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El origen de la Institución Libre de Enseñanza (4)

El 19 de abril, Santiago Inerarity, el padre de la primera mujer de Azcárate, le había escrito a Giner desde Hendaya, ofreciéndole su amistad y su casa. Los Inerarity se habían tenido que mudar a Hendaya desde que la guerra desatada en Cuba después de los acontecimientos de 1868 les privó de parte de sus fondos y les obligó a reducir gastos y salir de Madrid. Según Santiago Inerarity, en Hendaya, Giner tendría ocasión de conocer a muchos carlistas que “están llenos de envidia al ver los procedimientos del Sr. Cánovas con Vd. y exclaman entusiasmados: ‘¡Nosotros no hubiéramos podido hacerlo mejor!’”.[1] No sabemos si a Giner le hizo mucha gracia eso de ver su intransigencia colocada en el mismo plano que la de los más reaccionarios de los reaccionarios. En cualquier caso, no hubo más cartas de don Santiago Inerarity. Pero don Santiago mantenía una correspondencia muy estrecha con su antiguo yerno, Gumersindo de Azcárate, y a éste le había dicho con franqueza lo que pensaba de lo ocurrido en España desde 1868.

 

“¿Qué se ha ganado desde (…) la Revolución de 1868? ¡Nada!, excepto probar al mundo que, publicando las más avanzadas doctrinas a la nación más atrasada de Europa, se ha retrasado el progreso efectivo por la impaciencia que se ha creado entre las masas analfabetas para alcanzar una supremacía política que todavía no son capaces de ejercer. Si el pueblo español apreciara real y profundamente las conquistas, malamante aplicadas, de 1868, este movimiento hubiera sido absolutamente imposible. (…) ¡(…) todo hay que volverlo a empezar! Los liberales han destruido el amor al orden, la veneración por la ley y la autoridad (…).”

Y sigue diciendo don Santiago Inerarity –que había admirado a Salmerón-, con pragmatismo inglés de buena ley: “Aunque las características de la última Asamblea eran despreciables, no por eso dejo de considerar como extremadamente grave su disolución con la punta de las bayonetas, y sobre Salmerón pesa la responsabilidad de no haber previsto que, si abandonaba a Castelar, se produciría una dictadura militar. (…) todo lo que es digno y respetable en España, en Europa y en los Estados Unidos simpatizaba con los esfuerzos de Castelar, y ahora aprueba el golpe de Estado como un remedio a la desesperada para salvar al país de Pi [y Margall] y de la anarquía salvaje del verano último [de 1873].”[2]

Su suegro le ha hecho a Azcárate, en enero de 1874, la crítica que los krausistas, responsables de algunos de los grandes hechos de la Revolución, no aceptarán jamás. Más aún, Giner está haciendo todo lo posible para que esa autocrítica no se produzca nunca. Sería como proceder a la demolición de una posición radical que ha requerido muchísimo trabajo y muchísimo esfuerzo. Curiosamente, Giner se imaginará un día fiel seguidor de la cultura política inglesa. Nunca comprenderá el pragmatismo anglosajón. Fiel a sus postulados radicales, se imaginará una Inglaterra hecha a la medida de un capricho estético.

Durante su tiempo de confinamiento en Cádiz, Giner sigue hospedado en el piso de la plaza de las Flores. Hace un tiempo agradable de principios de verano. Se levanta temprano, entre las siete y las ocho. Lee un rato o se acerca al Casino, a hojear la prensa, extranjera por supuesto: el Times o el Journal des Débats. A las diez almuerza, y entonces empiezan a llegar las visitas, muy numerosas. Entre los más fieles está Thomas Fellowes Reade, el cónsul de Inglaterra. Sobre las seis de la tarde come, se da una vuelta con Alejandro San Martín, un médico que ha conocido allí, que acabará siendo su propio médico y que es “lo mejorcito –quizá lo único- de esta Facultad”. Por el inciso –“quizá lo único”- sabemos que Giner ya ha adquirido uno de sus tics característicos. Es un apunte marginal, un pellizco de esos que se llaman popularmente de monja, que salpican la prosa de Giner con un guiño cómplice y clerical.[3] También sale con Agusto Arcimís, hombre joven, culto, comerciante y astrónomo aficionado que se había hecho instalar un pequeño observatorio en la torre de su casa gaditana. Será su “teacher” de Astronomía.[4] Cuando Arcimís tiene trabajo, sale con José Macpherson, un geólogo de familia escocesa.

En pocas semanas Giner teje una densa red de relaciones. También traba amistad con la familia de Manuela de Azcárate, hermana de Gumersindo. Manuela se ha casado con Salvador Arpa, pero quien de verdad interesa a Giner es el hermano más joven de ésta: “El ciudadano Tomás Arpa”, le escribe a Gumersindo de Azcárate, “decididamente me gusta mucho, aunque es más atolondrado que Vd. todavía.” Y un poco después, sigue insistiendo: “¡Qué buen chico es Tomás!, me gusta mucho. Todos los domingos se toma el trabajo de venirse a almorzar conmigo y charlamos largamente. Tiene talento, instrucción y deseos; sólo es algo atropellado y vehemente; pero me tiene encantado.”[5] Quizás fue Tomás Arpa, marino de profesión, quien se puso a enseñarle a nadar. La noticia no le gusta mucho a González de Linares: “Le supongo ahora un nadador consumado. Ya habrá sacudido la tutela mía; bien poco habrá durado esta, única a mi favor.”[6] Giner ya sabe cómo manejar los afectos de sus discípulos.

