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Entrevista con Teresa Gracia

Quimera, nº 87, 1980

 

Teresa Gracia nació en Barcelona en 1932. Es conocida por su poema Destierro (1982, prólogo de María Zambrano) y una obra de teatro (Las republicanas, 1984), los dos publicados por la editorial Pre­-Textos. Ahora acaba de publicar, en la misma editorial, un nuevo libro de poesía, Meditación de la montaña. También ha publicado Casas Viejas y Una mañana, una tarde y una vida de la señorita Pura (Teatro), (Endymion, 1992)

 

Teresa, tú saliste de España, acom­pañando a tus padres, en 1939, al final de la guerra. ¿Cómo fue aquello?

Teresa Gracia: Fue de noche, la noche y la madru­gada de mi cumpleaños, el 23 de enero de 1939. Había varios incendios en Barcelona. Mi madre, una tía, un pri­mo y yo estábamos esperando en una caseta de las afueras a que pasase algún camión para llevamos. Encon­tramos uno que nos acercó lo bastan­te a la frontera francesa y allí empren­dimos el paso. Fue tremendo. Se veían maletas destripadas con las sá­banas fuera, las de la gente que no podía ya llevar los bultos pero que sacaba, de entre aquellos montones de ropa, a veces bordada, una foto es­condida, alguna moneda de plata. Luego estaban los que se negaban a dar un paso más. Querían quedarse esa noche en España, aunque fuese su primera noche en la tumba. Recuerdo a una vieja señora a la que nos em­peñamos todos en salvar. Éramos cuatro o cinco mujeres y dos niños tirando de sus faldas. Pero no hubo forma. Allí se quedó.

Como muchos españoles salidos en aquellos días terribles, tú conociste los campos de concentración franceses. Destierro, tu primer libro publicado en España, en 1982, está fechado entre Saint Cyprien, 1939 y Roma, 1974. ¿Por qué estos dos años?

Teresa Gracia: El poema empieza sin letra alguna, en el campo de Saint Cyprien, donde fui recluida en 1939, y acaba en Roma en 1974, cuando ya por fin le puse letras a esos recuerdos que volvían una y otra vez. Entonces comprendí que podía prestar mi voz a los que ya no la tenían. Ese poema, Destierro, ya no es mi voz. Es la de muchos otros, los que quedaron en los campos de concentración tanto tiempo, un año, dos, o quizá sólo un día porque murieron al siguiente. No eran preci­samente intelectuales, pero sus silen­cios, junto con alguna palabra que salía de ellos y volvía a caer, como si no pudiese flotar en el aire, sus silen­cios, digo, eran muy significativos. A veces me han reprochado el haber utilizado un lenguaje culto para expresar ideas o sentimientos de mis compañeros de reclusión. Era su len­guaje. Lo sé porque me pasé la infan­cia observando hasta el menor de sus gestos y ellos pensaban así, como hé­roes antiguos. Sentían, o les dolía, la pérdida de su tierra, de su idioma, de la ventana de su cocina que daba no sé adónde…

Más tarde, en 1984, publicaste Las republicanas, una obra de teatro. ¿En qué medida tu experiencia ha inspirado esta obra?

Teresa Gracia: Yo veo Las republicanas en el in­menso campo de Argelès, donde tam­bién estuve de niña. Era un campo reservado a las mujeres y a los niños. En mi obra no hay descripciones de decorados, pero todo está en lo que dicen las reclusas. Se habla del viento, de la arena, del frío, de los elementos con los que convivíamos. Claro que no transcribí los diálogos de aquellas mujeres atontadas ante el mar. Pero las he visto en las barracas, comidas por los piojos y la sarna. La cabeza se nos llenaba de un viento especial, como si hubiese dejado caer poco a poco las palabras de esta obra. Un viento que se mezclaba con el ruido del mar, con algún canto andaluz de una mujer perdida, con protestas, también, e insultos a los gendarmes que no me atreví a reproducir aunque los recuerdo muy bien. De hecho, ad­quirí tal lenguaje en los campos de concentración que cuando me sale ahora, en cualquier momento de dificultad, asusto a cualquiera.

¿De qué patria se habla en Las re­publicanas?

