Canalejas. El reformista liberal

De José Canalejas (Ferrol, 1854 – Madrid, 1912), se suele recordar su asesinato a manos de un anarquista en la Puerta del Sol, delante de una librería. Gente más avezada en la historia de España tal vez recuerde la famosa Ley del Candado, que no tenía por objeto proteger la economía nacional mediante aranceles y precios intervenidos, sino poner coto a la proliferación de órdenes religiosas. Y quienes estén ya próximos a las fronteras de la especialización sabrán que Canalejas, uno de los grandes políticos españoles de la época, promovió una ambiciosa reforma del liberalismo que le llevó a proponer medidas como las que luego se implantaron con el Estado de bienestar.

 

En realidad, estos escasos datos bastan para comprender que Canalejas fue uno de los grandes protagonistas de ese momento crítico por excelencia que es el paso del siglo XIX al XX. Nosotros hemos vivido la revolución de los años 70, el colapso del socialismo real, el triunfo de la globalización y una crisis económica todavía sin resolver. Por eso a veces presumimos de estar al cabo de casi todo en términos de crisis. Sin embargo, conviene hacer un esfuerzo para imaginar lo que fueron aquellos años, cuando todo pareció estar a punto de desaparecer: el liberalismo, la representación, la democracia que parecía no llegar nunca, la civilización. El resultado de aquello sería la Gran Guerra, los totalitarismos, una segunda Guerra Mundial… y por fin la construcción de lo que se intentó levantar, casi siempre con poca fortuna, a principios de siglo: unas democracias liberales estables.

José Canalejas está en el centro de aquel cambio, y ahora podemos comprenderlo mejor gracias a dos libros excelentes. Uno es la biografía política de Salvador Forner Muñoz publicada por Gota a Gota. El otro, de Gabriel Elorriaga Fernández, saca a la luz algunas de sus grandes intervenciones parlamentarias y va precedido de una interesante introducción. De forma un poco paradójica, este segundo, que parece más erudito, revela más aspectos de la vida personal de Canalejas.

Cursis tópicos

Canalejas fue de los pocos políticos e intelectuales españoles que no se quedó aquí a lamentarse y lloriquear durante la Guerra de Cuba. Cogió un barco y se plantó en la isla. Si otros hubieran hecho lo mismo, no se habrían dicho tantas tonterías sobre el “desastre”, ni hubiera habido tanto “dolor de España”, ni se hubieran vertido tantos tópicos, tan cursis, melodramáticos y autocomplacientes como los que desde entonces pesan sobre la vida de nuestro país. Canalejas, con fama de anticlerical furibundo, acabó también siendo un hombre devoto, y la historia de sus dos matrimonios resulta conmovedora.

La biografía de Salvador Forner, por su parte, se ciñe con elegancia y precisión a la acción política, que fue la vocación de Canalejas, hombre ambicioso y seguro de sí mismo. Al entrar en el Partido Liberal, seguía la senda de su padre y de su tío, Francisco de Paula Canalejas, un krausista que no comulgó con el sectarismo del grupo de Giner de los Ríos. Canalejas, efectivamente, se adhirió con todas las consecuencias a la Monarquía constitucional que Cánovas había creado tras la catástrofe de los seis años revolucionarios (entre 1868 y 1874), que habían traído una nueva guerra carlista, un sangriento enfrentamiento en Cuba y el levantamiento cantonal. Canalejas, en contra de muchos de sus contemporáneos, nunca sintió la nostalgia de la revolución, ni dudó de la Monarquía liberal. Fue un monárquico sin fisuras, convencido que en España la Corona es la mejor institución para llevar a cabo las reformas imprescindibles. Siempre se negó a cambiar la Constitución de 1876, con razones que no han perdido del todo actualidad.

La crisis de una generación europea

El problema al que se enfrentaba Canalejas, como toda su generación (en España y en el resto de los países con regímenes liberales) era la crisis del liberalismo, un asunto tratado por Manuel Santirso en un manual claro y honrado. Aquel fue uno de los momentos más complejos y atormentados de la historia occidental porque de pronto, en unos pocos años, todo empezó a fallar. Se tenía la sensación de que los parlamentos no representaban a la opinión pública y que los gobiernos defendían sólo los intereses de una oligarquía. Las instituciones estaban bajo sospecha. Pareció posible una alternativa a la política, tan desacreditada como la herencia ilustrada. Se desplomó la confianza en la razón, en la igualdad, la dignidad y la universalidad del ser humano, en su capacidad para resolver los conflictos mediante la palabra y la negociación.

