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Desembarco liberal en Cáceres

He pasado dos días en Cáceres, al principio de la semana. El lunes -29 de febrero- por la tarde estuve con los amigos del Club de los viernes (todo muy de Chesterton, como se ve). Es un grupo reciente formado por gente joven, preocupada por la situación actual. Se han propuesto impulsar las ideas de libertad en la sociedad en la que vivimos. Juzgan con razón que estas han ido retrocediendo a pesar del ambiente –real- de tolerancia que caracteriza a nuestro país. Y es que no se trata de poner en cuestión este. Al revés, habría que fundamentarlo sobre bases sólidas, basadas en la responsabilidad de las personas y los agentes sociales. La tolerancia y el pluralismo no deberían consistir en reivindicar una y otra vez los propios derechos como si los demás estuviéramos en la obligación de satisfacerlos. Sería mejor estar en disposición de comprender lo que los demás pueden hacer por mí y hasta donde llega la responsabilidad de los demás en mi propia vida. ¿Tengo derecho a pedirles lo que yo no estoy dispuesto a hacer?

 

En lo que mis nuevos amigos llamaron el “desembarco” en Cáceres, pasamos un rato interesante evaluando los problemas a los que se enfrenta la libertad en nuestras sociedades, con un buen puñado de personas conscientes, preocupadas y abiertas. Ajenas, además, a cualquier arrogancia, que es, paradójicamente, uno de los peligros que amenazan siempre a quienes gustan de la palabra liberal… Y recibí con agradecimiento, y muy honrado, el nombramiento de Socio de Honor del Club de los Viernes.

Al día siguiente, pasé la mañana visitando otra vez el casco antiguo de la ciudad de Cáceres. Es un monumento a la arquitectura pura: sin pretensiones ni excesos, pero de una grandiosidad interna, como si las proporciones no pudieran dejar de ser ambiciosas, de proporciones grandes y serias. Hay en los palacios y los edificios civiles de la antigua Cáceres un sentido innato de la dignidad y un desprecio de todo lo superfluo, de todo lo que sea comentario, simple espectáculo. El adorno, cuando lo hay, es un apunte de sonrisa que subraya el aspecto práctico de la obra y vuelve a remitir al gesto de afirmación radical que el conjunto realiza sin escenografía alguna.

Ortega, que sí que gustaba de las metáforas y las imágenes, se divirtió trazando algún paralelismo entre los castillos españoles y el espíritu aristocrático del liberalismo. No sé si la comparación resulta muy convincente, aunque no está mal recordarla si con ese espíritu nos referimos, más que a una actitud defensiva, a la de quien está convencido de que aunque siempre dependemos de los demás, sólo tenemos derecho a depender de nosotros mismos… y (eso por sentado) de la misericordia infinita del Señor.

Ilustración: La Casa del Sol, Cáceres.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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