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Las Cortes

Lo que llamamos el hemiciclo del Congreso de los diputados, en Madrid, es una sala de reuniones especial. No tiene la majestuosidad de la Asamblea francesa, ni el lujo de la italiana, ni la austeridad de la Cámara de los Comunes. Tampoco la voluntad clásica del Parlamento griego. Es, en parte, un salón. Resulta acogedor e invita a un diálogo, un debate no demasiado grandilocuente. No le falta solemnidad, pero los colores y los tapices la humanizan con una elegancia liberal, realista, sin demasiadas pretensiones… Algo muy española.

 

La política, efectivamente, es esa parte de la actividad humana dedicada a lo que nos une, lo que requiere y permite la convivencia. El Congreso de los Diputados la realiza como sede de la soberanía nacional. De por sí, resume la lección más importante de la ciencia –llamémosla así- política. Sin la política el resto no existe, o lo hace sólo en una situación tan primitiva de enfrentamiento y brutalidad que nadie querría retornar a ella, por mucho que casi todo el mundo ande ilusionado con recobrar de un modo u otro la naturaleza.

Ahora bien, la política es también una actividad de alcance limitado, una parte no muy grande de la vida de los seres humanos. Fundamenta todo lo demás, pero no le da sentido. Y cuando se sale de los cauces estrechos que son los suyos resulta tan destructiva como su ausencia. Es capaz de envenenar y pervertir la naturaleza de lo más relevante y, también, de lo más placentero y agradable.

El Congreso de los diputados de la carrera de San Jerónimo, tan elegante, tan madrileño, es un recuerdo práctico de esta realidad demasiadas veces olvidada de cien años para acá, sobre todo en los últimos tiempos. Recordará a Sus Señorías que están ahí para servir a personas y a ideas, a principios e intereses mucho más importantes que ellos mismos. Y les invitará a hacerlo de una forma suave y discreta. Los límites de la acción política, les dirá, son la belleza, la historia, la cortesía, el decoro. ¿Lecciones perdidas de civismo? Casi seguro, pero en fin, ya veremos…

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JOSÉ MARÍA MARCO

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