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Tormenta en la Unión. Italia y la ciudadanía europea

La Unión Europea y la propia idea de Europa están pasando por una crisis profunda, con la reafirmación de antiguos instintos nacionalistas que se dieron por muertos y pulsiones antipolíticas que exaltan la verdad de los pueblos y los caudillos por encima de las instituciones y los cuerpos intermedios.

 

Habrá de reconocerse, de todos modos, que nunca como ahora los europeos nos habíamos interesado tanto, y con tanta intensidad, por lo que ocurre en casa de nuestros vecinos. Hasta el punto de hacer de ello una cuestión interna, a sabiendas de que más temprano que tarde tendrá repercusiones en nuestro país y en nuestra vida cotidiana. En este sentido, empezamos a ser más europeos que nunca, o como sólo lo fueron las elites en el mundo de antes del nacionalismo.

Así ha ocurrido con la repetición de las elecciones presidenciales en Austria, un país relevante por la historia y por la cultura, pero que no parece destinado a tener una importancia crucial en la política de la Unión. Sin embargo, el resultado que ha llevado a la Presidencia a un muy civilizado ecologista, de los que no existen en los países mediterráneos, ha sido acogida como si hubiera salvado a la República austríaca de un rebrote de nazismo: algo absurdo, porque el aspirante derrotado no era tan fiero como lo han pintado y la política austríaca no corre el riesgo de abandonar su contención, un poco tediosa, ni de pasarse al lado salvaje de la vida. El caso es que la alarma, aunque infundada, decía mucho de hasta qué punto unos hechos que hace poco tiempo no hubieran interesado a casi nadie son capaces ahora de suscitar auténticas pasiones.

 

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Llegaron luego los resultados del referéndum convocado por Matteo Renzi en Italia. Y si la política austríaca nos cae un poco lejos, la italiana, aunque en apariencia nos resulte más próxima a los españoles, es mucho más difícil de descifrar. En realidad, requiere auténticos especialistas para entender el significado preciso de cualquier movimiento, por muy sencillo que parezca.

En estas páginas de La Razón se ha dicho hasta qué punto también en este caso las alarmas en cuanto a Italia están infundadas. Los italianos llevan décadas de inestabilidad política y de combinaciones de todo punto improbables como para pensar que un referéndum como este va a provocar un cataclismo interno. Ahora bien, donde sí puede provocar una tormenta es en la Unión.

Y lo va a hacer, precisamente, por la sensibilidad que hemos desarrollado a la vida política de quienes han dejado de ser vecinos y empiezan a ser compatriotas, aunque no compartamos nacionalidad. Eso es lo que hace que un referéndum en el que no se habla de Europa, ni de la Unión, ni de un solo asunto que afecta al resto de los países se ha convertido en una especie de nuevo Brexit, algo así como el “Renzxit” que los italianos habrían dado a la Unión Europea en alguna parte de la anatomía del joven y animoso primer ministro italiano.

Hay muchas lecciones que sacar de este episodio. La primera es la necesidad de dejar de convocar referéndums, y no sólo porque no acabamos de salir de la crisis y que la globalización está perjudicando las expectativas de los europeos. También porque jugar al populismo para combatir ese mismo populismo, como han hecho Renzi y Cameron, es de por sí un arma peligrosa. Muy distinta es la estrategia de Merkel y, por fortuna para nosotros, la de Rajoy: a ver si quienes se permiten el lujo de hablar de cambios constitucionales con referéndum incluido se dan cuenta de la imprudencia en que están incurriendo.

Otra lección, la más importante, es que los dirigentes europeos, esa famosa casta elitista y tecnoburocrática contra la que se dirigen, al parecer, estas votaciones tan cargadas de rabia y sentimentalidad, deberían empezar a tomar nota sobre la urgencia de llevar a cabo un doble proceso.

Por un lado, está la necesidad de acelerar los procesos de unidad, de tal forma que los europeos se sientan representados por las instituciones de la Unión. Por otro, se trata de no oponer la Unión a las naciones que la constituyen.  La Unión Europea no es Europa, pero no existe sin esta, y a su vez Europa no existe sin las naciones que la forman. Tampoco estas mismas naciones que la forman existirían sin el fondo común europeo. Intentar negar este, como ahora parecen hacer todos estos “ciudadanos” enrabietados, lleva a lo que ocurrió en la primera mitad del siglo XX: a un rebrotar del nacionalismo que desembocará inevitablemente, porque ese es objeto final del nacionalismo, a la destrucción de las propias naciones. Que nadie se haga en esto ilusión alguna: la reivindicación nacionalista es incompatible con la nación, y el miedo que en el fondo la impulsa es irreconciliable con la vida civilizada, la propia de los Estados nación.

No hay soluciones fáciles, entre otras cosas porque nada en Europa lo ha sido nunca. Aun así, siempre, salvo en momentos de ceguera como aquellos en la que nos hunde el nacionalismo, los europeos hemos sido capaces de vivir en ese doble plano, del que tan bien habló Ortega, que conforman lo europeo y lo nacional. Y si hemos sido capaces de mantenerlo es porque ese doble plano define en lo más profundo nuestra naturaleza política, que es tanto como decir nuestra identidad. Esa, y no otra, debería ser la bandera de la Unión y de Europa.

La Razón, 05-12-16

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JOSÉ MARÍA MARCO

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