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Giner de los Ríos y la pervivencia del radicalismo progresista español

Miscelánea Comillas, Nº 116, Vol. 60. Enero-Junio 2002

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Francisco Giner de los Ríos nació en Ronda en 1839, en una familia de funcionarios al servicio del incipiente Estado liberal. Los dos miembros más destacados de esta familia son el abuelo materno de nuestro personaje, Francisco de los Ríos Zambrano, y su tío materno,  Antonio de los Ríos Rosas. El primero participó en las Cortes de Bayona, convocadas por Napoleón para dotar a España de una Constitución moderna. Fue lo que se llamó un afrancesado. El segundo, Antonio de los Ríos Rosas (1812-1873) es uno de los personajes más relevantes del liberalismo conservador español. De fuerte carácter, orador brillante (Cánovas lo llamó “genio de la injuria”), destaca en el Partido Moderado por su independencia de espíritu y lo que hoy llamaríamos su centrismo. Ríos Rosas se movió en el entorno del grupo llamado de los “puritanos”, entre los que se encontraban figuras tan relevantes como Francisco Pacheco, Nicomedes Pastor Díaz y el marqués de Salamanca. El nombre procede de la ópera de Bellini, de inmensa popularidad en aquel entonces, y el significado del apelativo del propio proyecto “puritano”. Los “puritanos” eran partidarios de tender puentes con los miembros más templados del partido progresista, se opusieron a la reforma de la Constitución de 1837 –llamada de la “transacción progresista”- y pensaban que el gobierno de las leyes debe prevalecer sobre el gobierno de los hombres.

Giner está por tanto en el cruce de dos tradiciones importantes de la vida política e intelectual española del siglo XIX. La primera es el pleito sobre la nación que se inicia con el gigantesco malentendido en el que desemboca la Guerra de la Independencia. La nación española, en su acepción moderna, surge de un pacto necesario en contra del invasor francés, un pacto en el que los dos bandos en juego mantienen concepciones opuestas de esa misma nación. Los dos luchan por lo mismo (la independencia, la Monarquía, las tradiciones políticas españoles y la religión), pero unos le dan la forma de una restauración de la Monarquía absolutista, mientras que otros (a los que pertenece la familia de Giner) le dan la forma de una Monarquía constitucional y un Estado liberal. El abuelo de Giner pertenece a los “afrancesados”, que ocupan una situación al mismo tiempo central y marginal en este pleito.

La otra gran tradición es la de la tendencia civilista y pactista del moderantismo español, representada en este caso por Ríos Rosas. Esta tendencia apuntará en diversas ocasiones a lo largo del reinado de Isabel II, y está en la base de una de las etapas más fecundas de aquellos años, como es el del Gobierno largo de O’Donnell y su grupo de Unión Liberal. Representa el intento de dar solidez al Estado liberal mediante la articulación de un espacio de centro, capaz de estabilizar la situación y evitar la radicalización de las tendencias. El fracaso de este intento acabó provocando el exilio de la Reina Isabel II, pero triunfaría cuando Cánovas consiguió, tras los experimentos de monarquía democrática (con Amadeo de Saboya), la Primera República y el interregno presidencialista de Serrano, construir, ahora sí con visos de duración, el régimen que conocemos como Restauración: una Monarquía liberal, fundada en un pacto constitucional (la Constitución de 1876), que permitía la alternancia en el poder de dos grandes partidos que integraron con éxito, y dieron nueva forma, a las dos tendencias cuyo enfrentamiento había causado el derrumbamiento de la monarquía isabelina: los liberal-conservadores del propio Cánovas y los liberal-fusionistas de Sagasta.

En la herencia familiar de Giner encontramos así dos líneas que en buena medida van a marcar toda su trayectoria vital e ideológica: el recuerdo del antiguo pleito sobre la nación española y la adscripción familiar a una tendencia liberal templada.

En la Universidad de Granada, donde estudió Derecho, el joven Giner se cruzó con otra línea entre filosófica e ideológica, que iba a marcar su vida entera: el krausismo.

