La constitución ideal de España. Ángel Ganivet (1865-1898)

De La libertad traicionada. Siete ensayos españoles. Madrid, Gota a Gota, 2007

 

Estando Ganivet de vicecónsul en Amberes, en mayo de 1895, recibió un aviso del hospital, de parte de un compatriota. Al encontrarse con él, Ganivet supo que el hombre que le había mandado llamar no era español sino nicaragüense, de Matagalpa, y de ascendencia portuguesa además. No quería cumplir ningún trámite oficial, sólo hablar, antes de morirse, con algún semejante que le entendiese. En un trance como aquél, a la hora de confesarse y hacer balance de la propia vida, la cuestión de la nacionalidad se desvanecía y dejaba paso a la realidad: una hermandad de lengua y de espíritu superior a cualquier frontera.

 

Unos años después, en el otoño de 1898, Ganivet se encuentra en Riga, una ciudad de lo que entonces era el Gran Ducado de Finlandia, protectorado del Imperio Ruso. Destinado allí de cónsul, había vivido algún tiempo con su amante Amelia Roldán y Ángel, el hijo de ambos. Tras hacerles volver a España, Ganivet parece haber recibido un telegrama que acusa a Amelia de infidelidad. El cónsul escribe a su amante, que le contesta negándolo todo y anunciando una próxima visita.

Amelia, con escasos recursos económicos, pidió ayuda a la familia de Ganivet y llegó a Riga con su hijo el 29 de noviembre. Desde primeros de mes, Ganivet venía padeciendo episodios de manía persecutoria y era víctima de una parálisis progresiva causada por una sífilis contraída en la juventud. El estado era tan grave que un amigo aconsejó la hospitalización inmediata. El mismo día 29, mientras Amelia y su hijo le esperaban en el consulado, Ganivet cogió el barco que cruzaba el río Dvina y en plena travesía se tiró a las aguas heladas. Rescatado con vida, se libró de quienes le habían salvado y se precipitó de nuevo a la corriente. Esta vez fue definitivo. Ángel Ganivet, cónsul de España, escritor, moría ahogado a los 33 años.

Había conocido a Amelia Roldán, una mujer muy hermosa, descendiente de una familia asentada en Cuba, durante un baile de máscaras en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en febrero de 1891. El amor nació aquella misma noche, en la pensión de la calle Tetuán donde Ganivet vivió sus años de estudiante y opositor. Como cuenta él mismo en una de sus novelas, se dejó seducir por aquella mujer enmascarada y no resistió al poder de la adivinación, que llama el “sexto sentido”, el único de verdad incontrolable por la voluntad y aquel por el que surge la sensación pura del amor.

Amelia supo consolar y dar protección a aquel hombre joven que ya por entonces daba muestras de desequilibrio. Y aunque la pasión no tardó en enfriarse, porque Amelia no pudo estar a la altura del papel que su amante, ferviente idealizador, le había asignado, o bien por la infidelidad de una mujer que vio frustrada su pretensión de casarse, Ganivet siguió siendo fiel por lo esencial a aquel amor consumido. Incluso escribió una vez que nunca volvería a tener otro, y así fue.

Ángel Ganivet había nacido el 13 de noviembre de 1865 en la calle de San Pedro Mártir, en Granada, ciudad más aristocrática y universitaria que burguesa. Por mucho que se complaciera en hablar de sus orígenes proletarios, no hubo nada de eso, y la familia de su madre pertenecía a una clase media muy española, aristócratas venidos a menos, de los García de Lara, linaje ilustre de conquistadores castellanos. Poseían dos casas y dos molinos, en la misma Granada, a más de alguna huerta en los alrededores.

Fue en uno de esos molinos, el llamado de la Zagra, donde transcurrió buena parte de su infancia: una casa situada en la colina de la Alhambra, cerca del palacio, con varios patios y un huerto regado por un arroyuelo que movía el ingenio mecánico. Ganivet siempre consideró aquella casa como la única suya, y en una carta a su amigo Navarro y Ledesma, fechada en Amberes en noviembre de 1894, afirmó que las demás por las que había pasado eran como bancos públicos donde “uno se sienta para descansar un momento”.[1]

Tenaz e inteligente, Ganivet destacó en los estudios de bachillerato y cursó en su ciudad natal las carreras de Derecho y Filosofía y Letras. Por entonces leyó a Séneca y la afirmación de la dignidad del hombre, la voluntad de sobreponerse a la adversidad y sobre todo el anhelo de independencia, el deseo de liberarse de toda sujeción y de todo artificio, le marcaron para siempre. La lectura del cordobés romano, a quien siempre consideró un compatriota español, fue una revolución, “como quien, perdida la vista o el oído, los recobra repentina e inesperadamente y viera los objetos que con sus colores y sonidos ideales se agitaban antes confusos en su interior, salir ahora en tropel y tomar la consistencia de objetos reales y tangibles”.[2]

En octubre de 1888, llegó a Madrid, el Madrid de la Restauración en el que, según diría Baroja, “todo el mundo se acostaba tarde”, los políticos se insultaban en las páginas de los periódicos, más de diez casas de juego abrían toda la noche en la Puerta del Sol y “un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir: con una quintilla bien hecha se conseguía un empleo para no ir nunca la oficina”.[3] Para Baroja, era un pueblo raro, uno de los pocos pueblos románticos de Europa. Galdós en cambio, llamó a aquel tiempo “los años bobos”. España vivía satisfecha con la estabilidad conseguida tras los trágicos episodios de la revolución del 68, el reinado de Amadeo de Saboya, la Primera República y las sublevaciones cantonalista y carlista. La musa de la Historia se paseaba por las páginas de los Episodios Nacionales que el novelista dedicó a aquellos años con el nombre escasamente heroico de Mari Clío: la grandeza había dejado paso al prosaísmo, y el riesgo, a la seguridad.

No era así, por supuesto. La Restauración fue una larga etapa de estabilidad, tranquilidad y progreso, tras unos años de brusquedad y desorden. Pero así lo ven los intelectuales de la época: aquella España que había pasado por uno de los períodos más turbulentos de su larga vida les parecía de vuelta de todo, descreída y curada para siempre de cualquier entusiasmo colectivo. Ganivet, que la contempla con ojos críticos, prepara su tesis de doctorado recluido en su pensión de la calle Teruel, cerca de la Puerta del Sol. Una primera redacción titulada España filosófica contemporánea, fue rechazada, dado su carácter poco académico, por Nicolás Salmerón, el antiguo presidente de la República y catedrático de Metafísica en la Universidad Central. Pero Ganivet, bien adaptado a la desenvoltura de la sociedad española de su tiempo, presenta otra sobre la Importancia de la lengua sánscrita y servicios que su estudio ha prestado a la ciencia del lenguaje en general y a la gramática comparada en particular. Esta vez se la dan por buena.

