La educación de Narciso

Uno de nuestros motivos favoritos de nuestro catastrofismo habitual es lo mal que está la educación. Cada vez que se conocen los resultados de una evaluación, nos entretenemos hurgando en las cifras que acreditan el desastre educativo español, lo mal preparados que salen nuestros estudiantes, las frustraciones de los profesores, la escasa contribución de la sociedad española al conocimiento. Y si el que gobierna es el Partido Popular, no hace falta decir que las lamentaciones y las jeremiadas crecen en intensidad y dramatismo. Volvemos, en consecuencia, a la tentación arbitrista y regeneracionista de nuestros abuelos, que en vez de escribir en internet, daban a conocer sus propuestas en el casino de su pueblo. Pero ¡qué mal anda todo!

 

En realidad, la educación española es bastante buena… aunque mejorable. No está entre las peores, ni mucho menos, pero tampoco está entre las mejores. Esa es la perspectiva adecuada para entender lo que está ocurriendo y lo que ha ocurrido en los últimos tiempos. Sobre todo en estos últimos, cuando hemos corrido el riesgo de quiebra del Estado.

A la educación española le falta, sobre todo, flexibilidad. Es un sistema demasiado rígido, con (todavía) poca relación con la realidad empresarial, igualitarista, a veces intensamente ideologizado, opaco y burocratizado. Todo eso, que es cierto, no significa que las cosas no hayan ido mejorando, a pesar incluso de la crisis. Y buena parte de lo que se ha conseguido lo ha sido resistiendo una presión a veces brutal por parte de quienes se niegan a aceptar cualquier reforma. Los sistemas de evaluación externa y los centros de excelencia que se pusieron en marcha en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, lo fueron desafiando la oposición de la mayoría de lo que se llama la “comunidad educativa”, en particular de los sindicatos de clase, que consideran la enseñanza monopolio de la izquierda. Fue épico, sin exagerar un ápice.

Se puede fingir que se desconoce todo esto y proponer, como acaba de hacer Ciudadanos, un análisis de la educación española ajeno a cualquier circunstancia y, además, diversas medidas que parecen caídas del cielo, como si a nadie se le hubieran ocurrido nunca nada parecido. Por ejemplo, el pacto nacional educativo. Quien se ha opuesto siempre, una y otra vez, a cualquier pacto nacional sobre educación ha sido el PSOE y, otra vez, los sindicatos de clase. Conviene reservar las lecciones para las clases y las torres de marfil, para seguir contemplándose en el espejo.

La Razón, 01-08-15