El chavismo no entiende de diálogo

El régimen de Nicolás Maduro tiene buenos amigos en España. Aparte de los antiguos terroristas etarras, están los compañeros de Podemos, grandes socialdemócratas, que en su día asesoraron a Hugo Chávez acerca de cómo criminalizar a los opositores ante la opinión pública y que a su vez fueron financiados por él. Cundía la idea de exportar la revolución bolivariana, el nuevo comunismo, a Europa. Los Iglesias, Errejón y Bescansa iban a ser la vanguardia de ese gran movimiento de construcción popular. Otro de los amigos del régimen chavista de Maduro es Rodríguez Zapatero, padrino del podemismo, que se prestó a mediar entre el régimen y la oposición. Rodríguez Zapatero hizo suya la idea de que la oposición, que ganó las últimas elecciones y quiere hacer cumplir la Constitución venezolana convocando un referéndum revocatorio lo antes posible, debe aceptar diferir éste de tal modo que Maduro pueda seguir en el poder hasta 2019. Así es como se le abrieron las puertas de la celda de Ramo Verde, donde está encarcelado el opositor Leopoldo López, algo que no ha ocurrido en ningún otro caso. A pesar de las facilidades, no consiguió su proyecto y la oposición, en particular Leopoldo López, sobre quien se ha ejercido toda la presión, en parte a través de Rodríguez Zapatero, no ha aceptado la postergación del referéndum.

 

Más lejos de Caracas está el presidente Obama. Evidentemente, Obama no siente la menor simpatía por Maduro ni por el régimen chavista, pero no entra dentro de sus planes que los últimos meses de su presidencia se vean enturbiados por el desorden venezolano. Su legado latinoamericano es la “apertura” de Cuba y el acuerdo de “paz” en Colombia. Ni es “paz” ni es “apertura”, pero la fragilidad misma de los dos procesos, que dependen de la propaganda, requiere que las cosas sigan como están. Estados Unidos, que podría hacer más, no utiliza sus medios de influencia en América Latina para presionar a Maduro.

La consecuencia es que el régimen chavista venezolano se ha sentido con las manos libres para manifestar su autoridad con la sentencia que corrobora la condena de más de 13 años para Leopoldo López. Ya el juicio que desembocó en la primera sentencia el pasado septiembre había estado plagado de irregularidades, de falsedades y de presiones. El tiempo transcurrido desde entonces corrobora que hemos asistido a la reedición, casi treinta años después de la caída del Muro de Berlín, de uno de esos juicios en los que la Unión Soviética, y la Cuba de Fidel Castro, se especializaron: un juicio estalinista en el que la suerte del acusado –detenido por motivos políticos- está echada de antemano y cuyo valor es estrictamente ejemplar. A Leopoldo López se le condena a una pena monstruosa porque es inocente.

La ejemplaridad es tanto más necesaria porque la situación del país es insostenible. El pasado 30 de mayo se hizo público el informe sobre Venezuela de Luis Almagro, secretario general de la OEA (Organización de Estados Americanos), que documenta a lo largo de sus 130 páginas lo que está ocurriendo en el país. Se describen los procedimientos políticos y policiales que demuestran que el régimen de Maduro no tiene la menor intención de dialogar con la oposición ni permitir una alternativa. También se documenta el colapso de la economía del país, la catastrófica situación sanitaria, la corrupción galopante y unos indicios de criminalidad disparados: el nuevo comunismo.

Vale la pena leer la respuesta, incluida en el mismo informe, de la ministra venezolana de Relaciones Exteriores. No hay la menor voluntad de asumir ninguna responsabilidad. El lenguaje y la argumentación son los mismos que se estilaban en la RDA o la Rumanía de los Ceausescu: un cinismo infinito y una inhumanidad absoluta. Nadie, y menos que nadie los miembros del régimen, se cree las mentiras sobre el “hegemon” o los “intereses imperiales”. Lo único que mantiene el tinglado es la corrupción y la fuerza descarnada, la brutalidad, la violencia. No hay más. Y como la propaganda se ha concentrado en destruir a Leopoldo López, es de esperar que las democracias liberales cumplan con su deber y se vuelquen en la defensa de su dignidad.

 

La Razón, 14-08-16