Teresa Gracia: El personaje de la marquesa habla, al final, de una patria. Como también habla de la tierra y de la tupida manta que esa tierra constituye y que la va a cubrir y que ella quiere que la re­cubra, supongo que se trata de una patria muy terrena. Es la tierra donde se ha nacido, esa tierra de la cual siempre han estado muy cerca las mu­jeres y también los pueblos primitivos, como España era entonces, segura­mente. No les dolía la pérdida del gobierno, ni siquiera el fracaso de la República o el hecho de haber sido vencidos. A estas mujeres les dolía la pérdida de la tierra, simplemente.

Las republicanas no ha sido nunca representada, me parece.

Teresa Gracia: No. Recuerdo que un director de teatro estuvo interesado en ella, hace tiempo. Pero dijo que había que en­contrar muchas redes de pescadores porque la acción se desarrolla ante el mar. Le contesté que si hubiera habi­do redes de pescar, las habríamos chupado, nos las habríamos comido o nos habríamos hecho faldas con las fibras. Semejante riqueza no habría durado mucho tiempo.

Yo pienso que es perfectamente es­cenificable, y estoy seguro de que un día se llevará a escena. ¿Cómo imagi­nas tú una representación de Las republicanas?

Teresa Gracia: No sé si es posible llevar arena a un escenario. Pero veo a las mujeres sen­tadas, casi al estilo moruno, con una manta encima, que era lo único que daba calor y que impedía además el paso de la arena y del viento que te hostigaba y se te metía en los ojos. Si se viese el viento, en el que insisto tanto, vería el escenario hecho de viento. Aquellas mujeres flotando, agarrándose a la tierra, perdidas, sin punto de referencia salvo aquel de su extrema sinceridad en sus sentimien­tos aún no expresados. Sus pensa­mientos, sus sentimientos no estaban diluidos en ningún quehacer, en nin­guna meta, en nada. Todo se conver­tía en un presente repetido constante­mente un día tras otro. El texto lo imagino muy modulado, dicho pausa­damente, sin gritos. El mar ocupa, en las miradas y las palabras de aquellas mujeres, el lugar de los espectadores.

Después de tu paso por los campos de concentración, te quedaste en Fran­cia y allí estudiaste. ¿Cómo se vive, en esas condiciones, el aprendizaje de una lengua y una cultura extranjeras?

Teresa Gracia: Yo había empezado a conocer la lengua francesa por las peores de sus palabras. Siempre unida, cada una de ellas, al empujón de un gendarme. Después sospeché que aquel idioma podía tener palabras más suaves, más dulces en su seno. Y al salir del cam­po de concentración, y aunque estu­viera enferma, esquelética y llena de rabia, en cuanto pude entrar en una escuela, lo comprobé. Durante mucho tiempo no entendí nada, pero como la única tarea que tenía por delante era recorrer ese idioma y devolvérselo a los franceses más hermoso del que, suponía yo, tenían, lo estudié muy bien, a fondo. Llegué a ser la mejor estudiante de mi curso del Liceo de “Jeunes Filles” de Toulouse. En cuan­to a la cultura francesa… Recuerdo que pasamos un año estudiando Le Cid, de Corneille. Entonces estába­mos bajo la ocupación alemana y la profesora de literatura, que era muy nacionalista, decía: “¡Qué maravilla! ¡Estos dilemas sólo han podido darse en la corte de Francia! ¡No tienen nada que ver con los países bárbaros que nos rodean!” Comprendí que eso de los países bárbaros lo decía tam­bién por el mío y me puse a buscar Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro. En cuanto pude lo leí. La cultura francesa tiene, a mi entender, el poder de suavizar los ánimos, salvo el duque de Saint Simon, que escribe en un francés ba­rroco, perfecto y extraño. En fin, debo decir que de toda la literatura francesa sólo me gusta La princesse de Clèves, de Madame de La Fayette. Lo demás no me interesa nada.

Pero publicaste, en 1962, una no­vela escrita en francés. Se titula Panama Party y tuvo un gran éxito.

Teresa Gracia: De crítica. El éxito llegó después de que un caballero escribiera en la re­vista Arts un artículo en el que decía “Merci, Teresa, Merci!” Se ve que le había quitado el temor a seguir leyen­do libros de mujeres que a él no le gustaban. Se refería, claro, a Françoi­se Sagan, lo que no me proporcionó muchos amigos en el París de aquellos años. Además, algunos tomaron aquella novela como una sátira al ge­neral de Gaulle. Se describía el pro­grama político de un candidato a la presidencia de una república hispa­noamericana y la prensa francesa lo reprodujo entero atribuyéndoselo al general de Gaulle.

