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Antonio Maura. La política pura. Epílogo

José María Marco sobre Antonio Maura. La política pura (vídeo)

Entrevista de Mario Noya, con Carmen Carbonell, sobre Antonio Maura en EsRadio

Entrevista sobre Antonio Maura. La política pura en El Imparcial, 04-07-13

“Aznar y Maura”, de José Antonio Álvarez Gundín, La Razón, 31-07-13

 

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La historia de su país ha convertido a Antonio Maura en una categoría. Lo fue ya en vida. No se llega a decir que “las comas de mis proyectos son cuestión de gabinete”, como dijo, si no se tiene esa ambición. Desde temprano, esta tensión se plasmó en la actividad política. Resulta difícil imaginar otra, aunque la jurisprudencia ocupó en su vida un papel relevante. También es una profesión relacionada con la palabra, aunque la palabra, en Maura, siempre está al servicio de un proyecto y en relación con un interlocutor. Es palabra política por naturaleza, y es la política la que infunde su sentido a un personaje de dimensión monumental.

 

Maura consiguió centrar todo el debate político de la época. En un momento en el que España podía haber seguido la senda de otras monarquías europeas, representó la política reformista que preconizaba la democratización sin rupturas del régimen constitucional. Como todos los personajes que logran sintetizar en su palabra, en su gesto y en su nombre una elección significativa para toda una nación, sobre Maura se acumulan las perspectivas más diversas y contradictorias. Maura ha sido al mismo tiempo liberal y conservador, clerical y aconfesional, revolucionario y partidario del orden, caudillista y demócrata, monárquico y movilizador de las masas, reaccionario y defensor de la ciudadanía…

Por otra parte, el repertorio de sus frases, salido del gusto por el concepto propio de nuestra literatura y del latín clásico, ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario común. Suyas son “Luz y taquígrafos” y “Por mí no quedará”, entre otras varias que pocos le atribuyen ya. Sin saberlo, mucha gente sigue comprendiendo parte de la realidad española en términos que en su origen, y en su auténtico significado, vienen de Antonio Maura.

Maura no ha caído en el olvido. Las personas que lo conocieron, los que se interesaron por su figura, los periodistas, los historiadores y los académicos han ido aclarando el terreno. Aunque queda mucho por investigar y por aclarar, hoy podemos establecer algunos de los problemas internos en los que el proyecto de democratización de Maura encalló. También están en la base de algunas de las explosivas divergencias que suscitó en su momento.

Siendo un liberal en el sentido más profundo de la palabra, no parece haber sentido ni siquiera la necesidad de cambiar la relación del Estado con la Iglesia católica. Su respeto casi religioso por la ley no le impidió forzar esta en su acción contra el terrorismo. La sensibilidad y el apego a las diversas formas de ser español le llevó a una visión demasiado optimista del nacionalismo catalán conservador, que era algo muy distinto de lo que su proyecto de descentralización había imaginado. La clara conciencia de que el desarrollo gradual de la democracia es universal, duradero y escapa al poder humano, como la Providencia, no le empujó, ni siquiera después de la quiebra del consenso de la Monarquía constitucional, a articular un partido político moderno que hubiera podido sustentar una forma renovada, democrática, del régimen. Resulta evidente, por otra parte, que su gusto por el debate y su convicción de que en la discusión abierta se encuentra ya el germen de la propia reforma, resultaban fáciles de interpretar como una provocación. Maura no se hurtó a ninguna batalla política. Suscitó adhesiones apasionadas pero presentaba debilidades fáciles de aprovechar. La seguridad en sí mismo, finalmente, no podía dejar de ser interpretada como arrogancia.

Nada de todo esto debe impedirnos comprender su acción y su legado. Un siglo después, los problemas de nuestro país son muy distintos, pero de Maura se puede recordar, en primer lugar, su confianza en la sociedad española en un momento de crisis que abocó a un pesimismo de orden patológico. Maura no se engañaba acerca de la profundidad de los males de su patria, males de los que él mismo fue víctima en más de una ocasión, desde que cerraron la vía reformista que proponía para Cuba hasta que lo vetaron cuando más útil podía ser. Aun así, nunca cedió al cansancio ni al derrotismo. Maura pensaba que la sociedad española tenía recursos suficientes para modernizarse, reformar la administración y enfrentarse a la nueva situación. El nihilismo que acabó prevaleciendo en los círculos estéticos, intelectuales y políticos de su época ni siquiera le rozó. Sin duda le ayudó en aquel trance la fe católica, tan firme, y también la profunda comprensión de la naturaleza de su país. En pleno naufragio, muchos de los mejores abrazaron la egolatría o la exaltación nacionalista –ya fuera tradicionalista o de intención fundadora- como el último salvavidas. Maura, en cambio, veía su obra como la continuación de una historia de la que conocía los muchos defectos, pero cuyo fruto no se empeñaba en negar. Aquí es donde Maura aclara que lo más importante que puede hacer es procurar la preservación y la continuidad de un legado. Cuando el espíritu español decidió suicidarse, Maura demostró que esa no era la única actitud posible. (…)

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JOSÉ MARÍA MARCO

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