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Algunos incordios sobre la libertad civil…, por José Jiménez Lozano

…Y una coda sobre las prohibiciones necesarias.

Exactamente como nadie  podía pensar en el mundo  en un origen microbiano para explicar una epidemia antes del siglo XIX, tampoco podía pensarse, antes del descubrimiento de América que había más mundo que el mundo que se conocía, y que  todo hombre era un hombre, y que no había hombres con escamas, con un solo pie o con cabeza de perro, como se decía; ni  se podía pensar tan inequívocamente que todo hombre era igual a otro hombre, tal y como fue radicalmente formulado por la escuela dominicana de Salamanca que, al pensar y repensar los problemas de los habitantes de los nuevas tierras que España había descubierto, consideró la libertad y la igualdad como condiciones esenciales de humanidad, exactamente como las de pensar y hablar.  Y el hecho fue que este nuevo entendimiento de lo humano será el  principio informante de la legalidad ordinaria en el decenio de 1530-40. Y que, fueren como fueren las cosas, ya nadie podrá separar de buena fe la libertad y la igualdad del mero hecho de ser hombre.

1- El primer estadio de la libertad es el de la tolerancia, que no puede ser confundida con ella. Tolerancia es una palabra que viene del verbo latino “tollere” que significa soportar un peso, y se utiliza en este caso para indicar que soportamos el peso de la diferencia con otra persona o grupo para que éstos, a su vez, nos soporten a nosotros y a nuestro grupo.

Hay una nota de junio de 1851 en el Diario de Sören Kierkegaard, en el que éste escribe: “En un folleto de Franklin sobre el espíritu de persecución de los disidentes en los tiempos antiguos, dice que es poco a poco como se ha llegado a reconocer la tolerancia, (es decir, que poco a poco se ha hecho indiferente)”. Y en otra nota puesta al margen añade: “Tan evidente es que esta tolerancia aparece por la indiferencia de los hombres, pero no es menos cierto que en el origen es un fruto no de la razón, sino del comercio”. Y añade: “Y no importa que el traficante pueda comprender que la tolerancia va en interés del comercio. Y ocurre que es, cuando el mundo ha caído tan bajo hasta no tener una idea superior a las ideas de los comerciantes, cuando surge entonces la tolerancia… ¡Bebamos a su salud!”

Y Kierkegaard se indigna ante tales orígenes de la tolerancia, aunque nosotros no tiraríamos una sola piedra contra este “espíritu comercial” con recordar solamente que tiene siempre como secuela todo un avezamiento social en la igual acepción de las personas.

2- Pero histórica es también la experiencia de la libertad individual y grupal, propia o de sus antepasados, que muchos de los emigrantes judíos de Sefarad llevaron a Amsterdam, una ciudad comercial por cierto, cuando su experiencia de libertad y también de tolerancia concluye en la Península ibérica desde la cual vienen.

De la mera conciencia del ser hombres y vivir de  entre otros seres humanos había nacido esa convivencia sin que hubiese resultado de ningún peso o interés en sus diferencias sino la simple conciencia de pertenecer a una familia y tradición, que  es lo que se llamaba  la pertenencia a una ley o ley de cada cual, protegida por el respeto natural de las demás a su sola presencia.Y dentro todas ellas de una estructura social y cultural europea y cristiana.

Esta praxis de la libertad que brota no del mero estar juntos sino del convivir, o vivir unos con otros, tiene una explicación primera en que la naturaleza humana posee una natural prevención ante lo ajeno diferente pero  que luego desaparece en cuanto se da aquella experiencia de la convivencia y, cuando se quiere concluir con ella,la técnica desde siglos será añadir, a la mera hmanidad, ideas e imágenes, una ideología en suma, generadora de odio y violencia, y una práctica de “ghetto” o “apartheid” para borrar la profunda  humanidad hasta entonces compartida, como yendo de suyo, diríamos, “mutatis mutadis” que como  el perro del que habla Emmanuel Lévinas, que “vivía en un rincón  salvaje en los alrededores del campo. Pero nosotros le llamábamos Bobby, con un nombre exótico como conviene a un perro querido. Aparecía en el momento de los agrupamientos matinales y nos esperaba a la vuelta, saltando y aullando alegremente.  Por él – esto era incontestable – nosotros fuimos hombres».

Seguir leyendo en La Hora de España, Deusto.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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