La movida. Una ola de diversión

En La Movida. Coordinación de Blanca Sánchez. Madrid, Comunidad de Madrid, 2007

En recuerdo de Blanca Sánchez y Carlos Berlanga

 

La primera vez que vi escrita la expresión “movida” fue en la revista Dezine, en la que entonces trabajaba y que dirigía Agustín Tena. En el número 5 (octubre de 1980) aparecía una larga entrevista con el grupo Alaska y los Pegamoides. Formaba parte de una serie de entrevistas a grupos musicales como Nacha Pop, Aviador Dro, Zombies y Radio Futura. Otros dos, Betty Boop y Bebés Sincopados aparecieron entrevistados en otro número bajo el título “Dos conocidos grupos inexistentes”.

Pues bien, en aquella entrevista los miembros del grupo decían, de quien al parecer había inventado la expresión, que “Es que él es un enrollado, un colega más” y “Es que se lo montan de abuten”.

Alaska y los Pegamoides expresaban muy bien lo que yo mismo, y algunos de mis amigos y conocidos de entonces, pensábamos. En primer lugar, que no nos gustaba la expresión. En segundo lugar, que aquello que habíamos vivido en los últimos dos o tres años no era exactamente un movimiento, ni tendencia que mereciese clasificación alguna.

¿Soberbia juvenil? Sin duda, pero también intuición de lo que iba a venir algún tiempo después: la apropiación por los políticos de algo que se hizo al margen de la política, fuera de cualquier ideología, de cualquier ayuda oficial. Ni siquiera soñábamos (al menos yo mismo y mis amigos) que el Estado o el gobierno pudiera alguna vez subvencionar lo que hacíamos.

Y es que lo que hacíamos era única y exclusivamente divertirnos. Habrá quien quiera darle a este afán de diversión un cierto significado simbólico, el de una sociedad que despierta y se moderniza después de la larga siesta del franquismo.

Yo no tuve en ningún momento esa sensación ni ese proyecto. Y no es que no tuviéramos una cierta intención en lo que hacíamos. Pero no tenía nada que ver con el franquismo. Para mí el franquismo fue algo muerto mucho antes de que falleciera Franco. Además, era demasiado joven como para haber podido siquiera participar en ninguna clase de militancia en contra del régimen.

Por volver a nuestro asunto, y si es que aquello que estaba ocurriendo en Madrid a finales de los setenta tenía algún significado, consistía por lo fundamental en distinguirnos de dos estéticas, más o menos asimiladas a dos formas de vida.

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Sentíamos una aversión profunda, radical, hacia los progres. Recurro a esta palabra porque ese era el término que utilizábamos entonces. A mí y a mis amigos nos resultaban repelentes las trenkas, las barbas, los pantalones de pana, los jerseis de cuello vuelto… toda la estética progre, en una palabra. No aspiro a representar a nadie. Digo lo que algunos amigos míos y yo mismo sentíamos y aquello de lo que nos reíamos. Mucho, por cierto.

Aquel aborrecimiento no tenía, políticamente, una traducción concreta. La política no ocupaba un lugar demasiado importante en nuestra vida. En lo que a mí concierne, me sentía próximo a la izquierda moderada. Me pareció bien, como a algunos amigos, que los socialistas dejaran de llamarse marxistas. No sé hasta qué punto un mensaje liberal, enviado desde la derecha, nos habría resultado atractivo. Dado nuestro carácter individualista o al menos ajeno a cualquier apelación al Estado, tal vez habría tenido éxito. El caso es que ese mensaje nunca llegó. La derecha, con lo mucho que había hecho en aquellos años y en los anteriores, previos a la Transición, no nos interesaba. Probablemente la indiferencia se debiera sobre todo a nuestro relativo desinterés por el asunto. Se habló bastante de los “nouveaux philosophes” franceses, que proponían una revisión crítica de la izquierda, pero yo no los leí entonces, aunque sí los seguí en los medios de comunicación.

