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Glucksmann. Contra la indiferencia

La Europa actual es fruto de una serie de revoluciones que empezaron en Alemania y en Hungría en los años 50, continuaron con las transiciones a la democracia de países como España, y culminaron en la caída del Muro de Berlín y el colapso del comunismo. Lo recordó –como informaba ayer LA RAZÓN- el filósofo francés André Glucksmann, que ha estado en Madrid estos días, invitado por la Comunidad. Glucksmann acaba de sacar un nuevo libro, y la ocasión valía la pena. Siempre es un placer escuchar a Glucksmann, hombre inteligente y seductor como mucho de sus colegas, aquellos pensadores que en los años setenta abrieron la vida intelectual francesa, de forma escandalosa para muchos, a un nuevo espacio de libertad donde se piensa por cuenta propia, sin hipotecas ideológicas.

 

Esta vez Glucksmann habló de la indiferencia. Hay una indiferencia que se disimula bajo el optimismo, como en los años que precedieron al 11-S y al estallido de la crisis económica, cuando muchos dirigentes y líderes creyeron, o fingieron creer, que había llegado la paz eterna, sin fronteras, y que por fin habíamos dejado atrás el totalitarismo y los ciclos económicos. Hay otra forma de indiferencia, aún más cínica, que nos lleva a apartar de nuestra conciencia las atrocidades que ocurren a nuestro alrededor. Como no las causamos directamente, pensamos que no somos responsables…

Al hablar de las revoluciones del siglo XX, Glucksmann recordó que los europeos, tras la Segunda Guerra Mundial, realizaron un trabajo de transformación personal que acabó cambiando la faz política del continente. Los europeos de lo que entonces era el Oeste no se resignaron a que se repitiera la barbarie, y así surgió una experiencia política y cultural nueva, como es la Unión. Los que estaban esclavizados en el Este, por su parte, no se resignaron tampoco a la servidumbre y manifestaron su discrepancia, su voluntad de vivir de otra manera, su gusto por la libertad. Sin esos testimonios de valentía, no habría habido ni presión externa ni intentos de reformas interiores y seguiría vigente el totalitarismo comunista. Así que incluso en las peores circunstancias los seres humanos son capaces de cambiar la realidad. A mejor.

La Razón, 25-04-10

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JOSÉ MARÍA MARCO

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