Iconoclastas y fanáticos

La iconoclastia, es decir la destrucción de imágenes como la practicada recientemente por los terroristas de Daesh o Estado Islámico (EI) con los venerables restos asirios –la cuna de la humanidad- de Mosul no es una práctica nueva. No siempre ha sido condenada. En China, la más antigua de las civilizaciones, quedan muy pocos monumentos del pasado: los edificios (como las colecciones de libros y de obras de arte) se destruían con facilidad con cada cambio político y hay eminentes amigos de la cultura china, como Victor Segalen o Simon Leys,  que relacionaron esta práctica con la capacidad de la cultura china para mantener la continuidad. Los cristianos protestantes extremistas del siglo XVI destrozaron todas las imágenes que se les pusieron por delante en Gran Bretaña y en Holanda, donde subsiste poco del patrimonio anterior a aquellos actos vandálicos. Durante la Revolución Francesa se quiso patentar una máquina para destruir iglesias “góticas” en 24 horas.

 

En España también hemos conocido episodios de iconoclastia. La Semana Trágica de Barcelona, en 1909, fue una revolución resumida en una sola acción blasfematoria: quemar y saquear edificios religiosos. En buena parte del territorio bajo control (es un decir) republicano durante la Guerra Civil no queda casi nada del patrimonio artístico y arquitectónico de la Iglesia. Rodríguez Zapatero, que padecía la misma monomanía, la emprendió con el Valle de los Caídos. No consiguió acabar con él, pero lo que debería ser un memorial nacional sigue deteriorándose en medio de la incuria casi general.

Por eso, por muy desoladoras que sean las imágenes que nos llegan desde Mosul, no deberíamos escandalizarnos demasiado. Tampoco deberíamos dejar de intentar comprender lo que quieren decir y en este sentido, aunque –como se ha recordado en las páginas de LA RAZÓN- la componente religiosa está lejos de ser la única, no hay que dejar de tenerla en cuenta. Los terroristas del EI o Daesh son sunitas fanáticos surgidos del ya de por sí poco moderado sunismo que se practica en Arabia Saudita. Y allí, por ejemplo, se ha realizado una depuración total de los lugares y monumentos sagrados en nombre de la pureza de una fe que no admite evocaciones materiales de lo sagrado por considerarlas blasfemas. Sin duda que el Islam que practican centenares de millones de personas en todo el mundo no tiene nada que ver con esta clase de barbarie. Pero esta clase de barbarie no deja de ser un producto del fanatismo religioso, más precisamente musulmán.

La Razón, 28-02-15