Como es sabido, el krausismo español surge del descubrimiento de la obra de Krause por el español Julián Sanz del Río (1814-1869). Krause fue un hombre esquinado y problemático, que elaboró un pensamiento de base liberal, con un fuerte componente organicista y algunos toques de misticismo panteísta. Sanz del Río había recibido una beca de un ministerio progresista de los años de la revolución para estudiar en Europa las nuevas formas y filosofías políticas. La caída del ministerio progresista no tuvo consecuencias para él y los moderados siguieron subvencionando sus estudios. Pero estos estudios no desembocaron en los objetivos previstos, sino en una recreación a la española de las ideas de Krause, que Sanz del Río trasladó laboriosa y meticulosamente al español, tanto que publicó como propia una traducción de un texto del propio Krause, el Ideal de la vida para la Humanidad. El fraude tuvo un enorme éxito y está en la base de lo que se ha dado en llamar krausismo español, del que constituyó una suerte de catecismo.

El krausismo español no sólo aspiró a ser la inspiración del progresismo español, lo que conseguiría en parte en el Sexenio revolucionario. También resumió la aspiración de una parte del progresismo que consistía en la posibilidad de fundar una Iglesia nacional española desvinculada de la de Roma, un proyecto particularmente querido por Fernando de Castro (1814-1874), otro sacerdote de los varios que pueblan los primeros tiempos del krausismo.

Giner se traslada a Madrid en 1863 a estudiar doctorado. Estaba destinado a ser catedrático en la Universidad Central. Su tío Antonio de los Ríos Rosas, primera figura de la política española, le ayuda a encontrar un empleo para salir adelante. También le ayudarán otras personas, entre ellas su profesor de Granada Francisco Fernández y González, que le había puesto en contacto con la doctrina krausista. Giner se presentó a Julián Sanz del Río. Por los indicios que tenemos, la relación de Sanz del Río con Giner no fue cordial. Sanz del Río tardó en incluir a Giner en el grupo más íntimo que se había formado en torno a él. Sólo muy al final, después de haber demostrado mayor preferencia hacia otros discípulos –alguno de ellos más joven que Giner, como Luis Hermida-, Giner fue nombrado albacea testamentario de don Julián y pasó a formar parte, públicamente, del núcleo de escogidos por el maestro para difundir el krausismo.

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Giner de los Ríos es conocido antes que nada por los años finales de su vida, entre 1900 y 1915, en los que dirigió, un poco en la sombra pero con mano muy firme, las  Institución Libre de Enseñanza, que logró reunir una buena parte de lo más granado de la intelectualidad española, en particular de intelectualidad más selecta, renovadora e incluso inconformista Pero para entender con una perspectiva más realista la significación de esa etapa final conviene tener presentes tres episodios de la vida de Giner.

El primero va referido a su participación en los sucesos de la Revolución de 1868, o, más precisamente, a sus posiciones políticas y a las propuestas de reforma académica que el mismo Giner adelantó durante el reinado de Amadeo de Saboya, entre 1871 y 1873.

Giner era para entonces catedrático de Derecho Natural en Madrid. Pertenecía al núcleo de intelectuales krausistas, adscritos al progresismo, pero de posiciones políticas no del todo definidas, que habían conseguido hacerse con un papel de liderazgo en la Universidad. Los había que tendían hacia el republicanismo, como Nicolás Salmerón (1838-1908), condiscípulo de Giner en Granada y próximo por entonces a Castelar, y los había que tendían hacia posiciones más eclécticas y “doctrinarias” (por el liberalismo doctrinario francés), próximas a los fundamentos políticos e ideológicos del “puritanismo” moderado. De hecho, durante muchos años el krausismo, de contenidos herméticos y expresión abstrusa, fue entendido como la expresión ideológica de una franja del progresismo dispuesta a jugar el mismo papel que los “puritanos” habían jugado en el moderantismo, es decir la baza centrista. El mejor representante de esta actitud, dentro del propio krausismo, es Francisco de Paula Canalejas, (18834-1883), tío del político liberal asesinado en 1912, y que aspiró en su momento al liderazgo del grupo krausista, liderazgo con el que acabó alzándose Giner.