Como no quiere ser gravoso para su familia, el flamante doctor firma las oposiciones al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios. Las gana y es destinado como auxiliar en el archivo del Ministerio de Fomento, donde tiene sobrada ocasión de aburrirse entre legajos y literatura oficial.  La biblioteca y las tertulias del Ateneo, del que elogiará más tarde el “espíritu amplio, tolerante, familiar y protector” parecen ser su mayor distracción en estos meses.

Pero el senequista no se resigna a pasarse la vida de archivero. ¿Qué puede hacer un estoico en el Madrid de finales de siglo? Volver a presentarse a otras oposiciones, esta vez a una cátedra de griego. Durante los exámenes, conoce a otro joven opositor, Miguel de Unamuno, con el que traba una amistad que será fecunda. Unamuno le impresiona por su locuacidad, su ingenio y las ranas que dibujaba en los veladores de los cafés. Probablemente le inculcó también su inquietud por los temas españoles.

Ganivet, que apenas se ha preparado, no consigue el puesto, pero el fracaso no le arredra, y poco tiempo después recurre al mismo trámite, postulándose esta vez a diplomático. Ahora sí que lo logra. Saca el número uno de la promoción y a finales de mayo de 1890 es nombrado vicecónsul en Amberes, a donde llegará poco después. De camino ha pasado unos días en Barcelona junto a Amelia, que vive con su familia, arruinada y vuelta a España tras la guerra de Cuba. Ganivet, que estrena su sueldo de funcionario público, se hace cargo de todo.

Pero al flamante diplomático le esperaban emociones mucho más fuertes. El granadino, que había pasado su infancia en un molino y la última parte de su juventud en el Madrid popular, pintoresco y escéptico de la Restauración, se encuentra ahora en un importante puerto comercial, en el centro de una Europa laboriosa, industrializada y en plena expansión colonial. Además, Bélgica cuenta ya por entonces con una monarquía parlamentaria bien asentada y sólida de la que no están excluidas, gracias a los sindicatos católicos y a un partido socialista pragmático e inteligente, las clases populares. ¡Qué contraste entre ese ambiente de trabajo, de rutina, de racionalidad y de exigencia al que se adhiere toda una sociedad, con el Madrid que había conocido Ganivet! Y sobre todo, ¡qué distancia entre la ciudad gris, volcada en la actividad productiva, el comercio y la acumulación de riqueza, y su ciudad natal, la indolente Granada, abierta a la vega soleada, ajardinada, misteriosa y coronada por un palacio de ensueño!

No es que Ganivet se aísle ante la novedad. Al contrario, participa en la vida social de Amberes, asiste a las recepciones y a los compromisos que le impone su cargo y cumple con eficacia su cometido. Pero el choque es demasiado brutal y, descartada de plano cualquier admiración, Ganivet reacciona con un rechazo intransigente de todo aquello que tiene ante los ojos. En pocas palabras, abomina de todo progreso y de toda modernidad.

Al asistir a la Exposición Universal de 1894, compara la sección inglesa, que muestra orgullosa los últimos adelantos de la maquinaria textil, con los pabellones de Argelia y de Egipto, “donde no se encuentra más que gente semisalvaje, tocando perezosamente un instrumento, danzando, fumando y tomando café”.[4] No hace falta decir por cuál de los dos se inclina Ganivet, que cita el comentario de un indio ante el despliegue británico: “¿Para qué correr tanto?”

El mismo desprecio le causa el turismo organizado, de cuyos primeros conatos hace una descripción feroz, el feminismo (“Si llega un día en que la mujer de carrera se encuentre por todas partes, habrá que suplicar a la Providencia que caiga sobre nosotros una nueva invasión de bárbaros y bárbaras, porque es preferible la barbarie a la ridiculez”[5]) y, claro está, lo que llama la “inmunda democracia”,[6] a la que considera responsable de un gravísimo error político: el “estúpido afán de asegurar que en la mano del gobernante está la felicidad de todo el mundo”, con lo que sólo se conseguirá “reparto, nivelación, propiedad colectiva… expedientes que vienen a sustituir a la libertad individual” y que al cabo obligarán a cambiar de rumbo, “enseñando primeramente que hay que aguantarse con lo que venga porque el mundo está construido así, y no pensar en Jaujas imposibles”.

Es en estos meses cuando Ganivet, que ya empieza a preparar sus obras posteriores, escribe su primera novela, La conquista del reino de Maya. El protagonista, al que llama Pío Cid, “último conquistador español”, destroza la vida natural de un país africano y sobre sus ruinas levanta una cultura moderna: estatal, burocratizada, con moneda, alcohol (puro, porque es más barato), ejército y aprovechamiento racional de todos los recursos, sin despreciar el estiércol del ganado al que se reservan algunas de las más importantes estancias del palacio real. La conquista del reino de Maya, que pone en solfa la colonización belga en África, es también una visión siniestra de la modernidad occidental. A cambio de la abundancia, Europa ha condenado a los individuos a una vida mezquina, a la desdicha. El Estado moderno, obsesionado por racionalizar y homogeneizar la sociedad, destruye la libertad individual, es decir la virtud, y al glorificar el trabajo y el rendimiento, no sabe producir más que parásitos incapaces de autonomía e independencia.

El tono amargo que destila toda la novela refleja una realidad: que el autor no pretendió quedarse en simple espectador ni en puro moralista. Ganivet se estaba esforzando ya por hacer en su vida lo que preconizaba en su obra escrita y en las conversaciones con sus amigos. Ya en Madrid parece haber mostrado cierta tendencia a retirarse de la vida social. En Amberes, se aparta pronto de toda relación que no venga impuesta por el trabajo. Más aún, el cumplimiento meticuloso de sus tareas salvaguarda su independencia arisca.

En cuanto empezó a cobrar su sueldo, renunció a su parte de la herencia familiar en favor de sus hermanas. Ahora se encierra en casa, apenas bebe vino y se hace vegetariano. Se niega a calentar su habitación, a pesar de las bajas temperaturas que llegan a los seis grados bajo cero, y prescinde en lo posible de la luz artificial. Aborrece los relojes y le fastidia el traje de etiqueta, elevado a metáfora de la servidumbre social. Como le dice a un amigo, “no me incomodo nunca más por consideraciones, de ningún género, y no vuelvo a salir de mi pan de centeno que es más digerible que el de Viena y el francés”.[7]

El protagonista de otra de sus novelas, escrita algunos años más tarde, afirma: “El único sentimiento de que soy capaz es el amor, y lo siento por cuantas personas conozco. Los demás sentimientos son gradaciones ridículas, engendradas por la jerarquía social”.[8] Sin duda Ganivet pensaba lo mismo, pero quien en tan alto puesto colocaba el amor corría el riesgo de ser incapaz de satisfacerlo en la realidad. Amelia no pudo cumplir una expectativa tan grande, y cuando llegó a Amberes, Ganivet, que no se casó con ella, le buscó una casa para evitar el escándalo.

