Razones para amar a España

El amor debe declararse y argumentarse. Es lo que hace Diez motivos para amar a España, (Libris, 2019), mi último libro. Es una declaración de amor en la que los recuerdos y las vivencias personales del autor se combinan con la evocación y la explicación de realidades españoles no siempre bien entendidas. A veces incluso olvidadas y descartadas entre montañas de lugares comunes. También es una invitación a que el lector se plantee su relación con su país e imagine la forma en la que, sin duda alguna, surgirá el amor, un amor fulminante y eterno, como debe ser.

El paisaje

Antes que nada, España es un continente, pequeño, pero un auténtico continente. Lo es por la variedad de sus paisajes, que van desde algunas de las cumbres más altas de Europa, hasta las llanuras infinitamente matizadas de las dos Castillas. Y desde lo más agreste y salvaje, como el Maestrazgo y las cordilleras cantábricas, hasta lo más cultivado y amable: la huerta valenciana o la vega de Guadalquivir, allí donde se levantan las ciudades más antiguas de Europa. El esplendor del paisaje da pie a creaciones propiamente españolas, que funden el arte y la naturaleza: los castillos, que recuerdan la tensión bélica sobre la que se construyó nuestro país, y los jardines, que acaban configurando un estilo propiamente español, ecléctico, en el que la luz, la sombra, los colores, el agua y los olores evocan el paraíso recobrado. La omnipresencia del mar hace de España, además, un país siempre abierto, curioso, siempre interesado en salir y proyectarse sobre el mundo entero. Durante mucho tiempo, la mayor potencia marítima.

La lengua

Hablamos una lengua que tiene dos nombres. Si la llamamos española, evocamos un idioma hablado por todos los españoles y que nos une también a casi 500 millones de personas que lo tienen de lengua materna en todo el mundo. Si la llamamos castellana, nos viene a la cabeza su origen, en un pedazo del norte de España, y creada por gente de un valor casi temerario y una extraordinaria visión estratégica. También estaremos hablando de una lengua nacional que se impuso espontáneamente y sigue conviviendo con otras tres grandes lenguas. Y en cualquiera de los casos, nos referiremos a una lengua que es de por sí un prodigio de claridad, de expresividad y de equilibrio: una lengua clásica, homogénea como pocas (todos nos entendemos sin problemas) y a la vez integradora de giros, vocablos y acentos muy variados.

La literatura

Don Quijote, Celestina, Dorotea, Don Juan, Lázaro de Tormes… Los escritores españoles han creado personajes inolvidables. No son tipos, sin embargo, son seres vivos, repletos de humanidad y contemporáneos nuestros, como nosotros, en parte, somos también creación de nuestros grandes escritores. Uno de los motivos para amar a España es, sin duda, su literatura. Incorporó elementos orientales desde muy temprano, va escrita en varias lenguas, presenta toda clase de perspectivas ideológicas y reflexiona sin cesar sobre la naturaleza del ser humano, el significado de la libertad y, una y otra vez, la realidad española. Entre los autores elegidos para esta evocación están Josep Pla, Pío Baroja, Fernán Caballero, Calderón y Lope, el mayor y el mejor de los poetas del amor.

La pintura

El Museo del Prado es una síntesis de la historia de España  y del gusto español. Allí es donde yo empecé a conocer la primera y donde se formó mi gusto: con los italianos, los flamencos y los franceses. La riqueza visual, o visionaria, del Prado invita a reconstruir una galería de la gran pintura de nuestro país. Desde Altamira, con el nacimiento del arte, cuando el ser humano todavía vivía inmerso en la belleza de la naturaleza, hasta Dalí que en su “Naturaleza muerta viviente” nos descubre el origen de la poesía. Entre medias, El Greco ofrece visiones de otro mundo escenificadas en Toledo, Zurbarán recrea la naturaleza religiosa de cierta forma de mirar propiamente española, Velázquez, en su “Venus del espejo”, nos sumerge en la escena del nacimiento del amor, Goya retrata la revolución liberal y popular y Picasso nos convoca a la seriedad suprema del arte taurino, el único que sigue poniendo en juego la vida y la muerte.

La música

Federico Chueca es el Mozart madrileño, el que mejor supo expresar el espíritu popular y aristocrático, ajeno a cualquier vulgaridad, de la ciudad y, por extensión, de su país. Es autor de “Cádiz”, una zarzuela desprestigiada por el pesimismo de la generación del 98, pero que representa la quintaesencia del patriotismo constitucional. En la zarzuela, género español por excelencia, se combinan dos de las características de nuestra música. Está el recuerdo siempre presente del baile, que hace de la música española una de las más fascinantes de todo el mundo: el baile y la danza son, efectivamente, el principio de la cultura y del arte. Por otro, está la presencia el del canto: la música española parece siempre pensada para ser cantada. De ahí la importancia de la voz, desde los antiguos cancioneros a la Atlàntida de Falla, esa síntesis suprema de la esencia misma de España. Y no olvidemos los grandes himnos de la música popular, entre los que “A quién le importa” ocupa un lugar primordial.

