Las joyas indiscretas

“Yo no he entrado nunca en una joyería”, declaró el ex presidente Rodríguez Zapatero en un entrevista reciente. Y por si acaso no había quedado claro, remachaba: “Me producen alergia”. Pasemos por alto la venenosa sugerencia de clase, y encontramos la confesión de que no ha adquirido las joyas encontradas en su despacho del Partido Socialista. En consecuencia, las joyas constituyen para Zapatero el objeto de un deseo ilícito si se satisface mediante la compra. En cambio, sí que resulta legítimo si se cumple de otro modo. Descartada la violencia (no del todo: se recordará cómo llegó Zapatero al poder, entre el 11 y el 14 de marzo de 2004), queda la política. Las joyas vienen a ser, por tanto, un trofeo del que el ex presidente se muestra legítimamente orgulloso. E invita a sentirse orgullosos de ellas a quienes, como él, “nunca han entrado en una joyería”.
Los derechos según Zapatero
Así que, si lo entendemos bien, las famosas joyas vienen a ser la piedra de toque de la ciudadanía, y Zapatero el ciudadano ejemplar que ha cumplido los anhelos más profundos de sus compatriotas… ¿Cómo ha llegado la sociedad española a este punto?
En la historia reciente de nuestro país, y más allá del final de la ETA -es decir de la victoria del nacionalismo sobre los españoles- y de la cuestión de la memoria histórica, Rodríguez Zapatero ha quedado como el presidente de los derechos. Sus cuatro grandes medidas se resumen en la ley contra la violencia de género (2004); la del matrimonio igualitario, o matrimonio entre personas del mismo sexo (2005); la de Dependencia (2006) y la Ley de Igualdad de Género (2007). Los dos ejes sobre las que se construye esta legislación de primera importancia son los derechos, por una parte, y, por otra, la igualdad.
Parten de una constatación sobre la sociedad española, que había vivido cambios muy profundos en la relación entre hombres y mujeres, en la dignidad de los homosexuales, en la situación de los enfermos y los desvalidos. La democracia, que es parte un régimen de opinión, debía responder a estos cambios. En particular porque la Constitución de 1978 había consagrado el motivo y el lenguaje de los derechos mucho más allá de los que definía la teoría política clásica, resumidos estos en la vida, la libertad y la “búsqueda de la felicidad”, por tomar como referencia la Declaración de Independencia norteamericana. En realidad, la Constitución define los derechos como una realidad jurídica dinámica y desde el primer momento habla de una gran variedad de derechos, desde la educación y la huelga a la “vivienda libre y adecuada” al “medio ambiente” (también “adecuado”, aunque no se sabe muy bien a qué: todo es así en la Constitución del 78) y la “protección de la salud”. A principios del siglo XXI, los derechos se habían convertido en uno de los motivos de orgullo de la sociedad española, que hasta hace muy poco tiempo se ha considerado a sí misma como un modelo en este aspecto. Era lógico, por tanto, que la evolución de las costumbres trajera aparejada una nueva legislación, que en la mentalidad vigente equivalía a una ampliación de derechos. En eso se centró el esfuerzo legislativo de aquellos años de socialismo.
Maniobra política
El diagnóstico del equipo socialista atañía también a la derecha. Cabía, efectivamente, una actitud distinta ante la nueva realidad social, una actitud que constatara los cambios y actuara para adecuar las leyes a los cambios, normalizar las nuevas situaciones y paliar las deficiencias que se habían ido creando… sin convertir al instrumento legislativo en el instrumento mismo del cambio social. Claro que la derecha política y la sociológica, en vez de pensar la nueva realidad y formular una propuesta propia, prefirieron ignorarla y embarcarse en una oposición exasperada… para acabar apoyándolas activa o tácitamente -mediante la abstención-, y salvo el caso de la Ley del matrimonio entre personas del mismo sexo. Aquí el Partido Popular se alineó con lo más conservador de la sociedad española y Zapatero consiguió así dos grandes objetivos: aprovechar los cambios sociales para construir una nueva sociedad acorde con su ideología, una sociedad “empoderada”, es decir cada vez más dependiente de un Estado cada vez más rollizo y torpe, y anular a la derecha, a la que no le quedaría más remedio que aceptar la nueva sociedad a la que dieron lugar las leyes de Zapatero. Ahí sigue y su única baza, en realidad, es la corrupción, es decir las joyas. Encarnan el espejismo de un éxito político que llegará solo, cuando se abra la puerta de la cueva de Ali Babá, sin necesidad de mayores esfuerzos.
