El bien común

Mucha gente insiste en lo difícil que es comprender una realidad que últimamente se ha empeñado en darnos sorpresas, desafortunadas para unos y, como es natural, excelentes para muchos otros. No hay nada que oponer a la afirmación, salvo que las cosas nunca han dejado de ser complicadas, ni siquiera cuando parecían sencillas. Siempre son difíciles de entender y siempre requieren del matiz y de la aproximación cauta y razonada. También, de la disposición a cambiar de modelo explicativo cuando el que venimos utilizando no sirve. Lo peor es empeñarnos en distorsionar la realidad, cuando no insultar a quienes no se adaptan a una hipótesis inservible.

 

Lo importante, por tanto, no es afirmar que la realidad es complicada. Lo relevante es intentar aclarar cuál es la complicación específica de cada situación. Hoy en día, podemos decir con bastante verosimilitud que nos encontramos ante el surgimiento paralelo de –por un lado- una globalización irremediable, que afecta a la economía pero también a la identidad de las personas, y –por otro- de un nacional populismo que ofrece una protección rudimentaria. No hay nada en medio, con lo que queda anulado lo que de común tienen los problemas a los que nos enfrentamos.

Es en esa zona desertizada donde está lo específico de nuestra situación. Se ha vaciado de contenido lo que se llamaba tradicionalmente el bien común, por arriba –la globalización- y por abajo –la identidad. Así es como se ha arrasado lo que plasmaba la cosa pública y hacía posible el ejercicio mismo de la política. Estamos hablando de la nación, de la dimensión nacional de los problemas. En nuestro caso, de España.

Habría por tanto que esforzarse en recuperar la dimensión nacional de la realidad, que es lo que la sitúa en un ámbito inteligible, donde es posible la discrepancia y el diálogo, la dimensión específica de la política. El ejercicio es doblemente complicado: por la inagotable complejidad de la realidad y porque requiere la voluntad de restaurar algo que por naturaleza resulta imposible de esquematizar. Bien es verdad que tiene una ventaja. Así como persistir en las simplificaciones es intrínsecamente destructivo, este ejercicio resulta constructivo de por sí, al movilizar lo mejor de los seres humanos, que es su capacidad para razonar y entender a los demás: hacer política. Hubo un tiempo en el que a esto se le llamaba patriotismo.

 

La Razón, 18-11-16

Foto: Banderas de España en barcelona