Postpopulismo

Antes era el anticlericalismo. Ahora los principales instrumentos de la estrategia de oposición del PSOE para arrinconar al Gobierno son el antifranquismo, ideología póstuma de los postsocialistas, y la corrupción Los demás partidos de la oposición coinciden con los socialistas. Hasta que se ha sumado al antifranquismo, por razones de juvenilismo electoral, Ciudadanos se centraba en la corrupción. Podemos ataca en el mismo terreno que los socialistas, con más virulencia gestual y verbal.

En el fondo de la actitud del PSOE y de Podemos está la dificultad de presentar y argumentar una línea programática propia. Ahora bien, ya no estamos ante un desfallecimiento coyuntural del discurso socialista o socialdemócrata. Estamos presenciando el final de un proceso de largo alcance, que empezó en los años setenta, siguió con el colapso del comunismo y la globalización y está acabando, ante nuestros ojos, en la desaparición de la izquierda.

Lo nuevo, sin embargo, no es eso. Lo verdaderamente nuevo es lo que ha despuntado en los últimos meses. Los españoles fuimos los primeros en comprenderlo. Luego vinieron los holandeses y acto seguido los franceses se han sumado al movimiento. Se trata del final de los populismos que empezaron a triunfar, a raíz de la crisis y del hundimiento de la izquierda, en las democracias desarrolladas.

Los populismos no van a desaparecer de la noche a la mañana. Avanzarán en países en los que no ha habido reformas, como Italia. Y subsistirán allí donde se combinan con tensiones nacionalistas, como en algunos antiguos países del este de Europa, en Francia y, en otra dimensión, en Cataluña. Ahora bien, carecen de capacidad para articular mayorías sociales, como demuestran una y otra vez las encuestas, incluidas las del CIS. Cada vez se repliegan más en el terreno que les es natural, la nostalgia y la negación del presente: los unos ponen su mirada antes de la caída del Muro, los otros en la nación homogénea, previa a la globalización. También se refugian en obsesiones izquierdistas más o menos intelectuales, minoritarias por naturaleza e inventadas hace cuarenta años, cuando la rebelión antiautoritaria del 68, tan cobarde ante la posibilidad de emanciparse del socialismo, atribuyó al liberalismo los rasgos de los regímenes totalitarios. Los populismos han alcanzado su techo y con la crisis superada, no tienen nada que hacer, salvo todo el daño posible. Si se hacen las reformas imprescindibles, habremos dejado atrás la pesadilla populista.

La Razón, 12-05-17