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La Gran Vía. Capital: Madrid

Madrid cosmopolita. La Gran Vía, 1910-1935, Edward Baker. Marcial Pons, Madrid, 2008, 243 págs.

 

De Madrid se han dicho muchas cosas, bastantes de ellas no muy inteligentes. Azaña, por ejemplo, escribió que “es peligroso poner en circulación una tontería en Madrid; arraiga como sus feas acacias”. El propio Azaña contribuyó a difundir una de estas “tonterías” cuando repitió que Madrid era un “poblachón manchego”. La tontería cundió, efectivamente, echó raíces, fue glosada por los historiadores académicos que siguen pensando en azañista o en marxista, y esta es la hora en que vuelve a aparecer, ahora en este libro sobre la Gran Vía. Su autor es profesor de una universidad de Florida, y deseamos que Santa Lucía le conserve o mejore su vista. No ha debido ver nunca un pueblo manchego y tampoco la Gran Vía, más allá de sus prejuicios.

 

Ocurre que Madrid no ha tenido nunca nada que ver con los pueblos manchegos. Y no es que los pueblos manchegos no sean respetables, muy al contrario. De uno de ellos –poblachón de verdad, hermoso y manchego como pocos- procede parte de mi familia, y no seré yo quien los desprecie, pero Madrid fue ciudad, y corte, desde el mismo momento en que apareció en la historia. Era irremediable que con la Corona, y con la Corte, se estableciera en Madrid una elite rica, culta y exigente, en torno de la cual creció una ciudad que fue durante bastantes años la capital política y estética de Occidente. Cualquier comedia costumbrista de Lope sirve para comprender hasta dónde llegaba la sofisticación de aquel Madrid que nunca fue rural. Y que siempre ha tenido una cultura y una identidad propias, también en contra de otra monumental tontería sumamente extendida.

Por seguir en el terreno histórico, es posible que en los pueblos, manchegos o no, abunden los Palacios de Oriente, los Museos del Prado, las Puertas de Alcalá o los Jardines Botánicos. Ya se sabe que la Ilustración española está sumamente desperdigada por la geografía de nuestro país. Y para llegar al siglo XIX y a la España liberal, que es lo que aquí se ventila, convendría recordar –el propio autor lo sabe, pero no saca las consecuencias pertinentes- que en Madrid no se siguió el modelo de reforma parisina a lo Haussmann. En vez de tirar y reconstruir el centro de la ciudad, los que podían pagarse mejores casas se fueron desplazando en sucesivos ensanches hacia el norte (Chamberí), el este (Salamanca) y el Oeste (Argüelles).

En el centro quedó la gente que no quería mudarse, por el prestigio del núcleo histórico y administrativo de Madrid, y la que no podía hacerlo. Muchas veces convivían en las mismas casas de pisos. También en esto tengo experiencia de primera mano: una parte de mi familia se mudó a uno de esos ensanches y otra se quedó a vivir en la Cuesta de San Domingo, en la calle del Carmen, casi esquina a Callao, y en la Plaza de las Descalzas, justo al lado de donde vivió Corpus Barga, uno de los mejores escritores madrileños. Así que el centro de Madrid se convirtió en una combinación poco frecuente de gente de todas las clases.

Sobre ese Madrid se planeó la operación de la Gran Vía, de la que ahora se conmemora el centenario. Era la apertura de una vía de comunicación entre el este y el oeste en una ciudad en pleno crecimiento, pero también debía ser un escaparate de la modernización de Madrid y de España, y así se concibió, sin esperar a que llegaran los socialistas, ni la Segunda República, ni la Institución Libre de Enseñanza, ni los herederos de todo esto, que son quienes ahora nos gobiernan y escriben la historia oficial de España, por ejemplo este libro.

El resultado fue una avenida peculiar y madrileña hasta la médula: una zona ultramoderna, pero ecléctica, dedicada a los espectáculos, en particular al cine, a las empresas y al comercio, incrustada en una trama urbana entre popular y burguesa que se dejó intacta. A la Gran Vía se acudía desde los ensanches, como antes al centro (“downtown”) de las ciudades norteamericanas, a trabajar, a comprar y a divertirse. Si la cultura madrileña ha sido siempre una combinación muy fina y particular de alta cultura y cultura popular, la Gran Vía, en vez de dejarla atrás o traicionarla, la reforzó al introducirla en el siglo XX. Y en el siglo XXI sigue cumpliendo el mismo papel. La Gran Vía, popular, castiza y moderna, tiene hoy el mismo atractivo y representa lo mismo, y por las mismas razones, que desde sus comienzos.

Casi nada de todo esto aparece en este libro. El autor relaciona Madrid con el presunto fracaso del Estado liberal español –de ahí lo del “poblachón”- y la Gran Vía con un esfuerzo también fallido claro está, de modernización. Los madrileños y los españoles no esperamos a que nos modernizaran los neomarxistas, los neorrepublicanos y los neoinstitucionistas. Grave error, que aún hoy andamos pagando.

Para quienes estén interesados en la microhistoria de la Gran Vía, hay en este libro datos interesantes sobre la vida en alguna de las calles que la construcción de la avenida hizo desaparecer. Lo mejor son las fotos, muy bien reproducidas. Para quien tenga curiosidad y algo de cariño a Madrid, mejor leer el último número, entre nostálgico y futurista, de la Ilustración de Madrid, dedicado a la Gran Vía, o buscar algún otro título, como La Gran Vía (2002) o La Gran Vía. Historia de una calle (2002). Escuchar la zarzuela no estará de más. Y siempre se puede acudir a la Wikipedia.

Libertad Digital, 21-01-10

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JOSÉ MARÍA MARCO

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