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México. Chantaje victimista

Los españoles llevamos a México, y en general a América, muchas cosas. La fundamental fue la propia España, recreada en aquel inmenso escenario. Con el espíritu español, llegó también la crítica de la propia actuación, la distancia que impide la total identificación con lo que nos es propio, la atención a la realidad y a la mirada de quienes no son como nosotros.

Cuando Cortés alcanzó las costas de México desde Cuba, hacía siete años que Antonio de Montesinos había pronunciado en Puerto Rico el espléndido sermón de denuncia de las condiciones de vida de las poblaciones indígenas: “¿Éstos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?…” Así todo.

Fue un aldabonazo en la conciencia española que nunca ha dejado de escucharse desde entonces. No excusa las atrocidades cometidas. Las ilumina, sin embargo, con una luz propia, distinta del intento de compensarlas con las evidentes y espléndidas aportaciones de esos mismos españoles. Lejos de ser una tierra lejana, buena sola para la explotación de recursos y seres humanos asimilados a bestias, lo que germinó en América fue el espíritu mismo de una civilización que no podía dejar de interrogarse y problematizar su propia naturaleza.

Este fondo autocrítico nos recuerda siempre lo que hicimos mal y los peligros que acechan a quien se olvida de eso. Buena muestra de esto último lo encontramos en el reciente discurso del Presidente mexicano, que construye una supuesta identidad nacional pura, sin mácula, escindida de aquello mismo que la constituye y la constituirá siempre, como es, en este caso, el legado de los españoles. La victimización, que es uno de los grandes motivos políticos de nuestro tiempo, consigue anular cualquier pregunta incómoda sobre uno mismo y trasferir las responsabilidades a quien se designa como culpable.

Es el mismo movimiento que impulsa en nuestro país la Memoria Histórica. Y como en este caso, la operación de construcción de una identidad impoluta disimula operaciones políticas de otro signo: paliar un fracaso, compensar una frustración, chantajear a quienes se atreven a disentir. Lo anulación de cualquier espíritu crítico.

La Razón, 29-03-19

Ilustraci´pon: Monumento a fray Antonio Montesinos en Santo Domingo

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JOSÉ MARÍA MARCO

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