Para una sensibilidad tan dolorida como la de Ganivet, enfermiza a fuerza de suspicacia, aquello debió ser al mismo tiempo un motivo de orgullo, por lo que tenía de declaración de independencia, pero también de humillación. La sociedad acababa imponiendo sus exigencias incluso a quien, sin querer rebelarse contra ellas, intentaba vivir su vida a su manera. Pero el mal es todavía más grave. El vicecónsul es incapaz de vencer la repugnancia que le produce la realidad cuando ocupa el lugar que el ideal, desvanecido, acaba siempre por desalojar. Le produce aversión el “olorcillo” que emana de las sociedades humanas. El contacto con los demás es degradante. La materia, de la que no puede librarse, le da asco, hasta tal punto que llega a considerar su vivencia, siempre mortificadora, como una forma de purificación.

Por mucho que se esfuerce, Ganivet no encuentra el modo de pactar con la desdicha. La derrota es completa, en todos los frentes. Del desastre no queda nada, ni el amor ni la fe religiosa. Ganivet debió de perderla bastantes años antes y llegado a este punto ni siquiera la echa de menos. Lejos de sentir nostalgia, constata su ausencia e incluso prevé, en más de una ocasión y con una frialdad sorprendente, su desaparición. Pero la aparente indiferencia del diagnóstico no disimula la desolación. El mismo personaje que tan altísima consideración tenía del amor dice hablando de sí mismo, que es tanto como hablar de su creador, ser “el hombre más desgraciado, el hombre que ha perdido el amor y la fe”.[9]

¿Qué le queda a ese hombre extraviado y sin ideal? Una sola cosa: su propia naturaleza de ser humano, su dignidad de hombre. En pleno naufragio, Ganivet intenta hallar en el estoicismo una tabla de salvación. El programa ascético habrá de conducirle a tierra firme, allí donde algunos valores ideales permanecen intactos, a salvo de la degradación y el envilecimiento. Pero esa voluntad de creer, aunque sea en algo interior al propio ser humano, sigue estando demasiado ligada al descalabro. No hay en ella ninguna conformidad con el destino, ni la menor voluntad de olvidar lo que una vez se quiso ser.

En el fondo, Ganivet sabe siempre que intenta huir de la desdicha. Hallar esa pauta de conducta ideal es, en su caso, evasión de la desesperanza y la tristeza. Se ha llegado a hablar, para caracterizar al Ganivet de estos años angustiados de Amberes, de “misticismo satánico”. La expresión es hermosa, porque reconoce a Ganivet una grandeza que demasiadas veces se le ha negado, y porque describe bien su falta de resignación. Un solo ejemplo: por una afinidad nacida más que nada de la nostalgia, se impone la lectura de Fray Luis de Granada, pero no se dedica a las meditaciones ascéticas de la Guía de pecadores, y prefiere ese canto a la belleza y a la armonía de la creación que es la Introducción al símbolo de la fe.

Lo que Ganivet tiene de místico –“místico sin fe” lo llamó Azorín- es el anhelo de hallar un refugio para descansar, disolverse, olvidar un mundo que se le antoja insoportable. Pero de satánico sólo posee la energía que le lleva a no poder dejarse arrastrar por el olvido. Para rebelarse, en cambio, le falta la soberbia y el desdén. Ganivet es un pesimista de buena ley, sincero, leal y cariñoso. Cuando se ponga a escribir un drama blasfemo, El escultor de su alma, la última de sus obras, le saldrá una parodia de Echegaray, o sea una parodia de una parodia: buenos burgueses, correctos y bien educados, extraviados en el escenario de un auto sacramental. En el fondo, no encuentra la razón de tanto sufrimiento como le ha tocado vivir.

Si se deja llevar por la ensoñación, no se le ocurre abanderar una rebelión ni subvertir los valores vigentes. Al contrario, al saber que Maupassant, otro suicida, ha vendido su yate, piensa en hacerse con uno, “recoger los pocos trapos que poseo y los trastajos que en adelante pueda poseer, y trasladarme con ello a una nave, de cualquier forma que esta sea; pero trasladarme para siempre, para no volver jamás a subir escaleras”.[10] Es lo que hizo un día de diciembre en Riga. Ganivet era demasiado español para ser satánico, y muy de su tiempo como para fiar en misticismos.

Los cambios en el escalafón de la carrera diplomática le dan la ocasión de mudar de aires. Ganivet descarta las plazas más próximas a su país y escoge la más lejana y la que le es más extraña: el consulado de Helsingfords, hoy Helsinki. Como el mar se congela varios meses al año, no tiene gran cosa que hacer allí y -otra prueba de su honradez- acabará por pedir que se amortice la plaza. Por ahora, su soledad llega a ser casi completa. “Me parece que oigo y veo hacia adentro, y me incomunico con el mundo como si fuera ciego y sordomudo”, le escribe a un amigo.[11] Apenas alguna compañía femenina interrumpe el total aislamiento: un breve episodio amoroso con una profesora de sueco, y por fin la llegada de Amelia, a la que ahora presenta como su esposa. No lo es, y eso a pesar de los dos hijos que ya le han nacido a la pareja: un niño, llamado Ángel, como su padre, y una niña fallecida al poco de nacer.

La soledad y la lejanía le pintan con colores más bellos que nunca la patria que ha dejado atrás. En Amberes decía que con la distancia, se ama más al país en el que se ha nacido. La distancia le lleva ahora al delirio. Desde la casa que ha alquilado, en un bosque frente al mar, contempla la bahía helada, los árboles y la tierra nevados. Pues bien, ese paisaje –“un bosque muerto y a orillas de un mar no sólo muerto, sino enterrado bajo montañas de nieve”- llega a recordarle los boscajes de Granada y el palacio de la Ahambra… Alucinaciones de la nostalgia.

Pero de la visión de esa Granada purísima, ajena a cualquier realidad a fuerza de lejanía y de frialdad, va a surgir uno de sus libros más delicados, Granada la bella, compuesto de unos ensayos publicados primero en un periódico de su ciudad natal. Como lo mejor de su obra, Granada la bella está escrita en tono menor, casi coloquial, como si Ganivet, muy amigo de sus amigos, se dirigiera a sus contertulios de la Cofradía del Avellano, que se reunían a charlar cerca de la Alhambra, mientras bebían el agua pura de la fuente que allí surte.