Desde esta perspectiva, Pedro Sánchez es un epígono y quedará como una nota a pie de página de la ejecutoria de Zapatero. A menos que consiga, a fuerza de empeño autodestructivo, acabe con el legado de su predecesor. En tal caso, subirá algún peldaño en la consideración de las generaciones venideras.
Igualdad
El segundo eje de la política de Rodríguez Zapatero toma pie de la igualdad, proclamada como ideal básico de la democracia. No se trata de la igualdad política y jurídica, la famosa “igualdad de condiciones” que tan bien detectó Tocqueville en Estados Unidos. Es algo más: una total igualdad de oportunidades que convierte a la propia democracia en un instrumento para conseguirla. Debe por tanto emprender una labor incansable de corrección de todas las desigualdades propias de la vida social, y de las condiciones que las producen.
El Estado se pone al servicio de una democracia que ya no es la clásica liberal, aquella que compaginaba la participación de todos en igualdad con la protección de los derechos, los derechos básicos. En su último libro (El curso perdido de la democracia, Encuentro), Ángel Rivero habla del impulso de “democratizar la democracia”, que afecta a la raíz del régimen y pone en cuestión sus equilibrios, e incluso con la alternancia en el poder.
La mutación afecta también al gobernante. Ya no es, como una vez lo fue, el representante de un núcleo de ideas e intereses y -a la vez- el del régimen en su conjunto. Desde Rodríguez Zapatero, el gobernante encarna y da vida a un movimiento que aglutina, o crea, nuevos “colectivos” identificados desde el primer momento con los nuevos derechos y la nueva perspectiva de igualdad. Un Estado activista para una sociedad que confunde ciudadanía y activismo, y cuyo gobernante es, forzosamente, otro activista, modelo de todos los activistas. Lo que antes había sido intolerable se convierte ahora en la condición primera para alcanzar el poder. Se dirá que las joyas custodiadas en la caja fuerte del despacho de Zapatero en el Partido Socialista resultan demoledoras para este proyecto. Es así en parte… pero no del todo. Tienen algo de trofeo y reflejan, como ya se ha dicho, la convicción de que no hace falta tener dinero para disfrutar -es la palabra- de bienes antes sólo al alcance de los privilegiados, de aquellos que pueden entrar en las joyerías: realización moderna de Barataria, la inmemorial utopía popular de un mundo en el que las cosas salen gratis. Es en lo que estamos en España, y en general en los países europeos.
Denis Diderot, escritor francés del siglo ilustrado, escribió una novela libertina que tituló Las joyas indiscretas. Cuenta la historia de un príncipe que recibe de regalo un anillo mágico que hace hablar al sexo de las mujeres. Las joyas del ex presidente Rodríguez Zapatero no parecen tener esa virtud, más excitante en el siglo XVIII que hoy en día, cuando todo se ha trivializado y el sexo lleva más de un siglo hablando sin tregua. Pero estas joyas, no menos indiscretas, dicen y, sobre todo, van a seguir diciendo mucho de su dueño, de sus ideas y de la sociedad que proyectaron en su día los socialistas: la nuestra.
Vozpópuli, 07-08-26
Imagen: Rodríguez Zapatero y sus joyas, según un meme de Internet

