El sol de los muertos

Ivan Shmeliov. El sol de los muertos. Prólogo de Gabriel Sofer. Sevilla, El Olivo Azul, 2008, 271 págs.

 

Ivan Shmeliov es uno de esos grandes escritores del siglo XX que apenas se conocen en nuestro país por falta de traducciones. Ahora una nueva editorial, El Olivo Azul, de Sevilla, ha tenido el valor de empezar a darlo a conocer. Y lo hace con una de las obras consideradas entre las más importantes de su autor, su novela El sol de los muertos.

 

Como el resto de la obra de Shmeliov, El sol de los muertos está basado en la experiencia de su autor. Pero no se trata de una autobiografía. Es que Shmeliov no dejó nunca de vivir, pensar y escribir la realidad rusa. Nació en una familia moscovita tradicional y ortodoxa, y se crió en el culto a la Rusia eterna. Luego se dejó llevar por la admiración hacia la Revolución. Cayó en el malentendido, compartido por bastantes de sus coetáneos, de figurarse que el golpe de Estado de 1917 significaría el fin del régimen de autocracia que había asfixiado la vitalidad de su país. El desengaño le llegó pronto, tras conocer de primera mano la situación de la Rusia rural bajo el poder de los bolcheviques, los que iban a implantar una nueva sociedad libre y próspera y de paso alumbrar un hombre nuevo. La ruptura llegará tras una tragedia. El hijo único de Shmeliov se había pasado al Ejército blanco y él mismo lo siguió a Crimea. La familia aceptó una oferta de los rojos que les prometía la amnistía a su vuelta. Ni que decir tiene que el hijo fue fusilado sin juicio previo. Shmeliov logró salir y se instaló en Francia.

Allí, desde lejos, siguió escribiendo obsesivamente, y en ruso, sobre su país. Murió olvidado en 1950. La novela que ahora publica El Olivo Azul está considerada una de sus mejores obras, tal vez su obra maestra. Su publicación en Rusia tras el derrumbamiento del Muro de Berlín, junto con otras obras de su autor, fue un éxito monumental, el desquite póstumo de un hombre que no sabía vivir fuera de su tierra y que hizo del idioma su patria, sin hacerse, eso sí, ilusión alguna acerca de lo que tal esfuerzo de sublimación significa.

El sol de los muertos describe, por lo menos en parte, esta tragedia. Relata la situación en Georgia durante los primeros años de la Revolución, cuando las hambrunas provocadas por las medidas de planificación, la campaña contra los kulaks y las arbitrariedades de Lenin y el gobierno revolucionario llevaron a la muerte por inanición a millones de personas.

Pocas veces en la literatura se habrá podido sentir el agobio acuciante del hambre como en este relato. Yo al menos no lo había visto descrito nunca con tanta precisión, con tanta intensidad, con un realismo tan angustioso. Ahora bien, el lector no debe esperar una narración de atrocidades más o menos previsibles. Al revés, El sol de los muertos describe las consecuencias de una política –sin apenas hablar de ella- en el universo entero: en los seres humanos, en los animales, en la naturaleza. A la brutalidad infligida por el poder, cada uno reacciona como puede: habrá quien trate de acumular alimentos, otros los roban a sus vecinos, otros reparten lo que encuentran con ellos, también con los animales e incluso con los árboles, que acaban a su vez siendo víctimas de la atrocidad cometida por quienes quisieron dinamitar las leyes sagradas de la naturaleza, confundidas, en la literatura de Shmeliov, con las de la Santa Rusia.

En vez de limitarse a la denuncia, lo que ya sería bastante, El sol de los muertos se transforma así en algo en algo aún más valioso. Shmeliov sabe como pocos expresar la pura esencia desmaterializada de lo que en Azorín se llamó las “pequeñas cosas”. El hambre atroz, implacable, produce sobre la realidad el mismo efecto de desmaterialización que Shmeliov busca describir al intentar llegar al alma de la realidad. Además, el recuerdo convierte la evocación de una realidad perdida –doblemente, por haber sido sometida a la más brutal de las devastaciones y por vivir sólo en el recuerdo- en una presencia lacerante, convertida en dolor, hasta tal punto que sólo es concebible de esa forma, purificada hasta el extremo.

Algunos de los grandes escritores rusos disidentes, por llamarlos de alguna manera, comparten esta sensibilidad. Ajmátova, Pasternak, Shalámov, también Soljenitsin tienen el don de transmutar la más cruda descripción de la injusticia y la bestialidad en un canto a la dignidad del hombre. Shmeliov lleva el gesto aún más lejos: el martirio sin fin de una sociedad confundida con la misma naturaleza –eso es la Rusia eterna- la vuelve aún más hermosa, por momentos casi radiante. El pavo real que vive en el huerto del protagonista realiza cada día su ritual esplendoroso, el almendro da flores al insinuarse la primavera, un insecto parece rezar al calor del sol, los niños se asombran con cualquier descubrimiento nuevo para ellos, una aristócrata intenta permanecer fiel a las buenas costumbres…

Shmeliov no se deja engañar por la nostalgia y sabe bien que está retratando: lo que les espera a todos, después del sufrimiento y una prueba moral desorbitada, es la muerte, sin idealización alguna. Pero habiendo dejado al desnudo la esencia misma de la vida, también ha descubierto el núcleo de cualquier resistencia. Sin esperanza alguna, eso sí, ante lo que él mismo llamó el “espectáculo imponente” (entre exclamaciones) del totalitarismo comunista.

Libertad Digital, 17-04-08