Victoria Ocampo: la maternidad y la belleza. Por Juan José González

Decía Francisco Ayala que conforme pasa el tiempo y se suceden, una tras otra, las generaciones más y más se da uno cuenta de cuán sujetos al imprevisible azar se encuentran los movimientos de la fama.

 

Ayala -que como Ortega y Gasset conoció y trató personalmente a Victoria Ocampo- se lamentaría hoy del olvido en que se halla sumida la figura insigne de esta escritora argentina (1890-1979). Una personalidad tan rica; generosa y desbordante de sensibilidad, aunque también excesiva y arbitraria en ocasiones. Una mujer tan libre: en su vida amorosa, en sus inquietudes literarias, en su actitud política frente al peronismo y ante algunos otros episodios destacados de la historia del siglo XX. En muchos sentidos, una mujer adelantada de su tiempo.

Borges llegó a decir de ella que educó a su país (Argentina) y a todo un continente (América del Sur). Un elogio que cobra mayor valor al saber, como sabemos, que Borges no sentía por ella especial simpatía.

Es muy interesante su relación con Ortega y Gasset (relación que transcurrió por diferentes etapas, desde 1916, fecha de su primer viaje a Argentina, hasta su exilio allí, entre 1939 y 1942, que Victoria sufragó en buena medida). De particular interés resulta la correspondencia entre ambos. En ella se advierte, entre otras cosas, cómo Victoria trató de deslindar los planos de la admiración intelectual, por una parte, y la atracción física, por otra, que don José trató sin éxito de confundir con esta mujer singular, a quien llamaba la “Gioconda austral”.

Entre su variada obra, quiero traer hoy aquí algunos pasajes de su Autobiografía en los que explora, con realismo y sutileza, ciertos sentimientos de la mujer en torno al deseo de la maternidad.

Se lamentaba Victoria del error que se comete – que ella creyó haber cometido en su vida- por “no vivir cada cosa en su estación”. Se refería en particular a la posibilidad de tener hijos en su momento y no tardíamente, a destiempo. Y decía que el deseo de perpetuar la belleza, “la necesidad de inmortalizar a quien queremos de amor carnal nunca se expresó en la literatura, que yo sepa, como lo expresó Shakespeare”. Precisamente en los siguientes versos, cuya traducción al español transcribo tal y como ella la realizó:

 

Against this coming end you should prepare

And your sweet semblance to some other give.

 

So should that beauty which you hold in lease

Find no determination…

 

From fairest creatures we desire increase,

That thereby beauty´s rose might never die…

 

Look in your glass, and tell the face thou viewes,

Now is the time that face should form another…

 

[Contra este fin inminente deberías prepararte / y dar a otro tu dulce apariencia. / Así la belleza que tienes alquilada / no encontraría plazo…

De las más hermosas criaturas deseamos fruto, /para que así la rosa de la belleza pueda no morir nunca…

Mira en tu espejo y di qué rostro ves, / ya es tiempo de que ese rostro forme otro…]

 

Make thee another self, for love of me,

That beauty may still live…

[Hazte otro ti mismo, por amor a mí/ para que la belleza pueda seguir viviendo…]

 

La lectura de esos versos suscitó en Victoria Ocampo una serie de reflexiones que, entreveradas con vivencias personales, se hallan publicadas en el tomo III de su Autobiografía. Por ser breve, transcribiré sólo algunos extractos. En ellos se aúna la belleza literaria y la perspicacia con la autenticidad que siempre caracterizó la vida de la autora:

“(…) Creo que las mujeres que no han sentido frente a un hombre ese deseo de las entrañas y del corazón son vírgenes, porque la única virginidad de la mujer está en el hijo, en el ansia de dárselo a un hombre determinado, no a cualquier hombre. Pensar en la virginidad en términos de himen es risible. No tiene más valor que la circuncisión.

Yo ignoraba ese deseo de las entrañas y del corazón antes de conocer a J. (Julián Martínez, su gran amor). La idea de tener un hijo con M. (Manuel Estrada, su esposo) me había espantado siempre. Y el control de la natalidad me había obsesionado. No quería hijos a ningún precio. Me creía incapaz de desearlos. Todo cambió con J.

Al casarme me hice a mí misma la promesa de evitar los hijos. No me daba cuenta de la gravedad del síntoma: esa repulsión en una mujer normal como era yo (o creía ser). Cuando me enamoré de J., una de mis penas fue no tener hijos con él. Ansiaba tener un hijo con J. Pero en las circunstancias en que nos encontrábamos me parecía imposible. (…)”

 

Victoria Ocampo afirmaba con cierta perplejidad no entender cómo no había sido ninguna mujer, sino un hombre -Shakespeare- quien había dado voz a estos sentimientos, que ella consideraba principalmente femeninos.

Aunque en otras partes de su obra hay referencias dispersas a esta misma cuestión, creo que los párrafos aquí transcritos son los que reflejan su pensamiento con mayor claridad.