Me avergüenza y me duele mi falta de sensibilidad ante el terrorismo en esos años, entre 1978 y 1981. Corresponden a los años más duros del terror nacionalista. Ni por un momento se me ocurrió que era nuestro deber manifestar en público nuestro rechazo a la violencia y nuestra solidaridad con las víctimas. Aquella indiferencia ha sido un elemento importante a la hora de entender que se puedan aceptar como si fueran ajenos fenómenos como el nazismo o los nacionalismos totalitarios españoles, es decir el nacionalismo catalán y el vasco. Y no era por falta de personas que dieran la voz de alarma. Ya por entonces Federico Jiménez Losantos –que colaboró en algún número de los seis que llegó a sacar Dezine y fue víctima él mismo de un atentado- describió lo que iba a suceder. Los nacionalismos nos parecían una broma, una cosa absurda, como de coros y danzas de los años cuarenta y cincuenta. Era algo más antiguo que Franco; era de tiempos de la Falange. Nuestra apatía no es menos imperdonable por eso. Cierto que éramos jóvenes, pero no tanto como para no empezar a entender lo que estaba sucediendo.

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Además de reírnos de los progres y sus variadas expresiones musicales –cantautores, folklorismos varios o canción comprometida-, también nos divertíamos a costa de la generación hippie, la misma que en los años setenta escuchaba a Pink Floyd, a Jethro Tull, a Janis Joplin o los pelmazos de Tangerine Dream. Hacíamos algo más que burlarnos de ellos. Queríamos marcar claramente las diferencias, habiendo permanecido en su órbita -al menos en mi caso- en la muy primera juventud. Recuerdo perfectamente la primera vez que oí hablar de los Ramones. Un amigo me contó, muy excitado, que había un grupo musical en Nueva York que no tenía nada que ver con la estética y el mundo hippie, tan aburrido, tan desganado y cansino, por lo menos a la altura que a mí me tocó. Me pareció una liberación. De la noche a la mañana desaparecieron los pelos largos, la ropa sin forma, la dejadez, el pasotismo. Fue estupendo.

Casi al mismo tiempo, o poco después, llegaron Deborah Harry y Blondie, los grupos punkies, el ska, la música new wave. El concierto de los Ramones en la Plaza de Vista Alegre en Madrid, el de The Clash en el Pabellón Deportivo del Real Madrid, el de Elvis Costello en Barcelona fueron momentos de muy alto voltaje, vividos con una intensidad y una entrega completa. Lo mismo ocurrió con los conciertos de Radio Futura –en particular el que dio un domingo por la mañana en un local enfrente del Ateneo de Madrid-, los de Kaka de Luxe o los de los Zombies, algo más sofisticados. Y con el gran concierto de febrero de 1980 en la Escuela de Caminos de Madrid en el que participaron todos los que contaban entonces.

La música disco no tenía el mismo significado, por lo menos para mí, pero era un fondo perfecto para continuar la fiesta después de un concierto en El Sol, El Escalón, en El Jardín y más tarde el Rock Ola por donde acabaron pasando todo tipo de grupos, también extranjeros. ¿Por qué la música tuvo tanta importancia en esos años? Sin duda porque nos permitía al mismo tiempo expresar un momento nuevo –el nuestro- y además reunirnos. También estaban los pintores. Ahora bien, en lo que a mí respecta, y habiendo estado expuesto a una sobredosis de vanguardia en los años inmediatamente anteriores, en París, el arte, por llamarlo de alguna manera, era más que nada un pretexto para asistir a los vernissages, es decir las inauguraciones de las exposiciones. Allí nos reuníamos prácticamente las mismas personas que íbamos a los conciertos y exactamente con el mismo objetivo: divertirnos. En una de estas inauguraciones, particularmente sublime, el champagne chorreó por los cuadros expuestos sin que aquello causara el menor desagrado ni al pintor ni al galerista. Por lo menos así lo recuerdo.

Tenía mis preferencias musicales, como es natural, pero lo importante para mí era que la música que sonara no fuera ni pareciera hippie –otra forma de decir aburrida- ni comprometida –otra forma de decir progre. Y cuando lo era, como en el caso de The Clash, tratábamos las letras con muy escaso respeto por la intención de sus autores.

Recuerdo aquellos años como una fiesta, una fiesta permanente. Casi todos trabajábamos, muchos estábamos estudiando una carrera y nos pagábamos nuestras propias casas. Me habría resultado inconcebible vivir en casa de mis padres. Aun así, y ganando bastante poco dinero, encontrábamos los medios y las ganas de salir casi todos los días con el único objetivo de pasárnoslo bien. Cierto que había personas extraordinariamente generosas. Nunca bebíamos alcohol en la calle ni, salvo en los conciertos muy concurridos, participábamos en grandes concentraciones de gente.