Y lo hizo justo en el momento en que se cerraba para siempre lo que, de una forma u otra, seguía dando sentido a las sociedades occidentales: la fe religiosa. Dios no había muerto para muchos europeos, pero ya no iluminaba al conjunto de la sociedad y de la vida. También el socialismo estaba en crisis porque el nivel de vida seguía subiendo y la gente cada vez vivía mejor. Y como las revoluciones clásicas –burguesas y socialistas- habían quedado atrás, llegó el momento de la acción revolucionaria pura, la del anarquismo, la de la movilización sindical o bolchevique. Ahí se forjaron, en casi toda Europa, los nacionalismos, el racismo con justificaciones científicas, el recurso al terrorismo. Por primera vez en la historia de Occidente, la violencia fue considerada algo legítimo. Tras la matanza en masa propiciada por el nacionalismo en la Guerra del 14, se dio el paso definitivo y se desencadenó la barbarie de los nacional-sindicalismos, del comunismo, del fascismo, del nazismo.

Como era natural, en nuestro país el panorama tuvo rasgos propios. Con el cambio de siglo llegaba un nuevo Rey, el joven Alfonso XIII, lo que intensificaba, simbólicamente, la promesa de un cambio. Los partidos políticos de la Monarquía constitucional, el liberal y el conservador, requerían también un liderazgo nuevo. Cánovas había sido asesinado en 1897 y Sagasta no tenía ya fuerzas, y falleció en 1903. La derrota en Cuba teñía la situación con especial dramatismo. Acentuó un aspecto común con otros muchos países, como era la percepción dramática de que la nación estaba a punto de hundirse. De ese estado de espíritu surgieron los nacionalismos.

Se ensayaron algunos experimentos regeneracionistas, es decir nacionalistas españoles, que fracasaron, como era de esperar en un país de tan larga tradición liberal y monárquica. Así que pronto volvió la hora de la política. Antonio Maura desde el Partido Conservador y José Canalejas desde el Liberal se encargarían de la tarea. Maura consiguió unificar el conservadurismo. Canalejas no tuvo tanto éxito con los liberales. Los dos, sin embargo, sabían que la clave para salvar la convivencia era la democratización, la consolidación de la ciudadanía, la participación y el compromiso de la opinión pública en la decisión política.

El programa de reformas. Liberalismo social

Fue así como Canalejas emprendió su gran programa de reformas. Han quedado en el recuerdo dos grandes líneas. Una es la Ley del Candado que, bajo una retórica altamente anticlerical, intentaba encontrar una solución negociada y moderada a la necesidad, ya perentoria, de separar el Estado de la Iglesia en todos los órdenes de la vida social, incluida la enseñanza. Era una solución inteligente que evitaba el enfrentamiento. El otro era la reforma de un liberalismo que había cumplido su misión, pero que ya no respondía a una realidad en la que el Estado, aparentemente desbordado, tenía que asumir responsabilidades inéditas en la organización de la vida social: regulación de horarios, seguros de trabajo, pensiones… También se propuso una gran reforma fiscal destinada a modernizar y hacer más justa la hacienda española. Y quiso implantar el servicio militar obligatorio, sin los privilegios aberrantes propios de otras épocas.

Canalejas, como Maura, tenía claro que aquella crisis en apariencia ingestionable se podía superar si se respetaban las instituciones, se apelaba al consenso, se procedía a reformar en profundidad el sistema político de la libertad, es decir el liberalismo, sin dinamitarlo. Entre sus grandes virtudes está el patriotismo: la confianza en su país, la lealtad a las instituciones, el respeto hacia quienes no pensaban como él. Antonio Maura fue neutralizado por una política suicida de la izquierda, a la que Canalejas no se adhirió del todo, y Canalejas, por su parte, cayó asesinado en 1912. Ahí, en la Puerta del Sol, se acabaron las posibilidades de que nuestro país hubiera capeado el temporal de forma civilizada. Se iba acercando la hora del radicalismo y la barbarie, que la propia familia de Canalejas volvió a sufrir en 1936, con el asesinato de José María, el hijo mayor, en el Madrid del Frente Popular.

 

Salvador Forner Muñoz. Canalejas. Un liberal reformista. Madrid, Gota a Gota, 2014.

Manuel Santirso. El liberalismo. Una herencia disputada. Madrid, Cátedra, 2014.

Gabriel Elorriaga Fernández. Canalejas o el liberalismo social. Madrid, Congreso de los Diputados, 2013.

La Razón, 03-05-2014