Como en el Idearium español y en las Cartas finlandesas, Granada la bella, escrita “a lo que salga”, da muestra de una libertad completa. Al proponer algunas reformas para su ciudad, Ganivet traza un perfil ideal y humorístico, sin insistir ni en la descripción ni, menos aún, en la importancia o el destino de Granada. No le cabe la menor duda de que una cierta forma de acceso a la belleza se ha perdido para siempre y, ante el panorama de fealdad que tenemos por delante, al menos cabe conservar el rastro de lo que crearon épocas más felices.

Pero este conservador lo es de forma desesperada, por mucho que disfrace su pesimismo radical y absorbente de guasa andaluza. ¿Para qué instalar un sistema de tuberías si durante siglos los granadinos han tenido acceso al agua más exquisitas gracias a los aguadores? ¿De qué sirve el alumbrado público, si no es para destruir el misterio de la noche? ¿Y la luz eléctrica, en las casas? Muy sencillo: para acabar con la familia. “El candil y el velón han sido en España dos firmes sostenes de la vida familiar, que hoy se va relajando por varias causas, entre las cuales no es la mejor el abuso de la luz. El antiguo hogar no estaba constituido solamente por la familia, sino también por el brasero y el velón que con su calor escaso y su luz débil obligaban a las personas a aproximarse y a formar un núcleo común. Poned un foco eléctrico y una estufa que iluminen y calienten una habitación por igual, y habéis dado el primer paso para la disolución de la familia.”[12]

Como los gatos granadinos del tío Marcos, unos legendarios animales que cita en otra de sus obras, Ganivet opta por cerrar los ojos… para no ver los ratones. Y así, declara de una vez por todas que el “no hay dinero” ha sido la providencial tabla de salvación de la patria. La belleza de Granada ha sido preservada por la falta de dinero y si España se salva, por lo menos en parte, será gracias a la pobreza. No hay peor cosa, dice, que un español rico. Como es natural, no se hace ninguna ilusión en cuanto a la acción de sus compatriotas.

¿Qué esperar de una ciudad que ha decidido cubrir el cauce del río que la atravesaba?, se pregunta. También se empiezan a sustituir las antiguas casas con patios ajardinados y pequeños huertos interiores por edificios de pisos. El autor atribuye esta tendencia, que contradice lo que dictan al mismo tiempo la naturaleza y la tradición, a las mujeres. Éstas, teniendo como único objetivo el matrimonio, encuentran más fácil de arreglar un piso que una casa de verdad; por eso en vez de casamiento se debería hablar, según Ganivet, de “pisamiento”.[13] Pero la broma, tan infantil, no debe hace olvidar la seriedad del fondo. El conservadurismo de Ganivet, despojado de sus matices más atormentados y patológicos, aparece aquí más radical que nunca.

Sumisión a la naturaleza, humildad, pobreza… tal es la actitud que preconiza una y otra vez. “Nosotros, en arquitectura, comenzamos por reconocer que no es posible luchar contra la realidad: que por muy alto que lleguemos, nos quedaremos siempre muy por debajo de lo que nuestro suelo y nuestro cielo nos ofrecen. Así, pues, nos sometimos, y en ese acto de sumisión está el alma de nuestro arte”.[14] Contradecir esta regla es el camino más derecho al desastre. No se puede contradecir lo que se es sin destruir al mismo tiempo la raíz de la propia vida.

Así describe el “amor patrio” en el primero de los ensayos de Granada la bella: “Muchas veces, al volver a Granada después de largas ausencias he notado en mí, al ponerme en contacto con el aire natal, cierta alegría espontánea, corpórea que me ha hecho pensar que no era yo quien me alegraba, sino mis átomos al reconocerse, ellos, con una sensibilidad propia, en medio de sus antiguos amigos, de sus parientes más o menos cercanos.”[15]

Por eso la única casa que Ganivet reconocía como suya era la granadina del molino de Zagra. Y por eso el cosmopolitismo del que tantos contemporáneos suyos se enorgullecen, y que preconizan como un triunfo del espíritu nuevo, le resulta una traición condenada a la esterilidad. El diplomático que ha elegido por profesión la lejanía de la patria llega a compararse, en una imagen de una trivialidad característica, con uno de esos huesos de las cocinas pobres que, cuanto más se cuecen para dar gusto al caldo, más y más sustancia van perdiendo.

La distancia aumenta el apego, pero acaba destruyendo la raíz del afecto. Dejar su país era seguramente una forma de evitar la ruina. Pero la nostalgia no basta para reconstruir, desde lejos, la imagen del objeto querido. Así lo insinúan bastantes páginas del Idearium español, un breve ensayo escrito en Finlandia en el que Ganivet traza un cuadro desolador del estado de su patria. El diagnóstico de abulia, que ya había empleado para caracterizar su propio caso, responde a la incapacidad de los españoles para entusiasmarse con una tarea, tomarse en serio el impulso de la voluntad y hacer realidad un proyecto.

Los españoles de su tiempo, según Ganivet, carecen de voluntad, de ideas e incluso de capacidad de obrar conscientemente. El peor síntoma es el escepticismo, el descreimiento con que acogen cualquier meta que se les marque. El pueblo que hizo de la defensa de la fe su razón de ser se hunde ahora en la apatía. Tan débil está el enfermo, que más vale la inactividad. En su estado de atonía, y de introducirse alguna idea en la espesísima bruma de su desidia, podría caer en un estado febril que le arrastrara al impulso violento y obsesivo. El remedio, en ese caso, sería peor que la enfermedad.

Para Ganivet, que vuelve en este punto a una tradición crítica antigua y muy difundida en el pensamiento liberal, la causa de esta postración es la dispersión de energías. Cerrado el ciclo de la Reconquista, que es el de la reconstrucción ideal de la nación, los españoles, en vez de concentrarse en un proyecto nacional, se vuelcan en la exaltación de una fe que no es del todo coincidente con sus intereses, y en la defensa de una monarquía imperial sin verdadera sensibilidad española.

Ganivet, en unos párrafos discutidos e influyentes del Idearium, encarnará en Carlos V la idea europea y renacentista, mientras que los comuneros, los defensores castellanos de la Monarquía nacional española fundada por los Reyes Católicos, representan para él la nostalgia de unas libertades puramente locales, incompatibles con el gran proyecto moderno. Ganivet conocía poco de Castilla, no mucho de su historia y apenas nada de su paisaje y de sus ciudades. Por eso no supo ver hasta qué punto la idea de los comuneros, por lo que tenía de burguesa y de democrática, pero también por lo que tenía de nacional, era esencialmente europea, tanto como la idea imperial de Carlos V.

