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Sobre el Giner de José María Marco

Octavio Ruiz Manjón sobre Francisco Giner de los Ríos. Pedagogía y poder.

El Cultural, ABC, 03-07-02

El 18 de febrero de 1915 moría en Madrid Francisco Giner de los Ríos, creador, casi cuarenta años antes, de la Institución Libre de Enseñanza y una de las personas con más ascendiente intelectual en la España de aquellos años. Al día siguiente Azaña anotaba en su diario: “cuanto existe en España de pulcritud moral lo ha creado él”. Ortega, que redactó la nota fúnebre que se colocó en la puerta de la casa, lo había caracterizado años antes como “uno de los postreros yacimientos de entusiasmo que quedan en España”; y Juan Ramón Jiménez, que intervino en la forma de disponer la losa de granito y las letras en la sepultura, dijo “que iba y venía como un fuego con viento”. Las voces de otros poetas no tardarían en sumarse a este coro de homenajes. Antonio Machado evocó al “hermano Francisco”, “el viejo alegre de la vida santa”, y d’Ors aludió a “una viva lucecita encendida en la gran noche moral de España”.

 

Ninguno de estos testimonios ha impresionado especialmente a José María Marco al presentarnos esta polémica biografía de Giner que podríamos calificar de alternativa si hubiera existido alguna anterior de envergadura aunque, ciertamente, sí se puede afirmar que existía una visión canónica del personaje que arrancaba de los datos biográficos publicados por Manuel Bartolomé Cossío en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, a partir de un artículo de Federico de Onís. Después se completaría con los testimonios de otras personas cercanas como Rafael Altamira, Constancio Bernaldo de Quirós, o Luis de Zulueta y, de ahí, pasó a estudios generales de la Institución como los de Cacho, Gómez Molleda, López-Morillas o Jiménez-Landi.

Marco aborda esta nueva biografía con un apoyo bibliográfico muy completo y que ha sabido utilizar con inteligencia y desenfado. Tal vez con demasiado de lo segundo porque, si bien es verdad que el exceso de aparato crítico puede hacer tediosa la lectura de un libro, tampoco faltan medios para indicar quiénes son los autores de los textos que se ponen entre comillas, no siempre fáciles de deducir por su contexto. Por otra parte, esa lectura no ha sido siempre lo suficientemente atenta como para evitar frecuentes errores que a veces se repiten con tenacidad, como el del desdoblamiento de Riaño entre Juan Facundo y Juan Francisco (este segundo, desconocido) o el empeño de convertir a Badajoz, y no Cáceres, en el lugar de extrañamiento de Azcárate durante la segunda cuestión universitaria. También hay alguna ausencia sorprendente, como es la de la figura de Joan Maragall, cuando se refiere a las relaciones de Giner con Cataluña.

Pero, dicho esto, conviene dejar claro que, por muy intencionada y apasionada que sea, ésta no es una biografía irrelevante de Giner y que difícilmente se podrá volver sobre el personaje sin tener en cuenta las interpretaciones que aquí ofrece Marco, al situar a Giner y a sus maestros en el escenario de los intentos por dar un fundamento filosófico al progresismo político español, y el contraste existente entre el exclusivismo de estos progresistas y la voluntad integradora de muchos moderados, que nunca pareció merecer el reconocimiento de los líderes krausistas como Sanz del Río, Fernando de Castro o el propio Giner.

Sin embargo, la imagen que de éstos se ofrece carece de piedad hacia los biografiados que aparecen como oportunistas, exclusivistas y, en el caso de Giner, como manipulador de caracteres y afectos hasta unas dimensiones de la intimidad -hoy muy respetadas- que producen un cierto vértigo.

Marco nos ha proporcionado algunas claves psicológicas muy útiles para descubrir algunos perfiles inéditos de Giner, así como sus difíciles relaciones con el pensamiento liberal, pero no hay motivos para dejar de creer que, al margen de visiones hagiográficas ya desfasadas, Giner fue, realmente, el protagonista de una profunda renovación de la moral social en la España contemporánea y que así lo entendieron aquellos españoles -nada insignificantes, por cierto- que lamentaron su muerte en aquellos días de 1915.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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