Anti-monárquicos

Hay sociedades que saben mirar hacia adelante y otras enfermas de historia. Nuestro país estuvo durante bastante tiempo entre los primeros, pero está en trance de convertirse en uno de los segundos. Tal vez sea el contagio del nacionalismo, patología historicista por excelencia, obligada a crear una nación que no existe recurriendo a un pasado inventado, o tal vez sea la querencia de una parte de la izquierda a hacer suyo el supuesto sentido de la Historia… Lo que empezó con Rodríguez Zapatero y estaba larvado en el progresismo de nuestro país se ha convertido en una actitud generalizada.

Es más que relevante que los jóvenes de nuestro país estén convencidos que la Monarquía –como apuntaba la encuesta del pasado fin de semana de LA RAZÓN– es una institución con fecha de caducidad. El 42,4% de los españoles entre 18 y 29 años tiene una mala o muy mala opinión de la institución, el mismo porcentaje piensa que los Reyes nos (o les) representan mal y el 49,6 % opinan que los Reyes no sintonizan con la sociedad española.

En cuanto a las causas de esta desafección, está el hecho de que nunca –ni una vez- durante su enseñanza los jóvenes españoles han tenido acceso a argumentos favorables a la Monarquía (más bien al revés). También está el giro regenerador de la política española, que cristaliza en la necesidad de una mutación generacional. El juvenilismo, que era una actitud cultural, se ha transformado así, con la crisis y la revolución tecnológica, en un planteamiento de fondo.

La Monarquía está mal diseñada para sobrevivir en este ambiente… sobre todo cuando se pone a la cabeza del cambio, como hizo Alfonso XIII con resultados bien conocidos. En realidad, ocurre al revés: la Monarquía asegura un futuro estable porque garantiza la continuidad y encarna la voluntad de vivir juntos, es decir, estar dispuestos a perdonar, no llevar las discrepancias más allá del terreno fijado por la ley y las instituciones y, sobre todo, no fundarlas en enfrentamientos irresolubles sobre el pasado. La Monarquía es más moderna que casi todos sus críticos. Claro que, pasado el tiempo de las creencias absolutas, también requiere una dosis alta de sofisticación, generosidad y apertura de espíritu. Por cierto, de aplicarse este estado de opinión a una república, la inestabilidad, o algo peor, está garantizado.

La Razón, 30-06-17