Para él la historia de España posterior al doble acontecimiento del Descubrimiento de América y la muerte del infante Don Juan, el heredero de la Monarquía nacional de Isabel y Fernando, fue un enorme despilfarro. Lo que debía haberse concentrado en la nación se volcó fuera, en América y en el resto de Europa, esquilmando y destruyendo la verdadera fuente de la riqueza y la fuerza, que era interior. La España de 1898 es como Segismundo en el despertar de su sueño de grandeza, a la hora del desengaño, el momento de lo que Ganivet llama la “gloria triste”. Ahora no cabe imaginar ninguna restauración de la antigua gloria. De hecho, la abulia que diagnostica en sus compatriotas no es más que la siesta en la que ha degenerado el antiguo sueño. En eso ha desembocado el proyecto de Cánovas de “continuar la historia de España”.

Lo que habrá de hacerse no es continuar sino renovar, pero renovar fundando lo nuevo en el verdadero espíritu español, no en las bambalinas aparatosas ni en los decorados rutilantes. Nada de héroes épicos ni de dramas sobrehumanos. Hay que buscar la raíz de la pura españolidad, el fondo de nuestra verdadera naturaleza, y, prolongándolo en la actualidad, continuar las líneas que nos marque. Lo malo es que, puesto a buscar ese espíritu en la historia, Ganivet no lo encuentra. Nada más convertirse España en una nación moderna, varió violentamente su rumbo natural. Antes había paso por un período hispano-romano, por otro hispano-visigótico y otro hispano-árabe. Y luego, sin apenas transición y con violencia, saltamos al imperio y a la universalidad católica. “No hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, constituido ya, diese sus frutos en su propio territorio.”[16]

La historia de España ha sido un inmenso error, un malentendido monumental. El análisis es feroz, porque retira al enfermo el consuelo de haberse sabido sano algún día y con él, una esperanza a la que acogerse. Todo lo que se nos ha contado sobre nuestra historia es falso, viene a decir Ganivet. Hay que empezar el camino de cero. España es un territorio salvaje, sin roturar, virgen en una palabra. Debe ser no ya reconquistada, sino creada de nuevo, desde los cimientos.

Pero es en este punto donde Ganivet, habiendo alcanzado un punto extremo de desolación, habiendo dejado a los españoles sin historia propia, sin rumbo claro, enfrentados al vacío y a la insignificancia, les tiende al cabo una mano amistosa y consoladora. Abre una herida brutal, pero también intenta aliviar el dolor que ha producido. En el fondo, nos quita a los españoles, despojados de lo que hasta entonces había sido nuestra tradición, un peso de encima. No tenemos nada, pero ahora podemos poseerlo todo. Cuanto mayor sea nuestra pobreza actual, más nos está prometido en el futuro. Y si los españoles, con sólo engendros bastardos o falsificados de nuestro espíritu, hemos cumplido una historia tan gloriosa, ¿de qué no seremos capaces cuando logremos encarnarlo en toda su pureza?

Porque Ganivet no duda de la realidad de ese ideal. En las célebres líneas iniciales del Idearium, recurre a Séneca para definirlo: “No te dejes vencer -dice el estoico- “por nada extraño a tu espíritu; piensa en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indestructible como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir.”[17] Séneca, pensador español, destinaba esta advertencia a la conducta privada. Ganivet también, claro está, pero generaliza la exhortación a todos sus compatriotas y, en rigor, a España entera.

Si se quiere salvar, España habrá de hallar la fuerza madre, el núcleo indestructible, el eje diamantino, y una vez encontrado, atenerse a él, serle fiel, no desperdiciar ni una gota de su energía purísima y original. Con lo que llegamos así al problema de definir este eje diamantino. ¿Dónde está? ¿En la tradición? No es mala idea, pero la tradición, como ocurre con el caso español, puede ser un desvío monstruoso, o acarrear demasiados materiales de deshecho, demasiadas impurezas. ¿En la religión? Sí, pero la religión cambia, e incluso puede desaparecer, como predice Ganivet que va a ocurrir con el cristianismo. ¿Qué queda entonces?

Queda lo que a veces llama el terruño y en el Idearium la tierra. De esta, que es lo único eterno, se deduce el espíritu territorial. Cada nación se constituye sobre un territorio y éste crea un espíritu propio, irrenunciable, que la caracteriza para siempre. España es una península, más aún, es la península por excelencia. Y el espíritu territorial que le corresponde a las naciones peninsulares es la independencia, como a las insulares -Gran Bretaña, por ejemplo- les corresponde la agresión y a las continentales, como Rusia, les toca la resistencia.

Lo propio del espíritu español es por tanto la independencia. Lo demuestra nuestra falta de espíritu militar, es decir la incapacidad para formar ejércitos regulares, que contrasta con nuestro espíritu guerrero, traducido en la facilidad extraordinaria con que los españoles organizan partidas armadas pequeñas y autónomas: guerrillas. Lo prueba también la idea de justicia de los españoles y su doble característica: la consideración de la ley como un bien ideal e inmutable, pero también la aplicación humana y compasiva de la norma a la que, en el fondo, ningún español tiene respeto alguno.

El ideal jurídico español estuvo a punto de realizarse en la Edad Media cuando, según Ganivet, cada reino, cada ciudad, cada clase y cada gremio reivindicaba un fuero, un privilegio, pero no para cumplir una tarea de mejoría en el gobierno, sino para destruir el poder central. Ganivet resume ese ideal en una frase afortunada: “Que todos llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundente: ‘Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana’.”[18]

En cuanto al arte, Ganivet había apuntado una idea fecunda en uno de los primeros ensayos que publicó, el titulado Arte gótico. “Perdida por un tiempo la tradición clásica -dice allí- el fondo ideal que vive perpetuamente en el hombre comienza a despertarse y se dispone a recorrer paso a paso todo un ciclo artístico en toda la variedad de las formas del Arte.”[19] Por desgracia, no aplica esta intuición al arte español, pero caracteriza a éste por la inexistencia de escuelas y la independencia de sus representantes, individualidades puras, en bruto, refractarias a cualquier normativa y cualquier imposición.

Queda, finalmente, la religión, que en España adquiere, según Ganivet, tintes de originalidad suprema. El estoicismo, con su afirmación de la libertad individual y de la dignidad del hombre, con su independencia, su exigencia moral, su desprendimiento y sobre todo la voluntad de vencer a la circunstancia ateniéndose a ella, abrió el camino al cristianismo. De hecho, España era cristiana antes del cristianismo. De ahí que el cristianismo en España sea más una creación popular que una elaboración dogmática. Tan libre es este peculiar cristianismo que ha sabido incluso asimilar rasgos de su principal adversario, la cultura y la religión musulmanas, contra las que se elaboró, en buena medida, su propia identidad. De esa incorporación procede la vivencia más española de la religión: la mística.

