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Los Shtisel. Las tribulaciones de una familia haredí

Las televisiones israelíes han producido algunas series de éxito que luego han sido replicadas y vueltas a lanzar por las grandes cadenas norteamericanas. Ahí está el caso de Homeland. No ocurrirá lo mismo con Los Shtisel, imposible de replicar a menos que se adapte –pero sería demasiado adaptar- el contexto religioso en el que viven los personajes.

 

Los Shtisel cuenta la vida de una familia haredí que vive en Mea Shearin, el barrio ultraortodoxo de Jerusalén. Sus doce capítulos fueron emitidos en Israel 2014. Fue un éxito nacional.

Shulem tiene que adaptarse a su viudez y a su jubilación de la yeshivá donde se ha pasado la vida enseñando la Torah. Es el patriarca de la familia –dicho sea sin intención épica alguna: destaca por sus torpezas sentimentales (como su hijo) y su humor, bien reconocible. En el último capítulo demostrará su grandeza.

La abuela, madre de Shulem, vive en una residencia de personas mayores. Eso le permite entrar en contacto con la realidad exterior, en particular a través de las series de televisión que nunca ha tenido la ocasión de ver.

También están los hijos. Giti, madre de cuatro hijos y con un marido que no aguanta la responsabilidad familiar. Y el guapo y tímido Akiva, que no sabe qué hacer con su vida. No se adapta al matrimonio arreglado al que le lleva la tradición del medio en el que vive, pero tampoco se las arregla bien con sus citas personales, ni siquiera con Elisheva, el gran amor que deja escapar. Le ponen a dar clases en la yeshivá de su padre, con el que vive, pero a Akiva le gusta más pintar: en particular, dibujar los animales del zoo.

La serie está muy bien rodada, con sentido cinematográfico y se ve como una película de los tiempos en los que no todo eran efectos especiales ni psicópatas sobredimensionados. Se entiende el éxito en Israel. Sus protagonistas son seres humanos, y a pesar del exotismo del mundo haredí, todos –y con más intensidad y más complejidad un israelí- puede identificarse con unos personajes encerrados en un microcosmos que preserva una forma esencial de ser judío pero también constituye una crítica de la dimensión política de Israel como Estado. Dentro, pero fuera. Vista desde este punto de vista, estrictamente humano y ajeno a las polémicas políticas que rodean al grupo en el propio Israel, la vida en una familia haredí revela algunas de las claves de la continuidad del judaísmo, más allá de los fenómenos en los que se perpetúa una tradición.

Haber sabido llegar hasta ahí con naturalidad, sin melodrama ni pedantería, garantiza también el interés de Los Shtisel fuera de Israel. En un mundo tan cínico como este en el que vivimos, la aparente ingenuidad del ambiente familiar de la serie recuerda al espectador que los problemas fundamentales a los que se enfrentan las personas son parecidos, sean o no religiosas. (Lo ha observado Ayelet Zurer, la actriz que interpreta a Elisheva y que vive en Los Ángeles.) No hay críticas ni burlas. El humor viene de dentro, de fábrica, se podría decir. Y los choques con el mundo exterior, tanto o más que problematizar el muy estrecho y espartano universo de la familia haredí, iluminan el primero con una sonrisa que parece nueva: la del sentido recobrado.

El Medio, 28-10-15

 

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JOSÉ MARÍA MARCO

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