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Sociedad Civil Catalana

Circula por las redes sociales una propuesta: que Sociedad Civil Catalana sea candidata a un premio importante, por ejemplo el próximo Princesa de Asturias. Fundada en 2014, muy joven por tanto, SCC ha protagonizado en estos años la resistencia al proyecto excluyente del nacionalismo catalán. Desde una posición independiente de los partidos políticos, ha sido el elemento clave para demostrar que Cataluña no se puede reducir al proyecto nacionalista. Si Cataluña es España, España también es Cataluña.

En eso ha consistido la revolución a la que Sociedad Civil Catalana ha dado la ocasión de expresarse. Hemos asistido a la reconstrucción de un pueblo –el pueblo español- y al desbaratamiento del castillo de naipes edificado por el nacionalismo. El camino no va a ser fácil, pero que cuarenta años de construcción nacional se desbaraten de este modo dice mucho de la precariedad de la ideología nacionalista y de la fortaleza de una nación que, como la española, no necesita de nacionalismos. Al revés, los repele, y solo su eclipse ha hecho posible que los nacionalismos cobraran tanta fuerza.

Por si todo esto no fuera suficiente para que Sociedad Civil Catalana aspirara a un premio como el Princesa de Asturias, está el hecho de que la cultura oficial, de aceptar la candidatura, empezaría a dar signos de que ha entendido lo ocurrido. La cultura oficial ha vivido encerrada en una densa maraña hecha de filtros y de exclusiones. Todo lo que no viniera de un determinado sector, siempre significado hacia el progresismo y hacia el nacionalismo, ha sido excluido. Simplemente, no pasa, no es digno de ser escuchado y, sobre eso, contamina. Seguimos viviendo bajo un pacto del Tinell cultural aceptado por aquellos mismos a los que quiere excluir, pero que lo jalean estúpidamente como si fuera el colmo de la inteligencia y la modernidad.

Los españoles se han reconciliado con su nacionalidad y han demostrado la naturalidad con la que se articula esta con la esfera política. Lo han hecho con un civismo ejemplar, con alegría, con voluntad de inclusión, sin el menor rencor, sin violencia. Se ha recuperado, con un inmenso suspiro de alivio, la naturaleza propia, maltratada, marginada y reprimida durante años (recuérdese el comportamiento de Ada Colau con las banderas nacionales en Barcelona). Es hora de reconocer la realidad de nuestro país.

La Razón, 31-10-17

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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