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Günter Grass. El eterno pasado

Jacques Lacan, el literato y psicoanalista francés, decía –más o menos- que la verdad se dice siempre, pero nunca del todo. Algo así debieron de pensar los muchos admiradores de Günter Grass cuando se enteraron, por una entrevista publicada en agosto de 2006, que el escritor alemán había ingresado en su juventud, y no del todo contra su voluntad, en las Waffen-SS, el cuerpo de elite de las SS. Eran los “soldados políticos” de Hitler, bien conocidos por su brutalidad y su inhumanidad. (Bien es verdad que la división de Grass fue de las formadas al final de la guerra, cuando la exigencia de abyección era menor.)

 

El hecho en sí, sin ser del todo trivial, no resultaba excepcional, ni mucho menos. Y no habría hecho el ruido que hizo si quien así se “confesaba” en público no hubiera sido uno de los grandes escritores alemanes. Además, en su obra jugaba un papel central la denuncia sobre el pasado alemán y, por si eso fuera poco, una militancia política de tono moralista, izquierdista y antiamericana sin matices.

Entre los muchos alemanes jóvenes que se encontraron integrados en las filas del ejército alemán estaba, por ejemplo, Joachim Fest, luego gran intelectual y estudioso del pasado nazi de su país. El propio Benedicto XVI pasó por un trance similar. Eso sí, ninguno de los dos ingresó de ninguna manera en las Waffen-SS y ninguno de los dos escondió nunca lo ocurrido. El prestigioso escritor y Premio Nobel había callado durante sesenta años unos hechos que ahora, tanto tiempo después, le comprometían mucho más que si se hubiera decidido a contar la verdad –o al menos una parte, habría dicho Lacan- en su momento. También había habido numerosos casos más graves que el de Grass, entre los cuales se cuenta el de Hans Globke, un político partidario de la aproximación con los norteamericanos que había escondido su filiación nazi… Y todo el mundo estaba al tanto que buena parte de las revelaciones sobre el pasado de los políticos de la República Federal Alemana solía proceder de la RDA.

Grass nunca había escatimado decibelios en la censura de sus compatriotas alemanes. Era lógico, por tanto, que los criticados desde los altos coturnos morales sobre los que se había especializado en trepar el autor de El tambor de hojalata vieran llegada la ocasión de tomarse la revancha. Hubo quien atribuyó la “confesión” a la inminente publicación de sus memorias, que fueron, como era natural después de lo ocurrido, un gigantesco éxito de ventas. Así lo hizo, por ejemplo, la presidenta del Consejo de los Judíos de Alemania, que había sobrevivido de niña en la clandestinidad. Y hubo quien vio en el “affaire” Grass una confirmación de la impostura radical del intelectual metido a profeta ético. Era, en última instancia, una consecuencia más de lo ocurrido con la figura del intelectual después de la caída del Muro de Berlín. Ya no parecía tan claro su papel como promotor privilegiado de la causa de la verdad y la justicia, un papel que Grass había encarnado a placer. A partir de ahí, todo cobraba un significado distinto. Por ejemplo, la virulencia con la que el escritor criticó en 1985 el acto en el que Helmut Kohl y Ronald Reagan rindieron homenaje a los enterrados de la Wehrmacht en el cementerio de Bitburg. (También había soldados de las Waffen-SS.)

Como es natural, Grass intentó explicar lo mucho que le había pesado su largo silencio. Sus admiradores, entre ellos el novelista norteamericano John Irving, hablaron de la naturaleza forzosamente ambigua de su obra literaria, en la que el alcance de las situaciones en las que viven los personajes no casa del todo con el pretendido carácter de fábula moral en el que van inscritas. El propio título de sus memorias –notablemente espantoso: Pelando la cebolla– así lo sugería. Grass pasaba de ser el gigante ético que demostraba la posibilidad de una Alemania nueva, a la encarnación atormentada de la Alemania que no acababa nunca de saldar sus cuentas con el pasado.

En realidad, no fue nunca ni lo uno ni lo otro. En la confesión –hecha en dos partes, en la entrevista y en el libro- insiste en encuadrar su caso en la fascinación colectiva que Hitler y el nazismo ejercieron sobre el conjunto de los alemanes… Sobre todo, nunca se le ocurrió poner en cuestión su propia trayectoria de intelectual metido a redentor. Al revés, una vez más insistió en la crítica a Adenauer y a la “mediocridad” de la Alemania de postguerra, que explicaría, según Grass, el porqué de su silencio –en contraste con lo ocurrido en la RDA, que ofrecía a sus intelectuales un auténtico modelo de pensamiento que les habría permitido superar los años del nazismo. Por eso algunos estudiosos se han preguntado si su antiamericanismo posterior, y su radicalismo de izquierdas, no estarán relacionados con esa voluntad heroica, esa aspiración a realizar la dimensión trágica de la vida que están en la raíz del atractivo que ejerció el nazismo. Como el protagonista de su novela más famosa, Grass parecía seguir preso, aunque no del todo involuntariamente, en la maldición del eterno pasado. Una y otra vez, incansablemente, repitió el mismo gesto.

La Razón, 14-04-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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