Escribir en La Razón

Escribir en La Razón, más aún que un placer, es un privilegio. A quien firma estas líneas le ha enseñado, entre otras muchas cosas, a salir de sí mismo y dirigirse a un público acostumbrado a pensar por su cuenta, sin anteojeras políticas o ideológicas. Solemos decir que en La Razón defendemos una manera de ver la vida inspirada en la dignidad, la libertad y la capacidad del ser humano para discernir y actuar según criterios morales. Es así, pero hay más, porque el ejercicio de escribir y producir un periódico que se esfuerza por permanecer leal a esa actitud requiere un ejercicio de interrogación y de ajuste permanente.

 

Y no es que la realidad a la que un periódico se debe requiera compromisos, como tal vez se esté pensando. Es que la realidad exige, para ser entendida y explicada, un reajuste continuo de la perspectiva. Sólo así se comprende lo que cada situación tiene de singular, y será así como, con suerte, cada situación acabe revelando su dimensión política: hasta dónde y de qué manera una actitud, una decisión o unos hechos aportan algo al bien común. Ni que decir tiene que en este punto no se puede aspirar a ningún monopolio. Nuestras sociedades son esencialmente pluralistas. Por eso en La Razón no se le dice a nadie cómo tiene que escribir ni desde qué punto de vista.

Y sin embargo, todo se basa en la convicción de que existe un bien común que concierne a todos, que ese bien común es inteligible, que puede ser expresado según parámetros racionales y, además, que ese ejercicio es indispensable para su realización. En este punto no vendrá mal algo de esceptismo. La dosis depende del carácter de cada uno, pero esa prudencia, más o menos teñida de humor y que refuerza, en el fondo, la relevancia de la continuidad y las instituciones, no borra lo esencial, que es la necesidad de definir el bien común, más aún en sociedades pluralistas. Escribir en un periódico como La Razón es un ejercicio alejado de la estética o del adoctrinamiento, que suelen alimentarse la una al otro para formar círculos de seres ensimismados. El esfuerzo consiste en intentar entender la realidad -de todos- y ayudar a entenderla, al menos a todos los que se hacen preguntas sobre ella.

La Razón, 21-04-17