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Mayoría absoluta. La obra maestra de la democracia

En pleno furor regeneracionista, apenas hace algo más de un año, los partidos emergentes iban a sustituir a los “viejos”, íbamos a instaurar una transparencia absoluta, los ciudadanos -o la gente, por no decir la peña- íbamos ser “empoderados” por políticos que no lo eran y el régimen del 78, es decir la Monarquía parlamentaria, iba a ser sustituido por otro nuevo que barrería la partitocracia y la corrupción.

Otra revolución pendiente

Aquella revolución in pectore no se ha cumplido del todo. Pasará al repertorio de las quejas recurrentes propias del progresismo de nuestro país, según el cual vamos dejando en el camino las ruinas de las revoluciones pendientes: la burguesa, capitalista y liberal, primero; luego la proletaria y ahora la populista-regeneracionista. Hay que reconocer, aun así, que el vendaval ha traído algunas cosas saludables. Ha cambiado la relación de los españoles con lo público, que ya no es tan laxa y permisiva como lo fue durante mucho tiempo y está ahora más sujeta a la rendición de cuentas y a la vigilancia. Tal vez se haya conseguido incluso reducir la influencia de la política más allá de su propia esfera, algo que había traído consecuencias nefastas –por ejemplo en el caso de las cajas de ahorro.

Consecuencia de aquel terremoto es también el callejón sin salida en el que se ha metido el nacionalismo catalán, y con él todo el nacionalismo soberanista, al cometer el error estratégico de lanzar un proceso de independencia prematuro en plena oleada nacional-populista. Y de ahí viene, en parte, el hundimiento de la izquierda, un proceso generalizado y probablemente definitivo, en todas las democracias desarrolladas. Aunque de naturaleza diferente, también hay que ver en aquella crisis el origen de la fragmentación del voto de centro derecha.

No son las consecuencias que se esperaban de la propuesta regeneracionista, pero responden a otra de las críticas que se emitieron entonces acerca del sistema político vigente. Se recordará, sin duda, porque todavía se escucha el argumento: el “turno” de dos grandes partidos –equiparados, no sin forzar mucho la analogía, con el Partido Conservador y el Liberal de tiempos de la Monarquía constitucional o Restauración, para los críticos con aquel período, que es casi todo el mundo- favorecía las mayorías absolutas y a su vez estas habían acabado poniendo en peligro la propia democracia liberal. Ya antes de la ola regeneracionista, la metáfora del “rodillo” había sido utilizada por los dos grandes partidos nacionales para criticar la ausencia de voluntad de diálogo del adversario cuando este tenía mayoría más o menos suficiente. Ahora, sin embargo, ya no se trataba de una crítica oportunista y coyuntural. Habíamos pasado a poner en cuestión la misma idea de mayoría absoluta, equiparada a alguna forma de tiranía: la mayoría absoluta permite un gobierno sin verdadera rendición de cuentas y anula la capacidad de las Cortes para ejercer su función de control. La mayoría absoluta, en resumidas cuentas, se había convertido en una amenaza para la democracia liberal.

Conviene recordar, antes que nada, que por muy recurrente que haya sido el argumento partidista del “rodillo”, la crítica de fondo a la mayoría absoluta se produce sólo cuando gobierna el Partido Popular. Ocurre algo parecido con la percepción de la corrupción, que aumenta siempre que entra a gobernar el PP, como pasó en 2012 y acaba de pasar ahora, con el último gobierno de Mariano Rajoy.

Fragmentación política. Consecuencias

En cuanto a si la ausencia de mayoría absoluta ha traído una democracia de mayor calidad, la experiencia española es demasiado corta como para poder dar una respuesta clara. Sabemos lo que ocurría antes, que era que la falta de mayoría se suplía con los votos nacionalistas. La repetición de las elecciones en junio de 2016 y el hecho de que hayamos tenido un gobierno en funciones durante casi un año no habla bien de la capacidad de los partidos políticos de nuestro país para gestionar situaciones de ausencia de mayorías claras, aunque hay que recordar que el responsable de la ausencia de gobierno fue el PSOE, que se negó a gobernar en coalición con Podemos (y los nacionalistas), pero también a apoyar o al menos permitir un gobierno del PP. Desde que el PP alcanzó el pacto con Ciudadanos y cambió la posición de los socialistas, la experiencia permite comprobar que, aunque de forma precaria, sí que es posible gobernar sin tener detrás una mayoría absoluta y sin recurrir en primera instancia a los nacionalistas.

