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Origen de la Institución Libre de Enseñanza (2)

La primera “cuestión universitaria” consistió en el enfrentamiento entre un grupo de profesores de la Universidad Central y las autoridades ministeriales. Acabó con la expulsión del grupo de Julián Sanz del Río, el introductor del krausismo en nuestro país, de la Universidad de Madrid. (Antes se había producido otro choque entre Castelar y el Ministerio de Fomento.) Fue uno de los episodios que precedieron al levantamiento que acabó con el reinado de Isabel II y dio paso a la Gloriosa Revolución de 1868. Convirtió a los krausistas, en particular al joven Francisco Giner de los Ríos, en el ideólogo del Sexenio y la Primera República. En 1875 se produjo la “segunda cuestión universitaria”. La expresión resume los hechos que culminaron con una nueva expulsión de Giner y algunos seguidores suyos de la Universidad. Esta vez, y habiendo hecho el experimento revolucionario, no hubo ningún levantamiento. Ahora bien, en torno a todo aquello se fue tejiendo la leyenda que haría de los miembros grupo krausista, luego fundador de la Institución Libre de Enseñanza, los mártires de la resistencia contra la Restauración, un régimen que aquellos mártires consiguieron teñir de reaccionarismo. Las cosas fueron bien distintas…

Del capítulo 5 de Francisco Giner de los Ríos. Estética, pedagogía y poder, Biblioteca Online, 2012.

Origen de la Institución Libre de Enseñanza (1)

 

El general Arsenio Martínez Campos se adelantó a todos con su acción en Sagunto. Cánovas siempre se llevó mal con él. Martínez Campos pertenecía al Partido Moderado, y Cánovas no quería ver hipotecada la restauración de la dinastía al partido que había llevado a la ruina a Isabel II. Aun así era hombre práctico, y comprendió que no podía rechazar el ofrecimiento de Martínez Campos. Además, Martínez Campos se retiró de escena de inmediato para volver a Cataluña y pacificarla poco después. El telón de fondo de todos estos acontecimientos, que conviene no perder de vista, es una guerra civil, a veces muy cruel, que duró hasta finales de febrero de 1876. No todos los miembros del antiguo Partido Moderado fueron tan discretos como Martínez Campos. Para ellos, Cánovas y su nuevo régimen significaba la ocasión de volver al poder. Así se lo dieron a entender al nuevo jefe de Gobierno, y así obtuvieron algunas de las carteras ministeriales importantes. A la de Fomento, volvía un antiguo conocido nuestro, Manuel Orovio, marqués desde su último paso por el Ministerio de Hacienda, antes de la Revolución.

 

Cánovas tuvo que hacer filigranas para sacar adelante su proyecto sin enfrentarse a aquellos aliados impacientes y con ganas de tomarse la revancha. Cuando se discutió la forma de convocar las nuevas elecciones a Cortes, que debían ser constituyentes, Cánovas expuso su punto de vista. Él no era partidario del sufragio universal, pero no cabía otro procedimiento porque esa era la legislación vigente, de tiempos de la Revolución. Cánovas insistía en hacer una transición desde el respeto a la legislación y enviaba un mensaje bien claro a los liberales de Sagasta, con los que estaba ya en negociaciones para formar el sistema bipartidista del nuevo régimen. El Partido Moderado (como Giner) se oponía al sufragio universal. Para sacar adelante su propuesta y no enfrentarse a los moderados, Cánovas dimitió. Formó Gobierno uno de sus más fieles amigos, el general Jovellar. Este Gobierno de transición convocó elecciones por sufragio universal, tras lo cual el fiel Jovellar dimitió y Cánovas volvió al poder.

Uno de los puntos más conflictivos de esta situación inestable y provisional de los primeros meses del nuevo régimen era la de la enseñanza, sacudida por la legislación radical y apresurada del Sexenio revolucionario. El 26 de febrero de 1875, el marqués de Orovio, el nuevo ministro de Fomento, sacó un decreto restableciendo la legislación anterior a la de la Revolución en cuanto a programas de curso y libros de texto. Como el curso estaba muy avanzado, Orovio optó por una solución de compromiso, que insistía además en las garantías a la libertad de la enseñanza. El tono templado encajaba bien en los planes de Cánovas.

