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Vladimir Bukovski, el espíritu de la disidencia

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En su magnífico libre de memorias, El viento sopla otra vez, Vladimir Bukovski (1942-2019) cuenta la infancia que pasó en un piso moscovita habitado por unas cuantas. Su abuela, una mujer educada en otro mundo, sentía vergüenza cuando entraba en la cocina y veía a los vecinos lavar la ropa que le habían robado a ella. Cuenta luego sus primeros tiempos, todavía de niño, en la organización infantil comunista Pioneros. Todo iba bien, con las rutinas totalitarias bien interiorizadas,  hasta que un día, habiéndose prestado a castigar a un compañero, se salió de la rutina aceptada por todos. Como el compañero se llamaba Ulyanov, se le ocurrió compararlo con el camarada Lenin. La humillación fue tan feroz, y el maestro que presenciaba la escena demostró tanto entusiasmo con las dotes represivas del pequeño Bukovski que este, habiendo comprendido la perversión en la que había incurrido, abandonó los Pioneros. Luego se negó a ingresar en el Komsomol. A los 17 años fue expulsado de la escuela por difundir una revista literaria, un samizdat manuscrito, y un año después participó en la organización de unos encuentros poéticos junto al monumento dedicado a Mayakovski, donde se leyeron textos de Pasternak y Mandelstam… hasta que el joven disidente fue interrogado.

Fue detenido por primera vez en 1961, después de distribuir copias de un libro de un disidente yugoslavo.  Así empezaría una odisea carcelaria que le llevó a sucesivas detenciones en 1965, 1967 y 1971, cuando fue condenado a siete años de cárcel por propaganda antisoviética. En total, a los 34 años, Bukovski había pasado doce detenido. Aprovechó aquel tiempo años para seguir estudiando, pero también para poner en aprietos a las autoridades con campañas sistemáticas de oposición que aprovechaban todas las posibilidades de la burocracia soviética. Considerado un preso incorregible, y tras una campaña internacional en su favor, las autoridades soviéticas decidieron expulsarle del país en 1976. Lo canjearon por Luis Corvalán, el dirigente comunista encarcelado por Pinochet desde 1973. Al dar la noticia, los soviéticos hablaron de Bukovski como de un “hooligan”, un apelativo que no cayó en el olvido. En particular porque ni el “heroico” Corvalán ni Brezhnev salían bien parados del asunto.

El aprovechar los lapsus, los dobles sentidos y la hipocresía del sistema soviético fue una de las especialidades de Bukovski. Lo denunció sin tregua. El comunismo y la Unión Soviética reposaban íntegramente sobre la mentira, mentira difundida machaconamente y aceptada por una población que no encontraba la forma de romper el círculo de cinismo e indefensión a que eso la condenaba. La verdad no existe en el comunismo. Y un comunista no dice nunca la verdad.

De ahí la debilidad de la Unión Soviética, que no sabía cómo enfrentarse a quienes, como Bukovski, rechazaban públicamente un sistema levantado sobre la mentira. Mientras los comunistas tuvieron la capacidad de asesinar impunemente a millones de personas, no había demasiados problemas como no fuera la propia logística de la represión masiva. Más complicada fue la situación después de Jrushchov . Fue entonces cuando Bukovski y sus compañeros de disidencia iniciaron una estrategia de oposición a la que dedicarían buena parte de su vida. Acabó con la derrota del comunismo y la desaparición de la Unión Soviética.

Modelo de estas campañas –que culminaron con la publicación en Occidente de la documentación sobre los disidentes encarcelados – fue la emprendida contra el internamiento en centros psiquiátricos de los disidentes bajo el pretexto de que padecían problemas mentales. Con el doctor Semyon Gluzman, internado como él, escribió una célebre Guía de psiquiatría para disidentes soviéticos. En una entrevista con William F. Buckley, Bukovski atribuye este giro en la represión, tan propiamente soviético, a una táctica ante el acoso de una opinión pública mundial que ya no podía cerrar los ojos ante los crímenes comunistas. También fue la respuesta comunista a su propia incapacidad para crear el “hombre nuevo”. El anticomunismo sólo podía ser una enfermedad mental. Bukovski declaró que tardó mucho en entender por qué se le había expulsado de la Unión Soviética. Lo entendió cuando le contaron que Brezhnev estaba convencido de que Bukovski estaba realmente loco…

En Occidente, Bukovski sufrió las consecuencias de lo que llamó un salto sin paracaídas desde un avión. En sus memorias, afirma que odia escribir, pero en su obra abundan las páginas memorables, como las dedicadas a las torturas en los psiquiátricos, las campañas de protesta organizadas desde la cárcel o aquella otra, corrosiva, que relata la recepción de Mondale y el Presidente Carter en la Casa Blanca. En el fondo, el disidente Bukovski encuentra en Occidente el estado de espíritu de su abuela, tan bien educada que quedaba indefensa ante los vecinos sin escrúpulos. Así va descubriendo las debilidades de la verdad, analizadas en Ese dolor lacerante de la libertad, un ensayo sobre su vida en Occidente que arranca con una cita del marqués de Custine. Y al ver que los occidentales no son tan críticos ni tienen tanta iniciativa como él había supuesto, empieza a entender por qué lo que en la Unión Soviética nadie se toma jamás en serio, aquí recibía cierto crédito, e incluso adhesiones entusiastas. Cuando se le cataloga de reaccionario, reconocerá la perfecta afinación con la que muchos medios de comunicación, y de los más influyentes en la opinión pública, tocan la partitura escrita en Moscú. El descubrimiento le llevó a escribir Juicio en Moscú, uno de los grandes libros de análisis de la propaganda soviética y la complicidad occidental.

Bukovski se encuentra así enfrentado a un nuevo sistema de mentiras y medias verdades, lo que le lleva a actuar como lo hicieron pocos disidentes soviéticos exiliados. A diferencia de casi todos estos –salvo Natan Sharansky en Estados Unidos y en Israel el refúsenik Yuli Edelstein– Bukovski no se limitó al anticomunismo y se convirtió en lo que estaba destinado a ser: un hombre político. Primero como asesor de Reagan y Thatcher en la nueva estrategia de oposición activa a la Unión Soviética y luego a favor del Partido Conservador en Gran Bretaña, donde residió desde su salida de la Unión Soviética. Conservador libertario, siempre en la oposición, trabó amistad con Alexander Litvinenko, asesinado por los servicios secretos soviéticos en Londres, e intentó presentarse a las elecciones presidenciales de su país natal en 2007.

Así se llega a los años en los que Bukovski asume, con su perfecto inglés, el papel de tory “brexitiano” antes del Brexit, capaz de comparar la Unión Europea con la Unión Soviética. Evidentemente, Bukovski se equivocaba. No hay nada en las democracias avanzadas comparable al totalitarismo comunista. Tampoco la burocracia y los desorbitados privilegios de las elites de Bruselas tienen nada de soviético. Además, el experimento comunista difícilmente va a poder ser replicado. Y sin embargo… Bukovski no iba del todo desencaminado del todo al diagnosticar una deriva profundamente antiliberal en el progresismo que se iba extendiendo a la sociedad desde las universidades y los centros de enseñanza. El dar por hecha la libertad tiene estas perversiones.

Por eso su figura, su descaro, su temeridad y sus libros y ensayos, escritos con una prosa nerviosa, ácida, sin retórica, serán siempre una fuente de enseñanza. Veníamos, escribió en Ese dolor lacerante…, de un país olvidado de la mano de Dios y resulta que llevábamos “varias décadas de ventaja”.

Libertad Digital, 26-12-19

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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