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El aprendizaje de la tolerancia

La propuesta del PSOE para expulsar la religión de los programas escolares ha suscitado diversas respuestas. Algunas son de orden político, como cuando se señala que el PSOE se dedica a predicar reformas religiosas y constitucionales cuando no tiene programa. O también, que la reforma educativa, tan necesaria, requiere algo más que atascarse otra vez en el debate sobre la asignatura de religión. De hecho, este debate parece pensado para hacerla imposible.

También se ha argumentado que el modelo constitucional español, en esto de la religión, no es el del laicismo a lo francés jacobino, que tanto ha obsesionado a las elites de nuestro país. Es otro, de orden aconfesional. Se podría añadir que el modelo español –a diferencia del francés- está funcionando razonablemente bien. El modelo laico requiere expulsar la religión del espacio público algo que, por razones obvias, nunca ha sido posible aquí. El nuestro acepta la religión como una parte integral de lo público y se esfuerza por acomodarlo en él, sin comprometer la neutralidad del Estado. La clave hasta ahora ha sido el catolicismo, aunque otras confesiones aspiran a un tratamiento parecido. No tiene por qué haber problemas insalvables, siempre que la enseñanza de la religión, si tal es el caso, no contradiga el respeto y la defensa de los derechos humanos que están en la base de nuestro ordenamiento constitucional y de nuestra civilización. Y de nuevo, la integración en el ámbito público puede ser, si se gestiona con rigor, más una garantía que una amenaza. Lo es, de hecho.

España da ejemplo de riqueza en las manifestaciones culturales de origen religioso. Sólo mediante una operación quirúrgica violenta se podría pensar en excluir la religión del espacio público. No tenemos nada que ganar con ella, salvo volver a plantear y enconar de nuevo problemas que ya no existen. En cambio, el esfuerzo por seguir integrando es de por sí una lección de tolerancia, más aún en la escuela y en la formación de los futuros ciudadanos, que no tienen por qué estar cortados por el (santo) patrón jacobino. La tolerancia no se ejerce con quien es igual que uno mismo. Se ejerce con quien es diferente. Aspira a fundar ese espacio de convivencia en el que sea posible hablar de una comunidad política civilizada, donde las diferencias son consideradas una aportación y no un obstáculo. Claro que quienes tantas lecciones dan deberían aprender algo, un poquito, de tolerancia.

La Razón, 27-10-15

 

Ilustración: desde el Cerro de los Ángeles, Getafe

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JOSÉ MARÍA MARCO

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