La Corona

La Corona ha sido el eje central, vertebrador de la idea de España. Para reconquistar el territorio invadido por los árabes, los españoles, herederos de Roma y de los godos, se organizaron en reinos. Por encima de ellos estaba siempre la idea de una España otra vez unida. Proyecto cumplido con la alianza de Castilla y Aragón, con la cual la Corona española empezó a inventar el moderno Estado nacional. En el siglo XIX, los partidarios de la futura Isabel II pactaron con los liberales, los mismos que habían promulgado la primera Constitución en 1812. Fue la revolución española. Hizo de la Corona y del monarca no sólo la garantía de la unidad del país, sino también de sus libertades y de los derechos de los españoles. Ese es el papel que ha jugado desde entonces, y de su cumplimiento depende su permanencia. España puede ser más que la Corona, pero la Corona significa España y la libertad de los españoles. Y es una de las pruebas de que España siempre ha sido un país plenamente europeo.

La religión

Durante mucho tiempo, hasta prácticamente los primeros años del siglo XVI, en España convivieron las tres religiones del Libro: cristianismo, islam y judaísmo. “Católicos”, como fueron llamados los reyes Isabel y Fernando, quería entonces decir “europeos”: España se incorporaba a las naciones en las que una de ellas aspiraba a ser la única. Luego España se convirtió en la defensora europea de la fe católica y de paso inventó una forma propia de catolicismo, erudito y popular a la vez, que supo inspirar a grandes fundadores como san Ignacio y a grandes místicos como santa Teresa y san Juan de la Cruz. Ese catolicismo está en la base de la visión que los españoles tenemos del mundo: el realismo y la confianza en Dios. Y sigue estando en el fondo de la mentalidad española, que se revela en formas religiosas siempre que se celebra la vida en común. También en las procesiones, en las que una parte de la población, ajena a la religión en su vida cotidiana, se convierte por unas horas a la fe de sus mayores. ¿Cómo se mide eso en las escalas habituales de secularización?

Madrid

Madrid siempre ha sido diana favorita de nacionalistas, resentidos y amargados de todo pelaje. ¿Por qué? Porque Madrid, que fue elegida como capital del reino (y del imperio) por Felipe II, no representa ningún reino antiguo, ni ninguna Comunidad Autónoma con aspiraciones nacionales. Madrid siempre ha representado a España y por eso aquí no hay inmigrantes ni forasteros. Se llega a ser de Madrid cuando se entiende un giro intelectual: aquel que consiste en saberse la capital… sin decirlo, porque para eso está el Estado que asume las funciones oficiales. Así que el espíritu madrileño se encarna en una sonrisa reticente e irónica, realista, ajena a la grandilocuencia y poco amante de la sentimentalidad y de las emociones fuertes. Madrid no tuvo catedral hasta hace poco tiempo y, teniendo edificios y monumentos tan hermosos,  sigue careciendo de esos símbolos de los que están orgullosos otras ciudades. Además, Madrid es ciudad y sólo ciudad: moderna, por tanto. Lo que la falta de tradiciones, le sobra de literatura. Es, con París, la ciudad más literaria del mundo.

Nosotros

Se habla mucho, con razón, de la variedad de España: sus lenguas, sus paisajes, sus acentos, su gastronomía, sus costumbres. Se habla menos de la unidad profunda que está en la base de todo. El “nosotros”, en este punto, no se opone a los demás. Más bien reúne a los que, siendo aparentemente tan distintos, están unidos por una forma muy profunda de situarse en la vida. El secreto es familia, modelo de la sociedad española. Capaz de integrar nuevas formas de vida, la familia en España no es lo que los individuos quieran hacer de ella. Conserva lo esencial, que es el apoyo incondicional entre sus miembros. Así es la sociedad española. De ahí la inmensa libertad que abre, y las posibilidades que los españoles han aprovechado para situarse entre los países más prósperos y más dinámicos del mundo. De ahí también la alegría de vivir propia de España. No sólo no se han perdido las fiestas tradicionales. Se añaden nuevas y de continuo se recrea y se reinventa la tradición.

América

La Nueva España fue el nombre que Hernán Cortés dio al territorio, hoy mexicano, que incorporó a la Corona española. No es una expresión de nostalgia. Los españoles recreaban en América, del otro lado del Atlántico, la sociedad de la que procedían. El cataclismo humano y cultural fue inimaginable, pero así fue surgiendo una sociedad especial: plural –como la española antes del siglo XVI- organizada en redes de ciudades, movida por la aspiración a la igualdad ante la ley y con una fuerte idea de la dignidad de la persona, algo cristiano en su origen. Esa misma sociedad fue tomando conciencia de ser una parte original de la Monarquía española, con una identidad propia que combinaba tradición hispana con otras venidas de antes de la conquista y salvadas, en buena parte, gracias a los sacerdotes y a los frailes que se empeñaron en defender a los “indios” de sus compatriotas y en evangelizarlos en sus propias lenguas. La España de los dos hemisferios, gran ejemplo de Monarquía pluralista, también dio pie al único experimento de democracia intercontinental, desgraciadamente poco conocido, en tiempos de las Cortes de Cádiz. Hoy constituye un gigantesco ámbito de cultura común y cooperación entre iguales.

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La Razón, 02-07-19

Foto: Olivares en Jaén.