Los riesgos de esta situación son bien conocidos por la experiencia de lo ocurrido en países cuyo régimen electoral desincentiva la formación de mayorías absolutas. En Italia, que es el ejemplo más conocido, la negociación perpetua entre múltiples partidos ha llevado históricamente a la inestabilidad gubernamental, con dos consecuencias fundamentales: la opacidad de las decisiones políticas, que quedan fuera del alcance de la comprensión de los ciudadanos por responder a una lógica partidista ajena a cualquier rendición de cuentas –es decir el resultado opuesto al que se buscaba aquí cuando se quiso acabar con la mayoría absoluta. Y, en segundo lugar, la paralización de cualquier reforma, carente el gobierno de fuerza para sacar adelante proyectos que impliquen un cambio consistente. En otras palabras, la ausencia de mayorías absolutas, que debería llevar a una mayor transparencia, tiene el efecto contrario. Y en vez de reducir el alcance de la política en la vida de una sociedad, lo multiplica, lo que acaba aumentando la corrupción.

En nuestro país no hemos llegado a tales extremos. La fragmentación del voto y de la representación política, aunque importantes, no han provocado la ingobernabilidad del país, que por otro lado ha demostrado, en el largo período de gobierno en funciones, el buen estado de las instituciones y la moderación de una parte mayoritaria de la opinión pública, algo que el furor regeneracionista se empeñaba en negar. En cambio, lo que sí han traído ha sido una reducción del impulso reformista. En algunos casos, como en el de la reforma de la reforma educativa, este movimiento revisionista, por así llamarlo, viene justificado por la necesidad de alcanzar un consenso o pacto de Estado entre las diversas fuerzas políticas. Es posible, pero no está claro que esto sea de por sí eficaz, ni que el resultado de ese consenso, si es que se alcanza, mejore la ley educativa promulgada durante la legislatura previa. En este caso, el argumento regeneracionista confluye con el más (razonablemente) conservador, según el cual ninguna gran reforma será positiva si no cuenta con un amplio respaldo político. Podría ser incluso contraproducente.

Sea lo que sea, es un hecho que la ausencia de mayorías absolutas y la fragmentación de la representación pueden conducir a la paralización de cualquier reforma, como bien ha comprobado Ciudadanos con la amenaza de veto –vía referéndum- formulada por Podemos ante cualquier posible reforma constitucional. De lo que se deduce que también el regeneracionismo puede llegar a verse favorecido por la existencia de mayorías solventes. Sin contar con la amplia experiencia española en este sentido: todos recordamos cómo han ganado terreno las propuestas nacionalistas siempre que los partidos nacionales carecían de mayoría absoluta en las Cortes.

Elogio de la mayoría absoluta

Y es que, en contra de lo que hemos oído tantas veces, las mayorías absolutas no sólo no son una amenaza para la democracia liberal. Son más bien la obra maestra de la democracia, en particular cuando conseguir articularlas es tarea difícil, como ocurre en nuestro sistema electoral. La mayoría absoluta supone, efectivamente, la construcción de una gran coalición social nacional, lo que a su vez significa que un partido político ha conseguido integrar los intereses, las inquietudes y los deseos de una mayoría social en una única plataforma. La mayoría absoluta demuestra, en general, la capacidad de integración de un partido político y su voluntad para convertirse de verdad en un instrumento de gobierno. (El PSOE no ha conseguido una desde 1990, hace casi treinta años.) Por eso las mayorías absolutas hacen posible las reformas: porque parten de una negociación y un consenso previos a la decisión política y permiten la autonomía de esta soslayando siempre cualquier radicalismo. En sociedades tan fragmentadas como las nuestras, las mayorías absolutas son aún más valiosas, porque indican la capacidad de un partido político para convertirse en un instrumento puesto al servicio de aquello que une a muchos, ya que no a todos, en vez de transformarse en el altavoz de minorías supuestamente agraviadas, que es una de las derivas político-sociales en las que ahora nos encontramos.

Por eso mismo, porque sólo se consigue desde el centro y nunca desde los extremos, la mayoría absoluta significa también una obligada moderación para quien tiene que gestionarla. Aznar hizo la dramática experiencia de este límite infranqueable durante su segunda legislatura, y Rajoy, que venía ya sobre aviso, demostró conocerlo bien entre 2011 y 2015. La mayoría absoluta no es por tanto un cheque en blanco ni una “dictadura” que ponga entre paréntesis los instrumentos de control de las democracias liberales. Además de las limitaciones que impone el propio pacto que ha producido la mayoría, están los que nacen de la opinión pública. Y están también los institucionales, de los que, curiosamente, algunos regeneracionistas, sobre todo los más alborotados y adolescentes, no parecen ser muy amigos al tiempo que dicen echarlos de menos. Es posible que no la echemos nunca de menos, pero también lo es que a no mucho tardar comprendamos que las mayorías absolutas no ponen en peligro la representatividad del sistema ni las reformas necesarias. Más bien al contrario.

El Espectador Incorrecto, 22-03-17

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JOSÉ MARÍA MARCO

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