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Inmigrantes y refugiados. Segunda eurocrisis

Cerrada la crisis del euro planteada por Grecia se ha abierto una nueva, la de la inmigración. Para Angela Merkel, es más grave que la del anterior. Tiene razón. En vez de ceñirse a cuestiones de dinero y de poder político, atañe a temas intratables que afectan a la identidad y a la cultura, es decir a la forma en la que los ciudadanos de los países de la Unión Europea se comprenden a sí mismos.

 

Según datos de Frontex, sólo en julio de este año han entrado en la Unión 100.000 inmigrantes, frente a los 270.000 que lo hicieron durante todo el 2014. Hay 35.000 inmigrantes en la frontera de Hungría con Serbia. Las islas griegas, próximas a Oriente Medio, están desbordadas y hay problemas en las fronteras de Italia con Francia y en el Paso de Calais, entre Francia y Gran Bretaña. Este año, Alemania va a recibir 800.000 refugiados. El problema se ha agravado por la intensificación de los conflictos en África y en Siria, ante los que la UE se ha declarado impotente, pero ante cuyas consecuencias no puede permanecer indiferente. Buena parte de estos inmigrantes son refugiados de conflictos bélicos. El derecho y la dignidad de los miembros de la Unión Europea requieren que sean acogidos.

La llegada masiva de inmigrantes y refugiados plantea un problema que atañe a la esencia misma de la Unión. Cada país se encarga de las fronteras exteriores de la Unión y tiene competencias sobre políticas de inmigración, de asilo y de residencia. En cambio, no hay fronteras interiores. Las ayudas de la UE a los países con fronteras exteriores (del orden de 2.500 millones de euros) son considerables, pero insuficientes.

Los intentos de encontrar algún equilibrio mediante la asignación de cuotas desde Bruselas no están teniendo éxito. Era previsible. La percepción de la inmigración como una amenaza está en el origen de muchas de las tendencias populistas antisistema que amenazan la estabilidad política interna de varios países. También son una amenaza para la UE, por lo que los intereses nacionales no son tan contradictorios como parece con respecto a los de la Unión.

La solución de la crisis griega ha demostrado que la Unión sale cohesionada cuando adopta políticas integradoras. También se podría pensar en políticas económicas que favorezcan el crecimiento a un ritmo superior al actual, como está ocurriendo en nuestro país, y en un compromiso más enérgico para la resolución de los conflictos en los países vecinos.

La Razón, 21-08-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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