Ante la revolución de 1868 y sus consecuencias, el grupo krausista se encontraba por tanto en una actitud delicada. La mayor parte de sus miembros pertenecen a la elite que hereda el poder político e intelectual y que toma las riendas de la situación. Muchos de ellos pasan a ocupar puestos de poder en la nueva situación, como Fernando de Castro, exclaustrado convertido a la palabra krausista que llegó a ser rector de la Universidad de Madrid. Otros, con una intensa actividad política, apoyan la solución de la Monarquía democrática promovida por el general Prim y de hecho votan en la famosa sesión de Cortes en las que los representantes de la soberanía nacional eligieron o rey a Amadeo I.

Al tiempo que el grupo krausista mantenía estas posiciones que se pueden considerar templadas, y que responden bien a la imagen del krausismo como una doctrina inspirada en la moderación, los mismos krausistas ponen en práctica, o proponen a las autoridades correspondientes, una batería de reformas educativas extremadamente novedosas, por no decir radicales, inspiradas en las doctrinas del grupo. Desde su puesto de rector, Fernando de Castro promovió la creación de cursos y conferencias de educación popular y se introdujeron cambios en la forma misma de impartir clases: ya no habría convocatorias limitadas de exámenes, ni se podría pasar lista a los alumnos; las clases quedaban abiertas a todo el que quisiera asistir a ellas. El propio Giner publicó una propuesta destinada al ministro de Fomento para la ley de Instrucción Pública que se estaba discutiendo entonces y que plasmaba en toda su pureza las ideas elaboradas por el círculo krausista: la Ciencia se constituía en una esfera soberana y la Universidad, en la institución encargada de su realización. En la propuesta programática de Giner, quedaba excluida –radicalmente excluida- cualquier intervención gubernamental (la esfera correspondiente al Estado, en la doctrina krausista, es el Derecho) y el gobierno de la Ciencia correría a cargo de los propios representantes de la Ciencia, que ni siquiera tenían que ser los profesores universitarios, sino una Asamblea general de Instrucción Pública formada por todos los que se dedican a la Ciencia, incluidos escritores y profesores particulares.

La propuesta, como era de esperar, no se llevó a la práctica. Y Giner empezó a quedar defraudado por la nueva situación. Luego vinieron más razones para distanciarse. Por una parte, el conjunto del profesorado universitario no se mostró favorable a las propuestas de reforma que se hacían desde el Rectorado de la Universidad de Madrid, que consideraban radicales. Por otra, el plan de educación popular (en el que Giner participó poco), fracasó porque pasado el primer momento de efervescencia las clases populares dejaron de acudir a las clases. Peor aún, los krausistas, que habían abierto la puerta a las ideas radicales dentro de la propia universidad, se vieron desbordados por el radicalismo de la juventud universitaria que pretendían liderar. Los estudiantes no se conformaban con una monarquía como la amadeísta, defendida por esos mismos krausistas que les hablaban de un cambio radical. El malentendido llevó a las jornadas de noviembre de 1870, con manifestaciones, enfrentamientos violentos en la calle y dentro de la propia Universidad. A consecuencia de estos hechos, Fernando de Castro presentó su dimisión como rector y el intento de reformar la Universidad española según los cánones de la ortodoxia krausista quedó aplazado sine die.

El desengaño de Giner ante todos estos hechos le lleva al repliegue, pero no a la inacción. Escribe algunos textos en los que valora muy negativamente lo ocurrido y lo eleva a la categoría general. Desde el primer momento, Sanz del Río había cultivado su propia imagen y la del krausismo, como un movimiento que debía reinstaurar en España la modernidad europea, como si España, en el siglo XIX, se hubiera quedado al margen de cualquier corriente de modernización y sólo Sanz del Río, sus amigos y la doctrina krausista fueran capaces de iluminar a sus contemporáneos y hacer de España un país moderno y europeo. Esta idea tiene sus raíces en el malentendido inicial surgido en torno al concepto mismo de nación española, en tiempos de la Guerra de la Independencia, y se convierte con los años en un tópico muy cursado. España -se repetirá una y otra vez (en contra de cualquier dato suministrado por la experiencia)- se ha quedado fuera de la modernidad europea. Sanz del Río y Giner lo toman al pie de la letra: el krausismo era el instrumento de una nueva España, moderna y enfrentada a la antigua, surgida de la herencia fernandina en la que queda incluido el régimen isabelino y ahora también las consecuencias políticas de la Revolución de 1868.