Tampoco se ha olvidado de su afición por la música, en una ciudad de tanta tradición musical como es Cádiz. Los domingos y los martes tiene sesión musical en casa de otro comerciante: “(…) por supuesto, Mozart, Beethoven, Haydn, Wagner, etcétera.”[7] Por supuesto: no podía ser otra cosa. No va al teatro por habérsele muerto un tío, Juan Giner de la Fuente, hermano de su padre. Por cierto, su padre se ha ido a vivir a Cádiz con él. El padre tendrá que acudir a Vélez Málaga con ocasión del fallecimiento de un hermano suyo. Ahora bien, Giner, tan locuaz en cuanto a las amistades, los horarios y las aficiones, no habla nunca de su padre.

La vida de los demás profesores confinados también transcurre plácida. Salmerón se aburre en Lugo. Mucho menos sociable que Giner, echa de menos a su familia, lo único que parece haber contagiado un poco de vida a quien quiso ser modelo de ciudadanía y espejo de republicanos. Pronto se llevará a toda la prole y a Catalina, su mujer, a Lugo, donde podrán darse buenos baños de mar. Azcárate ha decidido no tomarse por lo trágico su estancia forzada en Cáceres, donde ha acabado siendo confinado. A Giner, al que llama “astrónomo ilustre y músico eminente”,[8] le escribe: “Vd. será mejor que yo, pero no estará mejor, porque yo engordo que es un portento con estos chorizos.”[9] Giner, haciendo gala de austeridad, se contenta con picar unas almendras fritas que le prepara la mujer de Arcimís. “No veo la ventaja”, le contesta a Azcárate, “de que engorde Vd., como dice, con una fruición dolorosa. ¿Se propone Vd. servirse en la mesa de Cánovas los viernes?”[10]

Además de engordar, Azcárate se ha puesto a escribir. Está pensando en un estudio político sobre la monarquía parlamentaria y empieza a escribir una obra de inspiración ortodoxamente krausista, que acabará titulando Minuta de un testamento. Giner, que no está para bromas y jamás tuvo el menor sentido del humor, se lo toma en serio y le confiesa que él también ha pensado en hacer testamento, pero que no puede trabajar en nada.[11] Como siempre, las relaciones le absorben todo su tiempo. A principios de julio ya se ha aburrido de Cádiz. Además, se le acaba el dinero. A diferencia de lo ocurrido en 1868, esta vez el ministerio le ha dejado sin sueldo, como a sus compañeros separados. “¡Qué miseria!”, exclama.[12] Silvela le manda una letra de 1.516 reales, importe que le corresponde a Giner de la matrícula, llamada entonces “derechos de examen”.[13] Pero Azcárate y Salmerón lo han rechazado… Giner también se ha negado a contestar al pliego de cargos del rectorado y lo ha devuelto al remitente. Salmerón, forzado por las necesidades de la familia, ha empezado a buscar algún arreglo. La Revista Occidental de Lisboa le ofrece colaborar en sus páginas y le paga veinte reales la página. También Giner y Azcárate están invitados a escribir.

A finales de julio, el Gobierno ya ha puesto fin al confinamiento forzado. Santiago Inerarity había puesto a disposición de Giner su casa de Hendaya. Con más fervor lo ha hecho Augusto González de Linares, que lo invita a su pueblo de Valle de Cabuérniga, en Santander. La elección ofreció pocas dudas. En Hendaya sólo encontraría la tranquilidad burguesa y un poco fría de los Inerarity, ingleses vulgares y corrientes, de verdad, sin pretensiones estetizantes, que no se fían mucho de él y seguramente lo consideran un radical, un intelectual, un bicho raro. En Cabuérniga le esperaba uno de sus más íntimos discípulos, que además tiene una familia bien inestable y atormentada, ideal para que Giner explaye sus talentos de maestro espiritual. Además, a su hermano José Luis Giner, de salud delicada, le habían aconsejado que pasara unos días en el clima suave del norte. José Luis Giner se había casado hacía poco tiempo con Mercedes Miranda. A Giner no le gustaba mucho aquel matrimonio de su hermano con una viuda mayor que él, y decidió ir a ver qué estaba pasando. Allí, al borde del Cantábrico y en los valles de la Montaña santanderina cuajará el proyecto más importante de su vida.

 

Ilustración: La Revolución de 1868, estampa. Museo de Historia de Madrid.

 

[1] Carta a Giner, 19 abril 1875, en Azcárate, P. de (1967), p. 157.

[2] Carta a Gumersindo de Azcárate, 7 de enero 1874, Azcárate, P. de (1969), pp. 285-286.

[3] Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 335.

[4] Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 335. Ver la carta completa en Azcárate, P. de (1967), pp. 40-42.

[5] Las dos citas, en Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 336.

[6] Carta de González Linares a Giner, 23 julio 1875, Faus Sevilla, P. (1986), p. 206.

[7] Azcárate, P. de (1967), pp. 41.

[8] Carta a Giner, Azcárate, P. de (1967), p. 71.

[9] Carta a Giner, 18 abril 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 49.

[10] Carta a Azcárate, 29 abril 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 36.

[11] Carta de Giner a Azcárate, 12,13 y14 junio 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 40.

[12] Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 336.

[13] Carta de Silvela a Giner, 6 junio 1875, Azcárate, P. de (1967), p. 119.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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