La Revolución Francesa

La victoria de Emmanuel Macron en la primera vuelta de las elecciones francesas y la formación casi inmediata de un “frente (o una “unión) republicana” para detener el avance del Frente Nacional son dos buenas noticias para los franceses… y para el resto de los europeos. Se aleja el fantasma de un mandato presidencial presidido por una combinación explosiva de antieuropeísmo, racismo y neocomunismo. Como en el caso holandés, respiramos un poco mejor después de los resultados de ayer.

 

Eso no quiere decir que la situación sea buena. No lo es, en absoluto. Se han derrumbado los grandes partidos tradicionales de izquierda y de derecha sin que por ahora aparezca una nueva fuerza vertebradora de la sociedad francesa. Habrá que esperar a las legislativas de junio para  ver si la propuesta de Macron logra convertirse en un auténtico partido, con la suficiente fuerza como para organizar el cambio en una realidad tan compleja como la francesa. Por el momento, la práctica desaparición del Partido Socialista abre el camino a una izquierda ultra con un programa que, de ser aplicado, arruinaría a Francia y acabaría con la Unión Europea. Es un signo más del hundimiento de la izquierda que se está produciendo en todas las democracias desarrolladas y que es la razón última, y la más relevante políticamente, del vendaval populista,

Por el lado de la derecha el panorama, aunque lejos de ser brillante, no es tan dramático. Fillon mantiene un respaldo honorable con el que podrá influir en las políticas de Macron. De hecho, entre los dos candidatos suman una mayoría centrista, capaz de reconciliar lo que queda del gaullismo con una situación nueva en la que Francia, más que nunca, habrá de gobernarse desde el centro. Sólo desde el centro, con una unión republicana que habrá de reconvertirse en un instrumento flexible, capaz de diálogo y de consenso pero también de tomar decisiones enérgicas, se podrá empezar a cambiar el panorama francés. Francia, tras los cinco años perdidos de Hollande y la larga descomposición del republicanismo de centro derecha, se incorpora a la (post)modernidad política.

El empuje de Marine Le Pen se estrellará en la segunda vuelta, pero sale más reforzada que nunca por la volatilización del régimen de partidos vigente hasta aquí. Y hay que tener en cuenta que las posiciones extremistas y alucinadas han sumado en Francia más del 40 por ciento del electorado. Es un porcentaje desmedido, que sugiere bien a las claras la necesidad de reformas que llevan aplazadas más de 15 años, y la fuerza que en la sociedad francesa han alcanzado el miedo, la complacencia y la aversión a cualquier cambio. Ahora mismo, Francia se ha convertido no ya en el enfermo de Europa, como antes lo fue Alemania, sino en un país acomplejado y amedrentado, al que la sola palabra de “liberalismo” infunde algo parecido al pánico.

 

 

Macron hará bien en contar con todos los apoyos que pueda conseguir. La dificultad de la tarea a la que se enfrenta le debería llevar a huir de cualquier tentación de utopismo antihistórico, en particular en lo que se refiere a la implantación de políticas postnacionales. Se ha reafirmado la vocación europeísta de Francia, pero sin duda sabe que eso no quiere decir que en Francia se pueda jugar con la idea de nación, ni empezar a soñar con una Francia fundadora de la Europa postnacional. Y la Francia conservadora, prudente, en buena medida católica pero sin el menor gusto por la exclusión, haría bien en dejar de añorar un gaullismo que no tiene sentido hoy en día y comprender que las reformas que pueda poner en marcha Macron serán siempre, con mucho, mejores que la perpetuación de la parálisis en la que está sumido el país.

Empieza otra vez la revolución, que siempre es francesa. Sería mejor decir que lo que empieza es un ciclo de reformas como los emprendidos antes en otros muchos países europeos, entre ellos, y muy principalmente, España y Alemania. Es probable, eso sí, que si se ponen en marcha de verdad, haya mucha gente dispuesta a aceptar en Francia lo que se resisten a aceptar en su propio país. Y la verdad es que si empiezan a hacerlo, estamos dispuestos a aceptar con aplausos –incluso entonando la Marsellesa– toda la retórica revolucionaria que Macron y sus muchachos de ¡En Marcha! van a intentar vendernos.

La Razón, 24-04-17