Tan importante es para Ganivet el hecho religioso que busca en él un símbolo para expresar lo que llama “la constitución ideal de España”. Así es como recurre al dogma, propiamente español, de la Inmaculada Concepción, según el cual la Virgen fue concebida sin pecado original. Pero se equivoca y lo confunde con el de la virginidad de la Madre de Cristo. Unamuno, incapaz de reprimir sus celos profesionales fingió más tarde no comprender lo ocurrido y reprochó a Ganivet su “error”. Pero éste, que demostró haber comprendido perfectamente a Unamuno, le contestó que el dogma al que él se refería no era el dictado por la Iglesia, sino el surgido del sentimiento popular. El lapsus venía a ser una prueba más de la vivacidad del catolicismo popular español.

De hecho, para Ganivet -que no cree, recordémoslo- no hay forma de distinguir entre cultura española y catolicismo. El catolicismo, una fe universal en nombre y en esencia, que postula la igualdad y la libertad, así como la capacidad del individuo para salvarse, es para él la religión nacional. “España se halla fundida con su ideal religioso, y por muchos que fueran los sectarios que se empeñasen en ‘descatolizarla’ no conseguirían más que arañar la corteza de la nación”, escribe en el Idearium.[20] Y añade otra razón para mantener el ideal, una razón puramente sentimental que muestra una vez más su lealtad de fondo. Después de la decadencia, descrita por tanto como la incapacidad de los españoles para sostener el proyecto al que deben su ser, cualquier intento de apartarnos del catolicismo sería una traición a nuestros padres.

Y es que el catolicismo ha inspirado la mayor de las empresas acometidas por los españoles: el descubrimiento y la evangelización del Nuevo Mundo. Frente al espíritu de agresión, característico del imperio británico, y frente a la codicia y la rapacidad de los colonialismos modernos, la conquista española aparece movida por la fe. Por supuesto que hubo también codicia y ambición de poder, pero el móvil principal no era ese. Los españoles, efectivamente, fueron incapaces de sacar provecho de aquella gesta. Y además queda, por debajo de la diversidad de unos países fortísimamente individualizados (otra característica de la herencia española, y nada desdeñable, según Ganivet), el sentimiento indestructible de pertenecer a una comunidad espiritual.

Se recordará el episodio del nicaragüense de ascendencia portuguesa que en la hora de la muerte hizo llamar al vicecónsul de España para confesarse. Aquí está una obra de caridad y de reflexión vital, y además, y haciéndola posible, el idioma común, tan hondo como la creencia religiosa y signo de una vivencia compartida. En este instante aparece el singular patriotismo de Ganivet que supera, como ocurre en el caso del apego localista a su Granada, las fronteras de la nación.

Al hablar de su ciudad descubría el amor a su patria chica, a su barrio, a su casa. Ahora se manifiesta el afecto a un compatriota de otra nación, unidos los dos por lo que más tarde se llamará la hispanidad. Y Ganivet subraya, adelantándose como prueba viviente de su argumentación: “No he podido jamás considerar a los hispanoamericanos como a extranjeros. Con un hispanoamericano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras, en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones muchos tanteos, para conseguir entenderme con entera naturalidad.”[21]

Este sentimiento de confraternidad, del que se deduce un orgullo legítimo ante la obra realizada por los antepasados, está muy lejos de una actitud imperialista, más aún, de cualquier voluntad de hegemonía. Ganivet escribe todos estos textos, el Idearium y su correspondencia con Unamuno sobre El porvenir de España, en los momentos finales de la guerra de Cuba. En plena ola patriótica, en medio del entusiasmo un poco pueril que suscita la lucha contra Estados Unidos, la nueva potencia imperial, Ganivet se aparta del coro casi unánime de exaltación patriótica. Entre las dos posibles soluciones, cifradas en que España se desangre en defensa de sus antiguas colonias o se retire definitivamente al rango de potencia de segundo orden, elige y preconiza el segundo.

Como Costa con su eslogan de “doble llave al sepulcro del Cid” y Unamuno con su estentóreo “¡Muera Don Quijote!”, Ganivet, ya lo hemos visto, recurre a la melancólica figura de Segismundo para recomendar resignación ante lo inevitable. Y sin embargo, el verdadero significado de esa resignación es ante todo el retorno a la autenticidad española. La historia de una nación es un conjunto de hechos, exteriores al núcleo esencial, al “eje diamantino” que constituye su naturaleza.[22] Esos hechos no siempre se deducen, ni tienen por qué corresponderse, con la esencia, y la historia ideal de una nación es la del contraste entre los hechos y ese núcleo, cifrado en el famoso espíritu territorial.

Al aplicar este esquema a la historia de España, nos encontraremos con la inmensa traición que ya conocemos. En vez de atenerse al espíritu de independencia, que es el que nos caracteriza, los españoles hicieron de su país una potencia imperial. Hay que rectificar, abandonar cualquier empresa exterior, cerrar las puertas y las ventanas para que el enfermo recobre las fuerzas que necesita. Ganivet sólo deja entreabierto un pequeño hueco para una posible expansión africana de España, que considera una necesidad patriótica y una continuación lógica de una política puramente nacional, como la practicada por los Reyes Católicos y luego por el cardenal Cisneros.

Por ahora, ni siquiera plantea eso. En su conducta individual, quiere atenerse a lo más simple, a lo más escueto. En el caso de su ciudad, recomienda un inequívoco “no hay que ensancharse” que contradice todas las tendencias urbanísticas y sociales de la época. Para la nación, reivindica una suerte de autarquía ideal que permitiría el reposo, la recuperación y al fin la mejoría del país. Al final del Idearium, parodia a San Agustín al aplicar a su país el célebre: “No salgas. En España se halla la verdad.”[23]

En apariencia, y en un contexto de exaltado fervor patriótico como aquél en el que fue formulada, la propuesta puede resultar prosaica. De hecho, podría interpretarse como una versión sublime de la consigna costista de “escuela y despensa”. El senequismo acabaría convertido en el banderín lírico de un frente proteccionista, muy activo en la defensa de intereses agrarios, textiles y mineros. Nada más lejos de la realidad. Ganivet no busca la mejoría económica ni tiene la menor preocupación por la prosperidad o el bienestar de sus compatriotas. En su obra, que quiere desplegar una melodía vagamente cristiana con timbres estoicos, se halla la raíz de muchas emociones, salvo una: la del ciudadano, la del individuo consciente de pertenecer a una comunidad de intereses.