Teresa Gracia: Después trabajaste en Latinoamérica y en Italia, en la FAO. ¿Cuándo volviste a España?

Teresa Gracia: Empecé a volver en los años seten­ta. Me fallaba la memoria. No estaba segura de que existiese un país real donde se hablase el idioma que yo hablaba y en el que habían nacido los escritores que yo leía en el exilio. Me faltaba palparlo, tocarlo. Y una vez, en 1970 me parece, viajé de Italia a Brasil. El avión hizo escala en Ma­drid. Tenía que esperar otro avión tres horas y me quedé en Madrid tres días. ¿Cómo iba a quedarme sentada en la cafetería de Barajas? La sensa­ción que tuve entonces es que se ha­blaba un idioma tan parecido al mío que las palabras me atravesaban. Te­mía que cualquiera pudiera adivinar mi secreto más íntimo y doloroso. Creía ser transparente, de cristal, como el licenciado Vidriera. Me puse a mirar hacia atrás, a hacer gestos desacostumbrados, como de persona perseguida. Fueron tres días de extra­ña locura.

Ahora se acaba de publicar Medita­ción de la montaña, otro libro de poesía. ¿Cómo sitúas este libro en el con­junto de tu obra literaria?

Teresa Gracia: Meditación de la montaña es la obra más desconocida para mí, porque si bien antes, en Destierro, oía las voces de los que habían desaparecido, y en Las republicanas las de las mujeres que observé durante tanto tiempo, aquí ya no veo nada. N o veo ningún personaje. Ni siquiera me veo a mí misma.

Pero sí que hay un personaje en Me­ditación de la montaña.

Teresa Gracia: Sí, sí hay un personaje, pero tendría por padre y madre una serie de do­lores y pasiones y sentimientos que se hubiesen encarnado en esa muchacha. Lo que sí he visto, con gran claridad, han sido algunas metáforas. La me­táfora es adecuada si se la ve y entien­de al mismo tiempo. Y yo he visto a esa muchacha colgar de los versos, como una mona. La he visto volar “con plumas para el vuelo, en mi peinado”. Y cuando la veía, me entu­siasmaba, como si yo misma hubiese podido salir volando en aquel mo­mento.

En este libro te sometes a una dis­ciplina métrica durísima. ¿Por qué?

Teresa Gracia: Verás, yo me instalé en España al principio de los ochenta. Conocía bien la literatura española, pero pensé que me faltaban los estudios que hu­biese seguido de haberme quedado. Entonces conté los años de mi presen­cia en España después de mi regreso y los añadí a los siete que tenía cuan­do crucé la frontera. Me salían doce años de edad. Supuse que mis coetá­neas habían estudiado métrica, en otros tiempos. Y seguí mi programa escolar, convencida de que estaba en lo justo. Después de haber estudiado tanta métrica, se creó una especie de estructura, formada de endecasílabos melódicos, heroicos, sáficos, dactíli­cos, que parecía estar esperando a que cualquier poema se le metiese dentro. Y en efecto, una suerte de pasión poé­tica, que brotó en mí ante una montaña de Castilla que creí reconocer, se precipitó gustosa hacia el cepo de las férreas medidas que le tenía preparado. Contrariamente a lo que puede pensarse, este libro es el que menos me ha costado escribir. El verso libre, el poema en prosa hacen del poeta el dueño absoluto, sin ley ni Dios, de su escritura. La poesía medida le obliga a entrar en un camino interior. Uno solo en que el verso y esa galería interior coinciden.

La depuración alcanzada en Meditación de la montaña, tal vez por la factura métrica, da un poco la sensación de que ese libro ya estaba escrito, de que era como la al­mendra de tu obra anterior. ¿Por qué escogiste una estrofa tan especial como es la lira?

Teresa Gracia: Leí unas liras de Garcilaso, esas famosísimas que empiezan con “Si de mi baja lira tanto pudiese el son…” Como además hablan del viento, me parecieron maravillosas. Después leí las de san Juan de la Cruz, que no me gustaron nada. San Juan de la Cruz escribe un poema amoroso, sin más interés que ese. En cambio, ahí está fray Luis de León, que escribe liras bellísimas y del que nadie habla, no sé por qué. Las liras se utilizaban para expresar una pasión. Yo tenía esa pa­sión, aunque no era religiosa. Tal vez fuera panteísta: pasión por la tierra que me fue arrancada, por el idio­ma que me quitaron. Entonces se me ocurrió utilizar el metro de la pasión mística para esa pasión, que es muy real aunque esté alejada de cualquier saber anterior. No tengo libro en que apoyarme, ni religión por ilustrar. Sólo arrastro una verdad que puja por salir. Se trataba de que esas liras cap­tasen la pasión de una muchacha de quince o dieciséis años, una mucha­cha valiente, que ha decidido volver y vuelve como sea, arrastrándose, muerta de hambre, sucia, durmiendo a ras del suelo. ¿Por qué no emplear las liras en un personaje así, protago­nista de una tragedia colectiva?

