Terrorismo contra el Real Madrid

Los recientes atentados contra las dos peñas del Real Madrid en Irak parecen llevar la marca del Estado Islámico. Por su habilidad propagandística, que les lleva a actuar en plena final de la Champions en Milán y justo cuando el EI está en retroceso en Siria y en Irak. Y, además, por esa pulsión suicida propia del grupo islámico, obstinado en la destrucción pura. También son una indicación, nada disimulada, acerca de lo que al EI le gustaría hacer en Francia, un país en plena convulsión interna, durante la próxima Eurocopa.

 

Los atentados, sin embargo, tienen otra dimensión, más profunda. La opinión pública de las democracias liberales suele mostrar una indiferencia casi total a los atentados en países ajenos a eso que llamamos “Occidente”. Estos dos ataques, en cambio, reponen la violencia terrorista en una dimensión más justa.

Resulta un poco frívolo, porque parece que nos impresionan menos otros atentados igual de terribles en escenarios particularmente sensibles, como son escuelas o recintos consagrados al culto religioso, pero también resulta comprensible porque lo que el EI (si se confirma la autoría) ha atacado al asesinar a los aficionados al Real Madrid es una forma particularmente inocente y feliz, se podría decir, de asumir la modernidad. Una de las grandes virtudes del deporte, en particular del fútbol, es que siempre está relacionado con procesos de modernización económica, social y cultural mucho más profundos de lo que a veces parece y de lo que la propia naturaleza del fútbol, con su tensión épica y comunitaria, parece indicar.

Por eso resulta fácil entender, sin necesidad de grandes explicaciones, que las víctimas de los atentados son nuestros semejantes, nuestros hermanos. Lo son, o lo eran, porque compartían un momento de felicidad y de ilusión absolutas, ajeno a las tensiones de la vida de todos los días, a las complejidades de la “política”. El futbol, es decir la modernidad, permite justamente la abstracción de la realidad, pero de tal forma que en vez de ponerse en riesgo la vida social, esta sale reforzada. Contra eso, tan poderoso, es contra lo que se dirige la violencia dirigida contra los centros de reunión de las peñas madridistas iraquíes. Convendría no olvidarlo ante atentados de otro tipo y también para saber qué es lo que decimos cuando, al ser atacados en nuestros propios países, afirmamos que el terrorismo islámico quiere acabar con “nuestra” forma de vida.

La Razón, 31-05-16