Las mayores que recuerdo tuvieron lugar en locales privados, como las fiestas de Dezine en El Sol y en la sala Carolina, o la propia inauguración de El Sol. Había fiestas casi continuamente, muchas de ellas memorables, como unas cuantas en el piso de la calle Moratín que albergaba la redacción de Dezine, otras en casas particulares, algunas de ellas matinales, particularmente alegres, en casa del mismo galerista que servía champagne en su local.

No éramos muchos, pero cualquiera que tuviera ganas de divertirse y participara del humor insolente y descarado que compartíamos era bienvenido. Había diversos grupos, aunque no sabría definirlos con claridad. Las fobias y las filias se establecían según criterios personales, probablemente caprichosos o en otros casos –en realidad, lo desconozco- profesionales. Entre mis amigos había gente de procedencia muy variada. La diversión era impredecible. Podíamos empezar, o acabar, en un lujoso chalet del norte de Madrid, en uno de esos pisos que Tomás Cuesta llama tronados, en la calle de la Princesa o en el barrio de Salamanca, en otro mucho más modesto del barrio de la Concepción o en uno del Rastro, que apestaba a cocina castiza de los bares cercanos.

Con los locales a los que íbamos pasaba lo mismo. Desconozco por qué se ponía de moda uno u otro. El caso es que de pronto todos íbamos a El Jardín, un local en los bajos de un edificio cerca de la Estación de Chamartín, al Sol o al Rock Ola, en la Avenida de América. Todos tenían en común abrir hasta tarde –nadie habrá olvidado la música con la que se cerraba El Sol-, un escenario para la música en directo y una pista para bailar.

Si algo expresábamos, puede que fuera una España joven, bastante despolitizada, más heredera de lo que entonces pensábamos de la España dinámica, valiente y sin prejuicios de los años sesenta y setenta. Bien es verdad que en general, carecíamos también de su visión profesional y su conciencia de pioneros. Aunque trabajábamos, de alguna manera contábamos con la prosperidad creada por la generación anterior.

Cuando llegó el momento de tomar una decisión sobre la propia vida, también llegó para mí el momento de acabar con todo aquello. La diversión se agotó en sí misma y hubo cosas más serias de las que ocuparse.

Más o menos, aquel momento coincidió con la crisis económica del principio de los ochenta. A causa de la recesión general y de la política económica de UCD, con una inflación explosiva, no había forma de encontrar de encontrar trabajo ni, menos aún, pedir un crédito.

Los jóvenes de hoy en día no saben lo que es eso. Toda mi juventud, desde 1973 hasta nueve años después, coincidió con una crisis de la que fui consciente desde el 75. Curiosamente, no sentía ningún miedo ante una situación tan dramática.

El momento final de la diversión coincidió también, en líneas generales, con la generalización de la palabra “movida”. Para mí, el término quedó identificado con las subvenciones, el intervencionismo de las instituciones y la voluntad de algunos políticos de sacar partido de todo aquello. Supongo que hubo quien se aprovechó de eso. También hubo –yo no estuve entre ellos- quien encontró una forma de encauzar profesionalmente su actividad de aquellos primeros momentos en los medios de comunicación, en la música, en el cine, en la pintura, en la moda, en negocios relacionados con la diversión o simplemente mediante la explotación legítima de su personaje. Y hubo quien se lo tomó todo a la tremenda, ya fuera por decisión propia, por obedecer a alguna pulsión suicida o por las tensiones del medio en que se había criado. El legado destructivo de los sesenta y los setenta no andaba tan lejos como creíamos. También ocurrieron algunos accidentes terribles.

Para mí y en general para mis amigos, fueron unos años de pura energía juvenil, un poco narcisista y algo arrogante, ingenua, bien educada también y en el fondo más bien prudente a pesar de algunos excesos de apariencia temeraria. Me hubiera gustado que se hablara de “nueva ola”, una expresión más amable y, me parece, más optimista que la que prevaleció.

Ilustración: Carlos Berlanga