Implosión

Socialistas y populares han reprochado a Inés Arrimadas falta de iniciativa después de su victoria en las elecciones autonómicas. Parece que eso ha llevado a Ciudadanos a postularse para la presidencia del Parlamento recién elegido, sin duda con el objetivo de que se visualice la nueva situación política de la región, con un partido nacional –no nacionalista- de ganador. También se trata de evitar en lo posible los desmanes de la pasada legislatura.

Se entiende, de todos modos, la reticencia de Ciudadanos. Y no sólo por no abrasarse en una empresa casi imposible, sino sobre todo porque en vista de lo que lleva ocurriendo allí desde 2012, lo mejor que se puede hacer es dejar que el nacionalismo continúe en solitario su autodestrucción, que es a lo que aspiran siempre los nacionalistas. El último episodio, que tal vez se haya convertido en el penúltimo cuando se publiquen estas líneas, ha sido la dimisión de Mas, víctima de la corrupción de su antiguo partido y del proceso que él mismo puso en marcha.

En cuanto a lo que queda de su partido, la dependencia ante Puigdemont ha puesto de relieve los límites de un movimiento que empezó virando al republicanismo, luego a la extrema izquierda y por fin al esperpento. Que los nacionalistas cuenten con un respaldo relevante en la sociedad catalana es un hecho importante. Eso no impide que la deriva del movimiento haya acabado convirtiéndolo en algo en el límite mismo de lo irrelevante para el resto de España.

La implosión del “procés” ha empezado a dibujar unas fronteras nuevas. Quienes eran la clave de la gobernación de España, sin excluir una nueva Monarquía compuesta que ya andaba averiada en el siglo XVII, están dejando de contar en el terreno político, en el cultural y, de seguir así las cosas, muy pronto en el económico. No sólo han dejado de ser un modelo. Están dejando de tener interés. Lo que cabe esperar es que los partidos nacionales tengan la suficiente inteligencia como para no interferir en un proceso en el que lo único que les espera son sinsabores y provocaciones, pero también para no volver al abandono de la región. Será la forma de rescatarla de sus secuestradores y devolverla al sentido común, que en Cataluña siempre se ha llamado España.

La Razón, 11-01-18