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El segundo episodio que marca la trayectoria vital, intelectual y al cabo política de Giner y sus seguidores es el ocurrido justamente al inicio de la Restauración, cuando el descrédito de las ideas radicales era total debido a los enfrentamiento, la desorganización y la quiebra del Estado en el que había desembocado el proceso que empezó con la Revolución de 1868, siguió con la Monarquía amadeísta y culminó con la Primera República.

Tras el paréntesis de república presidencialista que intento encabezar el general Serrano, Cánovas consiguió la restauración en el trono de la dinastía borbónica en la persona de Alfonso XIII, hijo de la derrocada Isabel II. Par ello, Cánovas había tenido que lograr la abdicación de la Reina y, muy en particular, una renovación a fondo del conservadurismo español, al que había que centrar, dotar de un ideario consistente y renovar mediante una liderazgo consistente. Para ello Cánovas fundó su propio partido, el Liberal Conservador. Pero no pudo formar gobierno sin contar con algunos de los restos del Partido Moderado. Entre ellos estaba Manuel Orovio, marqués del mismo título (1817-1883), que tenía algunas cuentas pendientes con los krausistas desde un episodio previo a la Revolución de 1868.

Orovio fue nombrado Ministro de Fomento. Las medidas sobre enseñanza que adoptó en 1875 encajan con el espíritu conciliador y pragmático que caracteriza a Cánovas: restablecía la legislación anterior a la Revolución, pero (dado que el curso académico estaba ya avanzado) la aplazaba para el siguiente curso y respetaba la “libertad de enseñanza”, un concepto de origen krausista sobre el cual volveremos. Hasta ahí, Orovio cumplía bien el programa del Presidente del Gobierno. Pero dio un paso más, y envió una circular dirigida a las autoridades universitarias en la que se insistía en tres puntos. Orovio instaba a que se aplicase con rigor la disciplina académica; exhortaba a los rectores a no tolerar que se enseñasen doctrinas religiosas que no fueran las del Estado, es decir la de la Iglesia católica, y también recomendaba que no se admitiese menoscabo de la persona del Rey o del régimen monárquico constitucional.

El decreto suscitó cierto revuelo. Cautelar dimitió de su cátedra y algunos días después Giner se manifestó en una carta en contra de una circular que, según él, menoscababa la independencia del profesorado y convertía su elevada función en dócil intérprete de las pasiones políticas. El escrito era un desafío al nuevo ministro y al Gobierno de Cánovas. Hubo gestiones por parte del rector de la Universidad de Madrid, un hombre templado y tolerante, con conexiones en los círculos krausistas, para que Giner aceptara retirar su escrito. También hubo gestiones a cargo de un alto funcionario, que posiblemente fuera Francisco Silvela, cuyo hermano Luis era amigo personal de Giner. Se le hizo saber a Giner que Cánovas no estaba de acuerdo con las medidas de Orovio y que de hecho, no se llevarían a la práctica.