Muy distinta era una circular que el ministro hizo llegar a los rectores de las Universidades. En esta circular, Orovio les exhortaba a no permitir en los establecimientos sostenidos por el Gobierno la “enseñanza de otras doctrinas religiosas que no sean las del Estado”. “El Gobierno”, decía Orovio, “no puede consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explique contra un dogma que es la verdad social de nuestra patria.” Orovio también recomendaba a los rectores que no tolerasen “explicación alguna que redunde en menoscabo de la persona del Rey o del régimen monárquico constitucional”. Por último, Orovio instaba a que se aplicase con rigor la disciplina en la enseñanza. No se debían tolerar las faltas de asistencia a clase ni “mucho menos las de respeto a los profesores”.[1]

Este último punto era una novedad. Estaba destinado a ganarse las simpatías de unos profesores hartos de los incidentes y la indisciplina sufridos en tiempos de la Revolución. Los otros dos puntos eran como una repetición de la carta de adhesión a la dinastía, a la Monarquía constitucional y a la religión católica que el mismo Orovio había exigido que firmaran los profesores universitarios unos cuantos años atrás. El marqués tenía la desventura de atascarse en puntos de principios, en unos tiempos en los que hubiera sido más conveniente centrarse en soluciones prácticas, que no excluyeran a nadie.

Y como se atascaba en el mismo gesto, tropezó con la misma piedra. Enfrente estaban los mismos personajes que años antes, dispuestos a responder del mismo modo a la misma provocación. Los primeros que contestaron fueron los recién incorporados al grupo, Laureano Calderón y Augusto González Linares, desde la Universidad de Santiago de Compostela. González de Linares, además de haberse enfrentado a buena parte del claustro y del alumnado, había cultivado meticulosamente una notoriedad de matices sulfurosos, con la que estaba encantado, exponiendo en público su adhesión a la teoría darwinista de la evolución, apasionadamente discutida por aquellos años. Ni que decir tiene que González de Linares consideraba que todo lo que se opusiera a Darwin, es decir a lo que él pensaba, era puro oscurantismo y carcundia.[2]

Ante la circular de Orovio, González de Linares y su compañero Calderón decidieron cruzar el Rubicón, como le dijo el primero a Giner en una carta, al ponerse a su disposición dos años antes para denunciar el estado de la Ciencia en España.[3] Manifestaron al rector, por escrito, su más viva protesta por aquella imposición arbitraria. No había autoridad superior a la “esfera reconocida al Profesor por el Estado al declararle digno de recibir la alta investidura” de enseñar.[4] González de Linares no quería ni planes de estudio, ni programas, ni libros de textos. También veía incompatible su altísima función de sacerdote de la esfera de la Ciencia con los límites políticos y religiosos marcados por la circular de Orovio. Según González de Linares y su amigo, la Monarquía constitucional y la religión católica resultaban incompatibles con la enseñanza de la Ciencia. Pero el alegato no acababa ahí. En otro escrito a sus superiores, González de Linares se negaba “a impedir que se falte por los alumnos a la cátedra”, e incluso afirmaba que “sería completamente irracional, de mi parte, el negarme a impedir en absoluto que por los alumnos se faltara en la cátedra a las reglas de moral y buena educación”.[5]

En otras palabras, González Linares y Calderón daban por bueno que los alumnos no asistieran a clase y que hicieran en ella lo que les viniera en gana. La intransigencia de Orovio había encontrado en aquellos dos hombres, los dos discípulos íntimos de Giner, dos adversarios a su medida. El rector no aceptó aquel gesto de rebeldía, y el 30 de marzo de 1875 el Consejo Universitario de Santiago votó a favor de la separación de los dos catedráticos.

En Madrid, el decreto y la circular habían causado también un cierto revuelo. El rector de la Universidad de Madrid, Francisco de la Pisa Pajares, se había negado a trasladar la circular a los establecimientos de su distrito, para evitar la polémica que se venía encima. Hubo deliberaciones, claustros y suspensiones de claustros. Parecía que se había vuelto a los meses previos a 1868. El grupo de los krausistas, encabezado por Gumersindo de Azcárate, llegó a imprimir un texto de protesta para que fuese firmado por todos los catedráticos. La policía recogió los ejemplares impresos y destruyó el molde. Otros profesores, como Moreno Nieto, eran partidarios de que cada uno manifestara su posición en conciencia. En realidad, la mayoría de los catedráticos no apoyaban ni a Orovio ni a los krausistas. Más aún, la circular del ministro era sumamente impolítica, pero no impedía, de hecho, la libertad de cátedra excepto en el punto muy concreto, el del “ataque” a la Monarquía y a la religión católica. En cambio, a la cerrazón del grupo krausista se añadía el recuerdo, muy reciente, del resultado de la puesta en práctica de sus doctrinas. Durante la Revolución, aquellos ideólogos no habían hecho gala de la menor tolerancia con las opiniones ajenas.

