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La marihuana legal

El Estado norteamericano de Colorado ha legalizado el “uso recreativo” de la marihuana, como a mediados de diciembre hizo, con algunas restricciones, Uruguay. El Estado de Washington hará lo propio este mismo año. Son los nuevos territorios pioneros, saludados como islas de libertad por mucha gente, entre ellos Mario Vargas Llosa.

 

La legalización de la marihuana acabará con el tráfico ilegal, que en Uruguay está evaluado en unos 40 millones de dólares. (Uruguay tiene 3,3 millones de habitantes, que consumen unos 22 toneladas de “maría” al año.) Por consiguiente, también acabará con la delincuencia propiciada por el tráfico ilegal. La legalización permitirá además aumentar los ingresos de los Estados, que por fin cobrarán impuestos sobre el consumo de marihuana en vez de gastar los recursos públicos en perseguirlo. En Colorado, el impuesto estatal, que se sumará a otros locales, alcanzará el 25% del precio de venta. Nadie sabe, sin embargo, cómo evolucionarán estos ingresos. La marihuana, fácil de cultivar en determinadas condiciones, se presta bien a la producción doméstica. Pronto veremos a los políticos, cargos públicos, especialistas y organizaciones de consumidores dictando regulaciones sobre la calidad y la pureza de los “porros” en el mercado.

En el fondo, se plantea también una cuestión filosófica y política que atañe a la naturaleza misma de nuestra sociedad. La legalización de la marihuana sería un avance más dentro de la ola de libertad que lo ha cambiado todo desde los años sesenta. A estas alturas, poca gente se atreve ni siquiera a preguntar por el contenido de esa libertad y así como todo el mundo ha acabado siendo socialista, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín, todo el mundo es también libertario. Seguramente es lo mismo.

Hay algo de trampa en el asunto de la marihuana. La “maría” no es equiparable a otras drogas. Ni tiene la capacidad de adicción de la cocaína o la heroína, ni es tan destructiva como las anfetaminas y sus derivados. Seguramente es más inofensiva que el alcohol. Y es que el efecto propio de la marihuana es sumir en la tontería a quien la consume. La risa floja, las asociaciones disparatadas, la relajación… No parece provocar una estupidez permanente, aunque quien conozca a personas que llevan consumiendo marihuana mucho tiempo tendrá algo que decir al respecto. Pero no deja de ser lo que es. Hay quien ha apuntado que los consumidores de marihuana son, justamente, los electores de Obama. Modelo de político “cool”, o “guay”, Obama ha decidido abstenerse en este asunto.

La Razón, 10-01-14

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JOSÉ MARÍA MARCO

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