Giner se empecinó en su postura, el caso pasó al ministro de Gobernación, y Giner fue detenido y enviado a la cárcel de Santa Catalina, en Cádiz, donde pasó 48 horas, pudiendo luego irse a vivir con unos parientes, con libertad de circulación. La detención de Giner debe ser situada en el contexto del momento El gobierno de Cánovas se enfrentaba a una guerra civil en el norte contra el carlismo, a otra guerra en Cuba y al menoscabo de la autoridad del Estado derivado de las consecuencias de la sublevación cantonalista. En el interior de las fuerzas que le apoyaban, su margen de actuación era estrecho. Cánovas no quería en modo alguno continuar la tradición del Partido Moderado, pero no podía prescindir del todo de algunos de sus miembros, como el marqués de Orovio. Giner, por tanto, no fue sacrificado a la España negra y cavernícola que él mismo se había complacido en retratar en sus escritos. Fue víctima del precario equilibrio de poder en el que gobernaba Cánovas, y si a algo fue sacrificado era al proyecto templado y pragmático canovista, inspirado en el doctrinarismo francés, modelado según el régimen británico y heredero de los “puritanos” –entre los que estaba Antonio de los Ríos Rosas, tío de nuestro protagonista. Giner no desconocía estos hechos.

No sabemos las intenciones de Giner al negarse a cualquier negociación. Pero la actitud anuncia lo que va a venir. Y es que Giner se hizo a partir de ese momento con el liderazgo definitivo de lo que quedaba del krausismo español. La detención de Giner fue un hecho muy comentado en la prensa, y suscitó el escándalo entre los amigos de Giner. Francisco Silvela, por encargo de Cánovas, se comprometió por escrito a restablecer la legislación anterior a 1868 –por la que los propios krausistas habían accedido a sus cátedras- y suavizar las medidas de Orovio, aunque sin tocar el fondo de la cuestión, que era la necesidad del respeto a la religión católica y a los principios de la Monarquía constitucional. El grupo krausista se consideró ofendido en su dignidad y no aceptó el pacto. Así que se procedió contra ellos.

Fueron sancionados, como Giner, Nicolás Salmerón (presidente durante la Primera República), Gumersindo de Azcárate y dos jóvenes krausistas de la Universidad de Santiago de Compostela. Laureano Figuerola, economista liberal, y Eugenio Montero Ríos por su parte, renunciaron a sus cátedras. Hubo en total 39 protestas. La mayor parte de quienes protestaron no fueron sancionados. Evidentemente, las autoridades querían minimizar, ya que no había sido posible evitarlo, el enfrentamiento.

Pero el asunto dejó bien claro dos cosas. Primero, que los krausistas, como grupo ideológico, habían quedado considerablemente desacreditados con lo ocurrido en el Sexenio revolucionario: eso explica que la repulsa entre el profesorado universitario por la actitud de las autoridades fuera muy tibia. Segundo, que Giner, al adelantarse en la protesta, era ahora definitivamente el líder del grupo krausista.

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El tercer episodio importante, derivado del inmediatamente anterior, es la fundación y los primeros pasos de la Institución Libre de Enseñanza. Es un hecho suficientemente conocido como para que no sea necesario más que recordar algunos aspectos. Del grupo de profesores separados de sus cátedras surgió la idea de fundar una “pequeña institución de enseñanza superior libre” con una escuela de Derecho. Las Bases y Estatutos de la Institución Libre de Enseñanza fueron inspirados directamente por Giner, suscritas por el grupo de profesores represaliados y publicadas en El Imparcial, en Madrid, el 24 de mayo de 1876. La base legal es la que permitía la legislación educativa del momento, que consagró el monopolio del Estado en la enseñanza universitaria pero dejó abierta a la puerta a centros que pudieran impartir enseñanza superior, aunque no el título oficial. La forma fue una sociedad privada, en la que suscribieron acciones 201 accionistas, que luego llegaron a 350.

Entre ellos está el núcleo más íntimo de Giner y un amplio espectro de nombres, algunos de ellos representantes del antiguo progresismo y otros bien situados en el liberalismo de Sagasta (que opera en el campo de centro izquierda la misma refundación que Cánovas había realizado en el centro derecha). No son muy abundantes los profesores universitarios, y ni siquiera aparecen bastantes de los que protestaron contra la detención de Giner.