Ya se ha visto el desprecio con el que Ganivet trata todo lo material, que le repugna. Nada de progreso, nada de comodidades. Ni luz eléctrica, ni agua corriente, ni calefacción. Aplicada esta propuesta al orden político, propone un régimen autoritario, aunque no una dictadura, en cuya eficacia no cree. No le disgustaría que apareciera un salvador, pero está convencido de que se pasó la época de los caudillos. Lo más claro de su pensamiento político es una caracterización moral, excesivamente ingeniosa, según la cual el político no ha de amar a sus gobernados, sino que debe despreciarlos con toda su alma.

Lo que ocurre es que Ganivet carece de una idea política clara. No le satisface el sufragio universal, ni el régimen parlamentario, ni el socialismo. El Estado es un peligro serio para la libertad individual, pero el individualismo liberal le resulta demasiado disolvente, demasiado seco y poco caritativo, poco español en una palabra. “Mi credo -dice en carta a un amigo- no puede reducirse a fórmula razonable pues se compone de mucho amor y mucho palo para los pequeños y mucha autoridad para los grandes.”[24] Se propone entonces emprender “una obra demoledora”.[25] Y más exabruptos, y más duros todavía: “El pueblo me da cien patadas en el estómago”,[26] y añade poco después, por si no hubiera quedado claro: “Odio con toda mi alma nuestra organización y todas sus infinitas farsas y veré con entusiasmo todos los trabajos de destrucción aunque sea yo el primero que perezca.” [27]

En sus obras destinadas al público, se muestra mucho más comedido. Preconiza la reforma gradual, el trabajo lento y paciente. Sin duda, se acomodaría sin muchas dificultades a cualquier régimen que le dejase escribir y dar a conocer sus ideas en paz. De tener que elegir, su adhesión iría a una organización política bastante parecida a aquélla en la que le tocó vivir. Pero eso es lo que nunca aclara, y es que Ganivet nunca se plantea esa cuestión con claridad. Incluso descontando el desequilibrio moral que le aqueja, siempre hay que tener en cuenta que Ganivet no es un escritor político. Ni el hecho ni la acción política le interesan gran cosa.

Tal vez no sea esta la actitud de un ciudadano responsable, pero es que en Ganivet no habla el ciudadano. Considerarle así es proyectar sobre él un planteamiento que ha dado primacía al aspecto político, pero el problema de Ganivet no es ese y de hecho cualquier interpretación política de su obra desemboca en un disparate. Es cierto que está más próximo a quienes fundan la nación en la tradición y en la tierra que de los que hacen de ella el resultado de la adhesión voluntaria de los individuos. Ganivet es de los que creen que nacemos, en muy buena medida, determinados por nuestra nacionalidad. La libertad del individuo, según esto, se reduce bastante, como se reduce también la capacidad de maniobra que tenemos a la hora de influir en el destino colectivo de la nación a la que pertenecemos, señalado como está por el pasado, la tradición y por la propia geografía del territorio. En otras palabras, Ganivet está más cercano al pensamiento conservador que al liberalismo.

Tampoco le interesa la traslación política de la idea de nación. Si quiere hallar el “núcleo diamantino” que encarna el espíritu nacional, no es, como haría un conservador consecuente, para plasmarlo en instituciones políticas acordes con esa constitución elaborada por la tradición y las costumbres, sino para alcanzar la verdadera naturaleza de las cosas. Saltando por encima de cualquier artificio, pretende llegar a lo que se es de verdad, radicalmente.

El medio del que se vale es la renuncia y llegado el caso, el sacrificio. Ya lo hemos visto ateniéndose a su “pan de centeno”. En el Idearium español propone la parábola salvaje del padre “amantísimo” que, rodeado de lobos, se vio obligado a arrojarles a uno de sus hijos para salvar a los demás. “En presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos.”[28]

La brutalidad de la propuesta indica que Ganivet no habla de la nación como tal. La simple posibilidad de tener que sacrificar un millón de compatriotas pulveriza el concepto mismo de nación. En cambio, Ganivet se encuentra cómodo en el ámbito reducido de la ciudad, o el pueblo, la ciudad natal, que es la única patria que reconoce. Su más firme propuesta de reforma política, llena de nostalgia de las ciudades medievales y renacentistas, va encaminada a devolverles su autonomía y su iniciativa.

Pero Ganivet también se siente a gusto en otra perspectiva mucho más amplia, la de una comunidad espiritual unida por la lengua y la espiritualidad nacida de una creencia compartida. La dimensión de esa comunidad, creada por la combinación extraordinaria del idioma español y la fe católica, es tal que la aproxima a la universalidad. De hecho, el individuo creado por esa cultura no es un tipo nacional, pintoresco y saturado de color local. Es un tipo cabal de hombre, de verdadero ser humano.

En este punto, Ganivet alcanza lo más problemático, lo más difícil de su pensamiento. ¿Cómo describir esa articulación, ese paso de lo español a lo universal? ¿Cómo plasmar en conceptos, cómo describir con palabras ese tránsito que en la realidad se da sin dificultad alguna, de forma natural? Ya hemos visto el camino emprendido en el Idearium español, que un ilustre crítico de Ganivet, Manuel Azaña,  llamará más adelante una auténtica empresa de demoliciones: suprimir todo artificio, llegar al núcleo más puro y cristalino. Pero además, para expresar esa completa naturalidad, Ganivet habrá de recurrir al mito, a un mito español, que no otra cosa es el dogma reinterpretado de la Inmaculada. Con él la cultura española describe su ambición más extrema y radical: la de saltar por encima de lo cultural para reencarnar la naturaleza en estado puro, como recién creada, ajena al pecado, a la materia y –lo que viene a ser lo mismo- a la historia. Así se confunde la concepción inmaculada con la virginidad fecunda: en ese milagro español que redescubre todos los días, y allí donde viva un español, la fe intacta en lo eternamente natural, lo universal en su más alto grado.

Ser español, ser fiel a la cultura española, será para Ganivet permanecer en ese punto extremo desde el que al realidad entera se ilumina con claridad fulgurante. Pero Ganivet pertenece demasiado a su tiempo como para instalarse de una vez por todas en ese esplendor. Lo que la vida tiene de trivial se le echa encima sin remedio, y por eso vivirá esa identidad como algo problemático. Él mismo lo confieso en carta a Unamuno: “España es una nación absurda y metafísicamente imposible.” Una nación, efectivamente, no puede fundarse en lo que se funda el espíritu español. Por muy bello que sea éste, el proyecto nacional es demasiado prosaico, demasiado anecdótico como para responder a la exigencia que plantea la cultura española. Pero ese es el sino de los españoles, que han de aceptar aquello que les ha correspondido: “El absurdo es el nervio y el principal sostén de la nación española.”[29]

Esta misión “absurda” es la que se plasma en el Idearium español, en Granada la bella y, cuando el razonamiento resulte ya imposible, en Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, una novela en la que la argumentación deja paso a la biografía, relato de la vida de un hombre que intenta alcanzar la completa naturalidad en una sociedad que a pesar de todo ya es moderna, es decir plenamente histórica, como es la España de la Restauración

Pío Cid, que “comía poco y alimentos muy ligeros, generalmente legumbres”, es una nueva encarnación del héroe estoico.[30] Se enfrenta a una serie de tareas más o menos alegóricas, en las que pondrá a prueba la fortaleza de su ánimo y su capacidad de sobreponerse a la adversidad. Prodigará sus enseñanzas en la pensión en la que vive, fundará una familia sin pasar por ningún trámite administrativo ni religioso, intentará formar a un buen poeta, emprenderá la reforma política de España y acudirá a levantar a una mujer caída, redimiéndola de su extravío. También se esforzará por curar de su frivolidad a una duquesa, exponiendo ante ella su prodigioso invento de la “luz humana”, que hace visible el halo espiritual de que todo ser humano es portador.

