Ceremonia de recuerdo

Los fallecidos en estos meses de enfermedad y confinamiento recuerdan todo lo que hicimos mal durante este tiempo, o lo que dejamos de hacer, para evitar que sufrieran el terrible destino que les ha tocado en suerte. Nos colocan ante la responsabilidad que nos corresponde y que todos y cada uno hemos de asumir solidariamente. Fuera de cualquier adscripción ideológica y de cualquier posición política y partidista, los fallecidos significan la herida infligida a nuestro país, una herida marcada a fuego en el alma de cada uno de nosotros. Nos invitarán a adoptar otras decisiones y otras actitudes cuando nos enfrentemos a un nuevo peligro, y lo harán sin rencor, porque los muertos no pueden tenerlo, y en eso nos dan, como en otras muchas cosas, una lección definitiva.

También lo hacen sin complacencia. El cambio al que nos invitan no significará el olvido de lo ocurrido en este tiempo. Los muertos nos señalan el misterio del que formamos parte y nos iluminan, en la medida en la que los seres humanos podemos alcanzar a entrever algo parecido, el sentido de un dolor incontable, multiplicado por las decenas de miles de vidas truncadas de compatriotas nuestros.

En este punto preciso, el necesario homenaje a los que se enfrentaron a la enfermedad está de más. En la ceremonia que se empieza a diseñar para mediados de julio no habrá, por lo visto, participación religiosa. No tendría por qué ser así y los representantes de las confesiones presentes en nuestro país deberían asistir y participar. Humanizarán el recuerdo y señalarán que la muerte no tiene por qué rubricar un sinsentido. Ni estos muertos, los nuestros, son insignificantes, ni son, como tampoco lo somos nosotros, fruto del azar. Ninguno de ellos está destinado a disolverse en la nada.

Seguirán viviendo en el recuerdo de sus familiares y sus amigos, en la sociedad y en las instituciones que velarán por su memoria al tiempo que se perpetúan gracias a ellos. Por eso el protagonismo absoluto le corresponde al Rey, que nos representa a todos, al titular de la institución que garantiza nuestra unidad, sostiene el régimen democrático y encarna la pervivencia de España. Si se hiciera bien, la ceremonia nos haría más libres y más humanos. Habríamos profundizado en lo que nos une y comprenderemos la necesidad de adecuar nuestra conducta a lo que los fallecidos, presentes en espíritu, nos van a decir siempre de nosotros mismos.

La Razón, 22-06-20

[sapcer]

Foto: Pasillo de la morgue instalada en el Palacio de Hielo, Madrid