haciendo suyo los relatos progresistas surgidos en los años 60 y 70. Con el modelo de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, los socialdemócratas –en el sentido amplio, también los demócratas norteamericanos- se han vuelto adeptos a las reivindicaciones culturales y a las políticas de identidad, como el feminismo y el género.

Es una trampa, porque aunque en apariencia renuevan el mensaje y las formas, estas políticas contribuyen a desarticular aún más las sociedades en las que se aplican. En vez de generar mayorías sociales y políticas, producen minorías, grupos que por su propia naturaleza difícilmente conforman alianzas sociales capaces de sostener mayorías de gobierno. Así es como se pasa del modelo socialdemócrata, tan digno, tan consciente de las virtudes cívicas que quería mantener, al frikismo propio de la izquierda actual.

Además, esta reconversión trae aparejada un cambio en la noción misma de derechos, que el Estado debe satisfacer siempre, en cualquier caso, como la democracia blanda y sin virtudes que imaginó Tocqueville. Económicamente, esta demanda creciente sólo puede ser satisfecha –si es que lo puede ser- con un crecimiento económico sostenido y significativo. Y este a su vez es contradictorio con las exigencias estatalizadoras que los socialismos y la socialdemocracia siguen planteando. Ocurre lo mismo con los nuevos problemas de precariedad y desigualdad: las antiguas recetas socialistas no sirven. En este punto la crisis económica ha sido definitiva.

Habrá quien siga echando de menos soluciones keynesianas. La realidad es que hemos salido de la crisis con políticas (moderadas) de austeridad y con reformas destinadas a flexibilizar y a aumentar la autonomía de las empresas y los agentes económicos. Las recetas socialistas y socialdemócratas han fallado, como pudimos comprobar en nuestro país entre el 2008 y el 2010. En contra de la propaganda, sólo las reformas y la liberalización han permitido volver a la prosperidad y mantener el Estado de bienestar.

No es de extrañar, por tanto, que los antiguos partidos socialdemócratas entren en crisis también como organización y como instrumento. La afiliación a los sindicatos sigue cayendo y los partidos socialdemócratas tienden a convertirse en núcleos de resistencia que se nutren de sus propias consignas, desconectadas de una sociedad a la que han dejado de aspirar a representar. Por ahí han surgido nuevas organizaciones, unas populistas, a veces de índole más o menos comunista (aunque serían impensables sin la revolución tecnológica: no hay populista sin su iPhone, por no hablar de las redes sociales) y otras más dispuestas a hacer suya la lección liberal de estos años. En el fondo, lo que resulta cada vez más claro es que estamos ante la desaparición de la izquierda, de la que la actual crisis de la socialdemocracia es, posiblemente, el último episodio.

La Razón, 16-05-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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