La empresa así formada inició sus actividades en un piso de la calle Esparteros, con un programa muy ambicioso, con cursos preparatorios para las facultades de Filosofía y Letras, Derecho, Medicina y Farmacia. Se anunciaron clases de Mineralografía y Cristalografía Teórica, y en los cursos correspondientes al doctorado, de Historia del Derecho, de Derecho Internacional Público y de Derecho Privado. Giner impartiría un curso tres veces a la semana de Filosofía del Derecho y en lo que bautizaron como Escuela de Derecho se impartía Derecho Administrativo y Mercantil, Derecho Penal y Sistemas penitenciarios, Derecho Canónico y Procedimientos Judiciales, además de Derecho Político, este último a cargo también de Giner.

En el primer curso hubo 82 alumnos matriculados, pero muchas de las clases programadas no consiguieron el mínimo de alumnos suficientes (cinco) para arrancar. El fracaso económico les llevó a concentrarse en la oferta de cursos de segunda enseñanza, que funcionaron mejor. Luego la oferta empezó a ampliarse a la primaria, bajo una doble influencia. El krausismo siempre había insistido en que tanto como una doctrina era una forma de ver la vida, una concepción del mundo. Establecía por tanto una relación muy especial entre el profesor y el alumno, más próxima a la del maestro con su discípulo, que era la que Sanz del Río había practicado en su círculo y fue la que Giner practicó en el suyo.

Esta concepción de la enseñanza como educación integral encajaba bien con las ideas pedagógicas que venían desarrollándose desde finales del siglo XVIII en toda Europa. El propio Krause se había interesado por ellas, y preconizaban un modelo pedagógico en el que se primaba, sobre la transmisión del saber y el control del progreso en el conocimiento, una forma de aprendizaje intuitivo y experimental. En 1878, Rafael Torres Campos, militar y profesor del círculo de Giner, visitó la Exposición Universal de Paris con una subvención de un ministro del gabinete conservador presidido por Cánovas, el ministro de Fomento Francisco Queipo de Llano. Rafael Torres Campos volvió entusiasmado con las novedades pedagógicas que descubrió en París. La Institución las acogió muy bien: se inauguraba una experiencia pedagógica en la que se entronizaba la enseñanza intuitiva, en contra de la memorística y abstracta. No habría libros de texto ni deberes. Toda la enseñanza sería oral y los ejercicios tendrán carácter descriptivo y práctico.

Así como la Institución Libre de Enseñanza (a partir de ahora, ILE) había fracasado con la enseñanza universitaria, esta dedicación a la enseñanza primaria y secundaria tuvo un éxito relativo, que permitió la supervivencia de la empresa. También cambió el papel de Giner, que pasa de ser un profesor más y jefe en la sombra del proyecto (siempre que pudo, Giner evitó los cargos visibles), a ser el maestro de maestros, profesor de profesores.

***

Giner, de hecho, fue el alma de la ILE. Con un tesón y una tenacidad sin límites, consiguió que el proyecto sobreviviera, saliera adelante y se perpetuara en los tiempos difíciles para él en los que se afianza la Monarquía constitucional fundada por Cánovas. Lo consiguió de dos maneras. Primero, asumiendo el proyecto como una cuestión personal, identificándose con la ILE y haciendo de ella el centro mismo de toda su vida. Como se sabe, Giner vivía en el mismo edificio en que tenía su sede el colegio en que acabó convertido el proyecto de universidad libre (hoy en el madrileño Paseo del General Martínez Campos, entonces Paseo del Obelisco). Intervenía en las clases, las inspeccionaba, reunía a los profesores, organizó y diseñó todo el proyecto educativo. La fuerte personalidad de Giner imbuyó al grupo de un espíritu de resistencia ante la adversidad. Quienes participaban en la Institución no trabajaban par una empresa. Eran directamente elegidos por Giner para sacrificarse por una idea y una visión del mundo.

