¿Franceses y africanos?

La Copa Mundial de Fútbol ha dado ocasión a una polémica sorprendente, sobre todo por la personalidad de quien la puso en marcha. Como se recordará sin duda, un conspicuo expresidente, en un comentario deportivo, puso en duda la nacionalidad, o la identidad francesa de algunos jugadores de la selección de ese país. Los llamaba “africanos”, probablemente por no decir “negros”. Haber dicho “afrofranceses”, como en Estados Unidos se habla de “afroamericanos”, le habría quitado gracia al chascarrillo.

Nacionalidad

Como era de esperar, la gracieta suscitó una oleada crítica que llegó a Francia. Y, curiosamente, también una oleada de adhesiones, en otro tiempo inconcebibles, pero por eso mismo bien significativas de una nueva forma de pensar la naturaleza de nuestro país. Hasta hace poco tiempo -unos diez, tal vez quince años, con un cambio acelerado en los últimos dos o tres- no estaba en discusión la realidad política y jurídica según la cual es español quien posee la nacionalidad española. (Quedan fuera, claro está, los variados nacionalismos que según la doctrina oficial todavía vigente configuran nuestra “diversidad”; pero ese es otro asunto). En otras palabras, ser español es tener la nacionalidad española y, en términos prácticos, estar en posesión de lo que los  nuevos críticos llaman ahora un “papelito”, es decir un DNI o un pasaporte españoles.

Por mucho que se hable de “papelito”, el hecho es irrefutable… si va referido al hecho jurídico y político de la nacionalidad. No así, en cambio, si “ser español” se refiere a la identidad española, una noción más complicada e imprecisa, que comprende otras realidades, históricas, morales y de carácter, estéticas, de gusto, tal vez religiosas e incluso, según nuestro conspicuo expresidente, étnicas y raciales.

Que la identidad -española en este caso- fuera el sustento de la pertenencia a la nación -lo que hoy llamamos nacionalidad- resultó evidente durante mucho tiempo. El cambio llegó a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, con la aparición de una nueva idea de nación, la nación política moderna. Quedó plasmado, con el fondo de la Guerra de la Independencia, en el artículo 6 de la Constitución de 1812. Según este texto célebre “el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los Españoles”. Escépticos y de vuelta de todo como nos gusta imaginarnos, la aseveración nos parece una ingenuidad. En realidad, somos sus herederos, porque viene a hacer concebible lo que hasta entonces estaba fuera de lugar, y es que se puede ser español sin querer a España o, en los términos que aquí nos importan, sin participar de la identidad española.

Identidad

Se abría así una brecha entre la nacionalidad política y la identidad que daría lugar, en España y en otros muchos países europeos, a la aparición de diversas formas de ser nacional -o español- que no se reconocían la una a la otra. Aquí, como en otros países, la situación se materializó en el concepto de las “dos naciones” o las “dos Españas”, con su corolario, esta vez más castizo y propiamente español, de la “Tercera España”. La Tercera España vendría a ser la superación de cualquier equiparación de la nacionalidad con la identidad, reduciendo el ser de español a sus componentes jurídicos y políticos, sin más: el famoso “papelito”. Es esa fórmula la que ha estado en la base de la democracia parlamentaria española. Uno de sus más proclamados éxitos fue el haber superado las “dos Españas”, que habían quedado atrás como una pesadilla “identitaria”, en la jerga política de hoy en día. Nunca más la identidad o la cuestión identitaria debería volver a embargar el alma española.

La euforia disimulaba graves problemas de fondo. Uno, como ya se ha aludido, es la presencia de nacionalismos para los que la reducción de la identidad española a la cuestión de la nacionalidad era un excelente expediente para ir avanzando, con el aplauso de casi todos, en sus reivindicaciones, que partían de una férrea afirmación de que la nacionalidad es también identidad. Otro problema es más reciente, y está en las sucesivas oleadas de inmigración masiva y la voluntad de nacionalizar como españoles a extranjeros que sólo tienen con España una relación sentimental. Así es como la realidad de una nacionalidad española basada sólo en criterios políticos y jurídicos ha empezado a tambalearse. Hasta el punto de que la oleada que ha alcanzado el magín de ese mismo conspicuo expresidente ya aludido, perfectamente ajeno, hasta el momento, a estos problemas, o, por mejor decir, estos “líos”.

Como el debate ya es imparable, lo mejor sería empezar a señalar algunas de las líneas de acción que podrían reconducirlo y recoger las inquietudes y las ansiedades que suscita en la opinión española.

Identidad y nacionalidad

Una de ellas es variar los requisitos de obtención de la nacionalidad española, con mayores exigencias en plazos, arraigo o compromiso demostrable. También se puede condicionar la nacionalidad -la ya adquirida- al cumplimiento de la ley, de las regulaciones laborales y de las condiciones para recibir beneficios sociales. Y, por supuesto, está la posibilidad de acabar con la inmigración ilegal e incluso con cualquier inmigración, legal o no legal. Al menos, hasta que la actual población inmigrante haya sido asimilada.

Esta última posibilidad  pone en la pista de la otra posibilidad, que atañe a la identidad. ¿Cómo devolver a esta toda su relevancia después de décadas de ninguneo y demolición sistemática hechos en nombre de la nacionalidad puramente política? Evidentemente, esto sería motivo de al menos otro artículo como este, pero se pueden apuntar algunas propuestas: políticas culturales centradas en la preservación y la difusión del patrimonio nacional, universalidad de la enseñanza en español, enseñanza rigurosa de la historia de España, puesta en valor de la aportación cultural y política de nuestro país, dignificación de la identidad española y esfuerzo por hacer comprensible su significado… En realidad, se trata de convertir las instituciones, y muy en particular las educativas y las culturales, en grandes instrumentos de españolización para que nadie, ni los recién llegados de fuera ni los nacidos aquí se sientan extranjeros en el país que es el suyo, por mucho que difieran en opiniones políticas, cuestiones morales y religiosas, gustos o cualquier otra opción imaginable.

Esto último es clave, y es ahí donde se van a concentrar los elementos del debate. Muy a finales del siglo XIX, Charles Maurras, un nacionalista francés de inmensa influencia en España, afirmó que los judíos no podían ser franceses porque no entendían a Racine, el gran dramaturgo considerado durante siglos el más alto representante de la cultura francesa. No sabemos si nuestro conspicuo expresidente suscribiría una afirmación parecida, entre otras razones porque de la sorna con la que gusta de expresarse se deduce que acabará burlándose de quien le tome en serio.

Años después de aquella afirmación de Maurras, el gobierno francés entregó a los judíos franceses a los ocupantes alemanes para que fueran gaseados en los campos de exterminio. No estaría de más que todos recordaran aquellos hechos. También los que, con su negativa a conceder relevancia a la identidad en la cuestión de la nacionalidad, tienen una responsabilidad de primer orden en manejar la oleada nacionalista -nacionalista española, porque de eso estamos hablando-, que se nos viene encima. Las victorias futbolísticas, por cierto, no bastan.

Vozpópuli, 24-07-26

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