¿Tiene algo que ver este personaje con la niña de Las republicanas?

Teresa Gracia: No. La niña de Las republicanas habla mucho. Es una chica que siem­pre está pensando en las cosas y ob­servándolas desde lejos, mientras que la muchacha del poema actúa siem­pre. Es una muchacha alegre.

Meditación de la montaña está en la línea de la tradición clásica, pero también parece inscribirse en otra lírica, la de la materia y la tierra, como puede ser la de Miguel Hernández. ¿Tú te reconoces en esta poesía?

Teresa Gracia: Sí. No en todo, porque el hombre es muy varón. Cosas como las de que está marcado en la ingle por un fruto me importan muy poco. Y el mundo del toro… me horroriza. Pero reco­nozco en él una voz muy auténtica de poeta. Si no me equivoco, es el único poeta, quizá por autodidacta, que no está inficionado de surrealismo. Todos los demás aplican el Manifiesto surrealista o lo que había llegado has­ta aquí: esas imágenes que se pueden sustituir unas por otras sin que pase nada, porque no tienen transparencia alguna que exprese la verdad indecible a la que sólo se ajusta una metá­fora que el lector puede reconocer.

¿Se puede hablar del retorno como del tema principal de Meditación de la montaña?

Teresa Gracia: Claro, y también del temor a no poder volver. A medida que vas avanzando por ese tiempo cada vez mayor de la separación, aunque estés inmóvil en el espacio, parece mucho más difícil volver al punto de partida. ¿Cómo remontar veinte, treinta o cuarenta años? La muchacha lo hace, evidentemente, pero acaba mal.

Sí. Meditación de la montaña es una obra trágica, la descripción de un tránsito de una gran dureza.

Teresa Gracia: Pero también lleva en sí su propio consuelo. Esto es muy importante. Yo creo que ningún escritor debiera hacer sufrir inútilmente a sus lectores. Un escritor, por muy trágicas que sean las cosas que escriba, siempre está conso­lando o intentando consolarse a sí mismo y de paso al lector. Hay sufri­mientos necesarios, pero son aquellos que llevan al alma una dulzura, una reconciliación, un poco de compa­sión. Entonces te puedes aproximar al extremo más lejano de la dureza o, más bien, de la exactitud. Pero sin olvidar nunca, porque esto no se debe olvidar nunca, que sería un pe­cado horrible sumir a otro en el es­tado en que tú mismo estuviste.

Qué pensarías si se te encuadrase en un grupo de poetas españoles en el exilio o en el destierro, un grupo que podría estar formado por Enrique de Rivas…

Teresa Gracia: y Tomás Segovia, que es un poeta surrealista excelente porque no es sólo surrealista. Es verdad que tenemos vidas muy parecidas, pero no sé cuá­les podrían ser los puntos en común. En realidad, yo escribo como una chi­ca inculta. Huyo de cualquier cosa que se haya podido saber o decir ya, aunque seguramente lo que yo hago ya se haya hecho antes. Pero no creo que ciencia alguna, aparte de la mé­trica, claro está, me ayude a percibir, a captar eso que he visto y entendido en un momento dado. Para eso se necesita mucha capacidad de concen­tración, y no distraerse nunca. Yo realmente lo que soy es una buena cazadora. Yo cazo, soy cazadora.

¿Qué estás preparando ahora?

Teresa Gracia: Habiendo estudiado tanta métrica, no podía dejarla sin sacarle algo más de partido. Estoy escribiendo un li­bro de so netos. Y también preparo una novela. Se llama Las puertas y trata de una muchacha (no sé por qué caigo yo siempre en esto de las mu­chachas) que cree tener una vocación literaria y escribe alguna cosa en la pared. También se siente perseguida. Es el libro de las persecuciones ima­ginarias.

Ver también: Julia Escobar sobre Teresa Gracia, en Libertad Digital y César de Vicente Hernando sobre el teatro de Teresa Gracia en Acotaciones.

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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