Esta idea y esta visión del mundo seguirán impregnados de krausismo, aunque revisado por Giner. Por lo sustancial, las grandes líneas de esta forma de ver la vida son los siguientes. Giner deja atrás el liberalismo de su juventud para ir convirtiéndose a un cierto organicismo (es característico que se alejen de la ILE los economistas liberales de la primera época, como Figuerola). Se acentúa la desconfianza hacia la democracia, a la que Giner atribuye el fracaso de las reformas emprendidas durante el Sexenio Revolucionario: mucho más que una propuesta democrática, el proyecto de Giner consiste el de la formación de una elite capaz de ir reformando luego la sociedad española. Al no haber hecho ninguna autocrítica del comportamiento del grupo krausista durante el Sexenio, en la ILE se perpetúa el espíritu radical del progresismo isabelino, que Sagasta y los liberales de la Restauración habían reconducido a una posición centrista.

Giner conseguirá la supervivencia de la ILE y la del espíritu que representaba y practicaba gracias también a su habilidad estratégica. A pesar de su radicalismo, Giner no rompe nunca los lazos con los liberales ex progresistas convertidos al centrismo, sus antiguos amigos krausistas que ahora ocupan los puestos de poder. Gracias a eso conseguirá la vuelta a la Universidad del grupo expulsado, aunque el grupo no logrará nunca el predicamento que tuvo en otros tiempos. De hecho, Giner estuvo a punto de ser dado de baja otra vez, aunque en esta ocasión por falta de alumnos. Los Gobiernos liberales también apoyan activamente a la ILE. Con Sagasta de Presidente del Gobierno, el ministro de Fomento Montero Ríos, fiel amigo de Giner, le recompra en 1885 el gigantesco solar que Giner y sus amigos habían adquirido al final del Paseo de la Castellana en un momento de optimismo. De no haber intervenido el Gobierno, probablemente, la ILE se habría visto muy apurada por las deudas.

Por otra parte, Giner demuestra una habilidad muy notable en la aplicación de su radicalismo ideológico, siendo la cuestión clave la de la libertad de enseñanza. Giner y la ILE no podían estar en contra de la libertad de enseñanza. Seguían pensando en términos liberales, aunque en la formulación krausista de las esferas soberanas. Hubiera sido completamente contradictorio que los herederos del krausismo abogaran por el monopolio educativo estatal. Pero por otro lado, la defensa de la libertad de enseñanza no podía ser planteada como un objetivo prioritario por Giner y la ILE porque la libertad de enseñanza favorecía a la Iglesia y las órdenes religiosas, que estaban desplegando un gigantesco esfuerzo en este campo, con una capacidad de expansión y de renovación (sin excluir algunas de las novedades educativas que iba introduciendo la ILE) con el que la ILE no podía competir.

Ante este dilema, Giner se repliega en lo que se llamó la “libertad de cátedra”, que consiste sustancialmente en que el Estado se hace cargo de la enseñanza (en buena medida en actitud militante ante lo que se considera ofensiva religiosa), pero sin que el propio Estado pueda intervenir en los contenidos de esa misma enseñanza, reservados a los propios profesores. La extraordinaria habilidad de Giner le lleva a aprovechar la debilidad de los gobiernos liberales (y liberal conservadores) para, cuando termine la travesía del desierto, a principios del siglo XX, ir fundando pequeñas organizaciones de índole privada, gestionadas por él mismo y por sus amigos según criterios completamente propios, pero que siempre serán subvencionadas por el Estado español.

Es el principio de la ILE, aplicado a la Junta de Ampliación de Estudios (fundada en 1907), la Residencia de Estudiantes (1910), y la Residencia de Señoritas, que son las organizaciones más conocidas. Todas ellas, como la propia ILE, son objeto de intensas polémicas que evidencian aún más la habilidad de Giner. Porque los adversarios de la ILE no son sólo los mantenedores de la enseñanza religiosa, que ven en la Institución el núcleo superviviente de una ideología adversaria. También lo es buena parte de la enseñanza pública, que ve en la ILE una institución competidora por los escasos fondos estatales, que reivindica modelos de calidad que la enseñanza pública por falta de medios, y con desacuerdos de fondo acerca de algunas grandes cuestiones: sobre la enseñanza primaria, por ejemplo, que la ILE era partidaria de dejar exclusivamente en manos de maestras, o sobre la enseñanza intuitiva, que los maestros de la enseñanza pública consideraban, probablemente con razón, una utopía peligrosa para la autoridad del profesor y la convivencia en clase.