Fracasa en todo. Cierto que la duquesa conocerá por un instante el éxtasis de la purificación absoluta, pero caerá luego en el más vulgar de los adulterios, como la mujer perdida que Pío Cid trata de rescatar vuelve también a la mala vida. El posible poeta no sabrá nunca en qué consiste la poesía de verdad. Después de ganar un acta de diputado, Pío Cid renuncia a ella, como Costa hará poco después en la realidad. La reforma política de España queda diferida a la eternidad. La vida familiar natural, el amor más puro no se distingue en nada, en cuanto a la vida diaria, de cualquier otro matrimonio, y la enseñanza que imparte Pío Cid en su pensión se reduce a “desasnar” –así lo dice el propio Ganivet- a unos estudiantes.[31]

Los inventos, como el de la luz humana, son trucos de feria. Incluso el nombre del héroe, el pobre Pío Cid, que debía reconciliar el ímpetu guerrero con la compasión cristiana, resulta ridículo. La novela, que quería ser una alegoría del español universal, se desploma en el retrato de una sociedad chabacana, prosaica y gris. Ganivet no logra levantar el vuelo y el gran ideal queda para siempre inalcanzable. El héroe estoico se ha convertido en un vividor improvisador y chanchullero, de dudosa moralidad. El español universal acaba en una reedición moderna del pícaro: un pícaro sin la vitalidad que le daba su insolencia, pero también sin grandeza trágica. Un pícaro triste, casi descristianizado, que ya no se siente culpable pero que todavía recuerda el peso de la exigencia moral que le dio vida como personaje literario.

Sólo en momentos de extrema sinceridad, como en el encuentro del protagonista con Martina y en la escena de amor que sigue, logra Ganivet conmovernos de verdad. Pero la sobriedad del relato, su patetismo contenido, indican que quien hablaba aquí era, tanto o más que el artista, el ser humano, Ganivet mismo, despojado al fin de todo artificio. Lejos de cualquier construcción alegórica sobre el héroe español, lo que aquí se manifiesta es una necesidad muy humana de ser querido y consolado. El senequismo ha dejado paso a un alma herida, como la de un niño que no acabase de entender por qué resulta tan difícil vivir.

Es demasiado sencillo relacionar este fracaso estético con el fracaso de Ganivet. El suicidio en aguas finlandesas, con su amante esperándole en el consulado junto a su hijo, resume a la perfección el estrago causado por un anhelo de cumplimiento imposible. Contemporánea de la pérdida las últimas colonias del imperio español, esa muerte terrible acabó pronto simbolizando el desastre de la España de la Restauración: el acta de defunción del proyecto de continuación de la historia de España patrocinado por Cánovas. Luego, para quienes criticaron la generación del 98, vino a significar el seguro fracaso de una empresa de regeneración empeñada en mantenerse leal a una cierta idea de España que aislaba a la nación y hacía imposible cualquier proyecto de modernización. Y por si fuera poco, también fue utilizada, aunque no sin estridencias, para abanderar la crítica al liberalismo y al régimen parlamentario, como cuando se repatriaron sus restos, en plena dictadura de Primo de Rivera.

Demasiados símbolos para una obra de tono voluntariamente menor, inacabada y en buena medida inmadura, y también para su autor, hombre capaz de iluminar la realidad de su país, pero sobre todo malherido y frágil.

De La libertad traicionada. Madrid, Gota a Gota, 2007.

 

[1] Carta a Navarro Tomás, 8 de noviembre de 1894, Obras Completas, prólogo de Melchor Fernández Almagro, Madrid, Aguilar, 1962, II, p. 1001. A partir de aquí, las citas de las Obras Completas, como O.C.

[2] María Zambrano, El pensamiento vivo de Séneca, Madrid, Cátedra, 1992, p. 12.

[3] Pío Baroja, La dama errante, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1987, II, p. 261.

[4] Carta a Navarro Tomás, 9 de julio de 1894, O.C., II, p. 978.

[5] Carta a Navarro Tomás, 29 de junio de 1893, O.C., II, p. 862.

[6] Carta a Navarro Tomás, 18 de agosto de 1893, O. C., p. 882.

[7] Carta a Navarro Tomás, 6 de agosto de 1894, O.C., II, p. 981.

[8] Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, Edición de Laura Rivkin, Madrid, Cátedra, 1983, p. 206.

[9] Ibid., p. 320.

[10] Carta a Navarro Tomás, 12 de enero de 1893, O.C., p. 950.

[11] Melchor Fernández Almagro, Vida y obra de Ángel Ganivet, Madrid, Revista de Occidente, 1952, p. 165.

[12] Granada la bella, Madrid, Librería Beltrán, s. f., p. 194.

[13] Ibid., p. 257.

[14] Ibid., p. 264.

[15] Ibid., p. 190.

[16] Idearium español, Barcelona, Bruguera, 1983, p. 53.

[17] Ibid., p. 12.

[18] Ibid., p. 66.

[19] Arte gótico, en O.C., I, p. 997.

[20] Idearium español, ed. cit., p. 33.

[21] Ibid., pp. 123-124.

[22] Ibid., p. 12.

[23] “Noli foras ire; in interiore Hispaniae habitat veritas”, ibid., p. 150.

[24] Carta a Navarro Tomás, 4 de septiembre de 1893, O.C., II, p.892.

[25] Ibid., p. 896.

[26] Ibid., p. 892.

[27] Carta a Navarro Tomás, 3 de enero de 1895, O.C., II, p. 1010.

[28] Idearium español, ed. cit., p. 35.

[29] Miguel de Unamuno y Ángel Ganivet, El porvenir de España, en Miguel de Unamuno, Obras Completas, Edición de Miguel García Blanco, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, IV, p. 982.

[30] Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, ed. cit., p. 78.

[31] Ibid., p. 65.