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La imagen de España

El Instituto Elcano ha publicado hace poco tiempo los resultados de su encuesta periódica (ahora todas se llaman barómetro) sobre la imagen de España en el exterior. Y los resultados vienen a corroborar lo que ya se venía comprobando en encuestas anteriores. Y es que la imagen de nuestro país sigue mejorando y consolida su atractivo. Siguen pesando, como es natural, algunos tópicos. España es percibida como un país pobre, tradicional y religioso, pero al mismo tiempo va calificado mayoritariamente de tolerante, honrado, solidario y trabajador. También inspira –y de forma aplastante- confianza. Tal vez la percepción sea más fina y complicada de lo que parecería a primera vista.

 

Lo importante, en cualquier caso, es la imagen positiva que se tiene de nuestro país en países tan diversos como Alemania, Francia y Gran Bretaña, pero también Marruecos, Brasil, México, Corea del Sur o Indonesia. La valoración es buena y mejora en todo: en economía, en educación, en estabilidad… incluso en política.

No faltará quien se ponga a decir que estos datos contrastan con la percepción que los españoles tienen de sí mismos, bastante más negativa. Probablemente esto sea cierto, pero en vez de verlo como una forma de crítica con respecto a nosotros mismos, tal vez deberíamos verlo como una forma de autocomplacencia. Efectivamente, hay mucha gente, por lo menos una minoría relevante y bien situada, con mucho poder y gran influencia, que ha vivido y sigue viviendo muy bien del ejercicio profesional de machacar a sus compatriotas con el fracaso de España. Si España dejara de fracasar alguna vez, mucha gente tendría que cambiar de ocupación, algo a lo que, naturalmente, no están dispuestos. La autocomplacencia en la visión negativa estaría relacionada con una voluntad de esquivar los cambios, algo que debe de ser cierto, al menos en parte.

Ahora bien, España ha cambiado y sigue cambiando a un ritmo notable, que contrasta con el conservadurismo de otros países europeos, en particular de nuestros vecinos italianos y franceses. Quizás esta forma de autocomplacencia en negativo sea también una forma inteligente de gestionar cambios que difícilmente se podrían afrontar de otro modo. Cambiamos –a mejor y sin parar-, pero hacemos como que no nos gusta el cambio, o mejor aún, que no existe. Como el progreso tiene costes, a veces muy grandes, la actitud parece verosímil. Y a quien viene dando lecciones de regeneración, en particular nórdica, o danesa, que ahora vuelve a estar de moda, se le recibe con una gran sonrisa, incluso con aplausos.

La Razón, 21-02-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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