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Rita Levi-Montalcini. Valentía, perseverancia y creatividad, por Juan José González

Hace ahora tres años que falleció en Roma Rita Levi-Montalcini. Hasta el final de sus ciento tres años mantuvo la lucidez y la actividad en lo que, sin exagerar, constituye una vida de película.

 

De origen judío sefardí, Rita Levi-Montalcini obtuvo el Nobel de Medicina en 1986, fue senadora vitalicia de la República Italiana y promotora de multitud de iniciativas educativas y solidarias, especialmente a favor de las mujeres africanas y los países del Tercer Mundo. Rita Levi fue hasta su muerte una figura respetadísima en Italia y en el extranjero no solo por sus destacados estudios sobre neurofisiología, sino también por su ejemplo de valentía y de coraje personal ante las adversidades que le tocó vivir.

Nacida en 1909, en Turín, en el seno de una familia judía y culta, sus padres le inculcaron desde la infancia la afición por la cultura y el estudio. Sin embargo, su padre pensaba que el desarrollo de una carrera profesional hubiera interferido con los deberes de esposa y madre tanto de Rita como de su hermana gemela, Paola, que con el tiempo llegaría a ser una famosa pintora.

Por ese motivo, el padre se opuso hasta donde pudo a que sus hijas se inscribieran en la universidad. Pese a dicha oposición, Rita, con veinte años, se rebela y decide estudiar Medicina en la Universidad de Turín. Allí conoce a Giussepe Levi, catedrático de Histología, valiosísimo docente, y persona determinante en la vida de Rita y de algunos otros alumnos: nada menos que tres de ellos llegarían a obtener el Nobel de Medicina.

En 1936, Rita se licencia en Medicina, y ese mismo año Mussolini publica Il Manifesto per la difesa della razza junto a una serie de leyes que prohíben seguir la carrera académica a los ciudadanos de raza no aria. Rita, judía sefardita, se ve forzada a emigrar a Bélgica con su maestro Giuseppe Levi. Allí prosigue sus estudios sobre el sistema nervioso. Pero poco después de la invasión alemana de Bélgica, Rita se ve forzada a regresar a Turín, donde organiza un laboratorio doméstico en su propio dormitorio, para así poder continuar sus investigaciones.

En 1943, después de la invasión de Italia por las fuerzas alemanas, Rita y toda su familia se trasladan a Florencia bajo nombre falso, y cambiando periódicamente de domicilio, para no ser identificados y deportados. Allí permanece Rita hasta la liberación de la ciudad, y durante todo ese tiempo ayuda a las fuerzas partisanas y trabaja como médico al servicio de las fuerzas aliadas anglo-americanas.

Después de la guerra, regresa a Turín y retoma sus investigaciones bajo la dirección de su maestro, Giuseppe Levi, publicando diversos trabajos en revistas internacionales que la dan a conocer en otros países. Por ese motivo, en 1947 es invitada a hacerse cargo de la cátedra de Neurobiología de la Washington University, en St. Louis (USA). Entre 1951 y 1954, realizó los experimentos fundamentales para el descubrimiento del FTN (Factor de Crecimiento Nervioso) una proteína importante para la comprensión del desarrollo de los tumores de las células nerviosas, y así mismo de enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson.

Por ese descubrimiento, recibió en 1986 el premio Nobel de Medicina, en cuyo discurso de recepción llegó a afirmar que Ramón y Cajal era el neurólogo más grande de todos los tiempos, aseveración que hace pocos años reiteró en la Complutense de Madrid, y de la que todos los españoles deberíamos sentirnos orgullosos.

La popularidad y el prestigio que le dio el Nobel –afirmaba Rita a pocos años de morir- le abrió la posibilidad de dedicar sus energías a la búsqueda de soluciones de diversos problemas sociales en países en vías de desarrollo, como la pobreza, el racismo o el analfabetismo. Por eso, en 1992, crea junto a su hermana la Fondazione Levi-Montalcini, dedicada a la formación de jóvenes en el Tercer mundo, y a la concesión de becas de estudio a mujeres africanas. Todo ello en el convencimiento de que la cultura y el conocimiento son la base de la libertad y la independencia, especialmente de las mujeres del Tercer mundo.

Rita Levi se declaraba atea, pese a lo cual fue nombrada miembro –la primera mujer, por cierto- de la Pontificia Academia de las Ciencias, con sede en el Vaticano. Debido a su ascendencia judía y a su amor por este pueblo, decidió donar una parte importante del dinero que recibió por el Nobel para la construcción de una nueva sinagoga en Roma.

En el año 2001, el Presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi, la designó senadora vitalicia de la República Italiana. Desde entonces y hasta poco antes de su muerte, asistió con regularidad a las sesiones del Senado, tarea que compaginó con sus otras actividades científicas y educativas. En todas ellas, se mostró siempre especialmente sensible a los problemas de los jóvenes, a quienes animaba insistentemente a no pensar tanto en sí mismos, sino a comprometerse con los problemas sociales, a ser generosos con los demás, a esforzarse y a ser perseverantes en el estudio, y a desarrollar sus talentos y su creatividad.

Dejó un libro de memorias, Elogio de la imperfección, escrito en 1987, y publicado en España en 2011 por Tusquets-, así como otros libros valiosos sobre temas educativos y sociales.

Quisiera, por último, subrayar dos ideas que me parecen capitales para entender su trayectoria y su idea de la educación.

En una ocasión, preguntada sobre cuál fue la clave del éxito en su vida académica, respondió que no se debió a su inteligencia, sino a su capacidad para perseverar y no desanimarse nunca: “Puedo afirmar que en el trabajo, particularmente en la investigación, ni el grado de inteligencia, ni la capacidad de seguir y llevar a término con exactitud las obligaciones contraídas, son los factores esenciales del éxito y de la satisfacción personal. Una tenacidad notable en la persecución del objetivo que considero justo y el no preocuparse por las dificultades encontradas durante la realización de los proyectos me han ayudado enormemente y me siguen ayudando todavía a hacer frente a los momentos difíciles de la vida.”

En otra ocasión, preguntada por qué su maestro, Giuseppe Levi, que fue un valiosísimo docente, tuvo nada menos que tres alumnos premios Nobel de Medicina pero él nunca obtuvo el premio, Rita respondió: “Giuseppe Levi era un científico, yo soy una ‘artista de la ciencia”. Con esta afirmación quiso destacar que, junto al dominio de los conocimientos, que en su maestro eran grandísimos, juega también un papel relevante la creatividad, la intuición para imaginar y explorar nuevas hipótesis, nuevos caminos.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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