La ruptura con la enseñanza pública se escenificó en el Congreso Nacional Pedagógico de 1882, cuando la ILE se replegó en ella misma. Y ante los ataques del lado eclesiástico, la polémica se mantendrá, por voluntad del propio Giner, en tono menor. El propio Giner mantendrá relaciones con miembros de órdenes religiosas educadoras y no será nunca partidario de tomar posiciones anticlericales. La ILE combina el laicismo con la perpetuación del espíritu un poco iluminado, propio de la línea originalmente krausista que concebía el krausismo como el núcleo de una Iglesia nacional española, escindida de la Iglesia Católica y romana.

En la ILE se formará un núcleo escogido de la juventud burguesa. En vez de heredar el espíritu pactista y centrista de sus mayores, estos jóvenes recibirán intacto el espíritu radical del progresismo español, envuelto además en el esteticismo de Giner y en una peculiar actitud ante su propio país, legado del antiguo pleito sobre la nación española originado en la Guerra de la Independencia y agravado por la crisis de la conciencia nacional del 98. Giner, sus amigos y sus discípulos tienen una fuerte reticencia al Estado liberal construido en el siglo XIX y sueñan con una España nueva, forjada desde sus propios fundamentos, que realice esa nación auténtica que los liberales del siglo XIX, infieles al ideal primero, no supieron realizar.

Políticamente, este ideario es impreciso y podía derivar, y derivó, en múltiples direcciones. Lo encontramos en el descubrimiento esteticista de la España virgen y marginal realizado por los escritores noventayochistas (Machado y Azorín, entre otros). Lo hallamos también en la adscripción socialista de Julián Besteiro y Fernando de los Ríos, criados en la Institución y que, al modo de lo que acabaría siendo el laborismo británico, se integraron en el PSOE como los representantes de un “fabianismo” hispánico. También hay derivaciones hacia el regeneracionismo (como Joaquín Costa, profesor en la ILE, y el joven Unamuno), hacia el liberalismo conservador de Ortega, teñido de la crítica radical a la España liberal, y hacia el republicanismo radical que vio en la Segunda República la ocasión de fundar esa España nueva que la España conservadora había frustrado en 1814, entre 1833 y 1840, y luego en el Sexenio Revolucionario. En buena medida, quienes gobernaron España durante el bienio de 1931 y 1933 lo hicieron en nombre de este ideal. Azaña así lo reconoció ofreció a Cossío, discípulo predilecto de Giner, la Presidencia de la República. Era la confirmación simbólica de que Giner, fallecido en Madrid en 1915, había logrado transmitir a la izquierda española el radicalismo que había caracterizado al progresismo durante buena parte del siglo XIX.

BIBLIOGRAFÍA

Este trabajo está basada en la biografía de Giner, la única completa publicada hasta la fecha: Francisco Giner de los Ríos. Pedagogía y poder, Barcelona, Península, 2002 (reed., Ciudadela, 2007)

Los grandes estudios sobre el krausismo y la ILE son de sobra conocidos. Citaré sólo tres: Vicente Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza. I. Orígenes y etapa universitaria (1860-1881), Madrid, Rialp, 1962; Mª Dolores Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1966; Antonio Jiménez Landi, La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, Universidad Complutense, Universidad de Barcelona, Universidad de Castilla La Mancha, 1996.

Entre los trabajos que iluminan aspectos esenciales del significado del krausismo y la obra de Giner se encuentran los de Enrique M. Ureña, Krause, educador de la humanidad. Una biografía, Madrid, Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas-Unión Editorial, 1991, Juan José Gil Cremades, Krausistas y liberales, Madrid, Dossat, 1981, y, además de las obras del propio Giner, el trabajo de Enrique M. Ureña, José Luis Fernández y Fernández y Johannes Seidel, El “Ideal de la Humanidad” de Sanz del Río y su original alemán. Textos comparados con una introducción, Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 1997.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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