El primero que tomó una decisión clara fue Emilio Castelar. El 19 de marzo renunció a su cátedra, a la que no asistía, con una carta de altos vuelos retóricos. Llegaba a equiparar a la Iglesia con el absolutismo y a oponer el Concilio de Trento al progreso de la ciencia.[6] Al adelantarse y colocarse a tan vertiginosas cúspides oratorias, Castelar, en realidad, se distanciaba de la tormenta que se preparaba en el grupo krausista. El 25 de marzo, con un cierto retraso, como en 1868, Giner tomó posiciones. En un escrito dirigido al rector, manifestó su apoyo a los profesores de Santiago, se desmarcó de todos los intentos de manifestación colectiva, hizo referencia a lo sucedido en tiempos de Isabel II y terminó diciendo que “ahora como entonces” estaba dispuesto a abandonar su puesto antes de aceptar las presiones del Gobierno. “Jamás cooperaré a que la independencia del Profesorado se restrinja o menoscabe, convirtiendo su elevada función en dócil intérprete de las pasiones políticas.”[7]

Como en 1868, Giner se proclamaba abanderado de la libertad de cátedra. El rector Pisa Pajares intentó que Giner retirara su escrito. Fue inútil. Hubo otra gestión, hecha por un alto cargo que bien pudo ser Francisco Silvela, subsecretario de Gobernación y cuyo hermano Luis era amigo de Giner. Francisco Silvela tenía por su familia y por su círculo de amistades excelentes contactos en el canovismo. De hecho, el alto funcionario hizo la gestión en nombre de Cánovas.[8] Según le dijo a Giner, Cánovas no estaba de acuerdo con el decreto y no tenía intención de cumplirlo. Era ponerle la respuesta en bandeja a Giner. Giner contestó, “con toda altura y dureza, que el señor Cánovas tenía la Gaceta para deshacer la iniquidad que desde ella se había hecho, y que no podía pretender de él una indignidad”.[9]

En su escrito, Giner se había referido al año 1868 con toda intención, para dejar bien claro el sentido que quería dar a su gesto. Pero los tiempos ya no eran los mismos. El ensayo revolucionario ya estaba hecho y había terminado en un desastre. El Gobierno se enfrentaba a una guerra civil (y a otra en Cuba), y Cánovas, como presidente de Gobierno, tenía la obligación de encontrar un punto de equilibrio entre las muy diversas tendencias que le apoyaban. El escrito de Giner pasó del ministro de Fomento al de Gobernación, Francisco Romero Robledo. Romero Robledo, que se haría famoso por su habilidad para manipular las elecciones, había empezado su carrera política participando en una de las Juntas revolucionarias que destronaron a Isabel II. Como otros políticos que de jóvenes habían pasado por las filas progresistas, y que tal vez entonces se habían hecho alguna ilusión, no sentía el menor respeto por las izquierdas.  El 31 se reunió con Cánovas y con el Gobernador civil de Madrid. Aquella noche Giner era detenido y puesto en el tren para Cádiz. Como escribió Giner a Luis Silvela poco después: “el éxito supera a mis cálculos”.[10]

 

Ilustración: Marqués de Orovio

 

[1] Cacho Viu, V. (1962), pp. 284-285.

[2] Faus Sevilla, P. (1986), p. 29, y el epistolario correspondiente.

[3] Carta de González Linares a Giner, 21 junio 1873, Faus Sevilla, P. (1986), p. 176.

[4] Jiménez-Landi, A. (1996), t. 1, p. 294.

[5] Jiménez-Landi, A. (1996), t. 1, p. 297-298.

[6] Cacho Viu, V. (1962), p. 290.

[7] Cacho Viu, V. (1962), pp. 291-292.

[8] Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 305, nota 8.

[9] Cossío, M. B. (1915). También, en Jiménez-Landi, A. (1996), t. I, p. 304.

[10] Giner de los Ríos, F. (1965), p. 89.

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JOSÉ MARÍA MARCO

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