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Apocalipsis y cambio climático

En los últimos tiempos, impulsada por el descrédito de la política tras la crisis y los vientos de la globalización, la causa climática ha cobrado unos tintes un poco apocalípticos. El fin del mundo estaría a la vuelta de la esquina y apenas tenemos ya tiempo para hacer algo para evitarlo.

Cierto que estas figuras del nuevo apocalipsis renuevan otras predicciones que ya conocimos en su día, como las del Club de Roma en 1972 sobre los límites del crecimiento, por no hablar de otras que habían caído en el descrédito, como las que se referían al final del capitalismo o del orden liberal.

Todas tienen en común algo que las hace atractivas: la renovada conciencia de un destino trágico, lejos del optimismo sin fondo, y al mismo  tiempo superficial, propio de la fe en el progreso continuo. Eso nos ayuda a reconciliarnos un poco con los brotes de ferocidad.

Aun así, por debajo de los anuncios apocalípticos y sus manifestaciones más llamativas, entre la histeria y el nuevo activismo de izquierdas, corre la nueva realidad a la que nos enfrentamos y que se ha incorporado a nuestra visión del mundo. Es la de que la situación del planeta no depende ya de causas ajenas a la humanidad, sino de la conducta de esta.

Desde los años 70, la vida en las sociedades desarrolladas, a las que se ha ido incorporando buena parte de las sociedades que entonces no lo eran, se ha convertido en una realidad autorreflexiva, en la que las personas deciden con una autonomía creciente lo que son y lo que quieren llegar a ser. La gestión de esta nueva autonomía, de intensidad y dimensión inéditas, no es sencilla para las democracias liberales, que ven cómo la dimensión de la esfera política crece al mismo tiempo que caducan los instrumentos tradicionales de la acción, sin que aparezcan otros nuevos para sustituirlos.

El gran punto de inflexión –y la gran metáfora de esta situación- llegan cuando tomamos conciencia de que hemos entrado en una nueva era, aquella en la que el estado del planeta en el que vivimos depende de nosotros mismos. Lo que se ha llamado, la era del Antropoceno, para empezar a a distinguirla de otras anteriores.

Una primera novedad, bien descrita en castellano por Manuel Arias Maldonado,  es el “nosotros” al que esta situación nos obliga. Sin duda que las comunidades políticas tradicionales no han perdido su vigencia. También lo es que los problemas que la nueva situación plantea no son fáciles de abordar, ni siquiera de pensar, en otros términos que no sean globales, o planetarios. Empezamos a sacar las consecuencias de fondo de la globalización.

Otra es que la acción de los seres humanos ha cambiado su relación con la naturaleza, o que está variando la definición de esta. La naturaleza era hasta hace poco tiempo esa parte del mundo que nos resultaba ajena, que no controlábamos y que no dependía de nosotros. En parte sigue siendo así, porque por el momento nadie es capaz de dirigir a la naturaleza a su antojo. Lo que sí ha cambiado es que aquella parte de la realidad, temible y fascinante a la vez, ha sido intervenida por el ser humano hasta tal punto (hibridaciones, construcciones masivas, emisiones de gases, acidificación de los océanos, etc.) que ya no sabemos muy bien lo que es natural y lo que no lo es. Hemos entrado en una era postnatural.

Nada de todo esto tiene por qué llevar a las conclusiones catastróficas que nos hemos acostumbrado a escuchar. Y aunque parezca que conduzcan sin remedio a cuestionar el capitalismo y el desarrollo tecnológico, no tiene por qué ser así. Al dar por terminada una era –esta vez histórica- de convivencia con la naturaleza y entrar en otra en la que el conjunto del hábitat se ve implicado en decisiones de los seres humanos, se abren posibilidades de todo tipo, para las que será preciso encontrar soluciones, o elementos de solución, de orden político. ¿Será mejor limitar nuestras costumbres, o utilizar la tecnología para cambiar los efectos de nuestra acción? ¿De qué modo el desarrollo y la innovación pueden contribuir a evitar un desastre? ¿Debemos intentar restaurar algo de la situación anterior y, en tal caso, cómo hacerlo?

No hay por tanto una sola política del cambio climático, aunque sí es cierto que esa política nos afecta a todos en nuestra vida de todos los días. Nos llevará a tomar decisiones en las que hasta hace poco tiempo ni siquiera habríamos imaginado.

Se puede pensar que el cambio climático inducido por la acción del ser humano es antes que nada un instrumento de lucha ideológica, en última instancia político. Aun así, los descreídos y los escépticos están invitados a aceptar la apuesta de Pascal. Si es verdad, lo podemos ganar todo, y si no lo es, nada perdemos.

Club Libertad Digital, 27-10-19

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JOSÉ MARÍA MARCO

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