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Churchill. Neoliberal, neoconservador y patriota

El 10 de mayo de 1940, hace ahora sesenta años, llegaba al cargo de Primer Ministro Winston Churchill. Llevaba otros 40 en la política, exactamente desde 1900, cuando ganó su primer escaño en la Cámara de los Comunes.

El recuerdo del gran Churchill de la Segunda Guerra Mundial ha perjudicado al personaje político. No se recuerda mucho que los primeros años de su vida pública fueron bastante accidentados, con dos cambios de partido político. No uno como es habitual, sino dos, como él mismo gustaba de recordar.

Cuando ganó su primer escaño en 1900, Churchill pertenecía al Partido Conservador. Su padre, Sir Randolph Churchill, también fue conservador, más precisamente “tory demócrata”. Su hijo también lo fue. La expresión “tory demócrata” data de los tiempos de Disraeli, primer ministro de la Reina Victoria. Disraeli renovó el Partido Conservador inglés. Desde entonces, un “tory demócrata” sería un conservador –patriota, consciente y orgulloso de las tradiciones de su país- abierto a los cambios sociales y preocupado por el destino de los menos favorecidos.

En 1904, Churchill se mudó al Partido Liberal. Siempre se ha dicho que lo hizo por oposición a los aranceles proteccionistas propugnados por los conservadores. El cambio se debió también a su apoyo a una ley en pro de los sindicatos. Como “neoliberal” de los de entonces, Churchill apoyó con fervor la legislación social de su nuevo partido: salario mínimo en determinados sectores, seguros de desempleo y enfermedad, pensiones para personas mayores. Llegó a decir que habían incorporado “una buena tajada de Bismarckianismo” a la industria inglesa. También era partidario de suprimir la Cámara de los Lores, o de reformarla para hacerla electiva.

Churchill perdió su escaño en 1922. En 1923, el Partido Liberal, cada vez más proclive al intervencionismo, empezó a girar hacia el laborismo, es decir el socialismo británico. Churchill, que odiaba el socialismo tanto como después odiaría a los nazis, empezó a dudar. La querencia socialista de los liberales ingleses le llevó a una nueva rectificación y en 1924 volvió al Partido Conservador. Dijo entonces que seguía siendo lo que siempre había sido: un “tory demócrata”.

Con la vuelta de los conservadores al poder, Churchill fue nombrado ministro de Hacienda y empezó a aplicar su política “neoconservadora”: aumento de las pensiones, más dinero para los servicios sociales, reducción de los impuestos directos y aumento de los impuestos de sucesión. A pesar de todo, no logró ganarse la simpatía de los sindicatos. Habiendo roto la huelga general de 1926, tampoco consiguió la simpatía de sus antiguos correligionarios, los liberales.

Para Churchill, estas políticas tan marcadamente sociales se justificaban de dos maneras. En primer lugar, frenaban el avance del socialismo. Son medidas de precaución para evitar la radicalización de los sectores de la sociedad descolgados de la prosperidad generada por una economía libre. En segundo lugar, están inspiradas por la lealtad hacia la nación, o patriotismo. El Gobierno de una nación orgullosa se debe a todos los que forman parte de ella. Si tiene que intervenir para corregir desigualdades o para evitar que se rompa la lealtad nacional, el Gobierno está capacitado para hacerlo.

Churchill aplicó este conservadurismo compasivo a otras áreas de su acción política. Siempre preconizó que la India siguiera unida al imperio británico porque estaba convencido de que para los propios indios era mejor la dependencia que una ruptura prematura, sin una sociedad civil consolidada.

Los límites de este intervencionismo son más morales, y prácticos, que doctrinales. Churchill no veía contradicción alguna entre el individualismo más radical, del que él mismo es un gran representante, y la tendencia a ampliar la acción del Estado en la que involucró a su país. Por instinto, Churchill era antisocialista. De haber prevalecido sus ideas, Gran Bretaña habría intervenido más activamente en la guerra civil rusa después del golpe de Estado leninista de 1917 y tal vez se habría evitado el triunfo de lo que él siempre llamó el “bolchevismo”. Preconizó la misma política ante el otro totalitarismo del siglo XX, el nacionalsocialismo, y tampoco le hicieron caso.

Estos dos fracasos le llevaron a su triunfo más resonante, el que hizo de él uno de las grandes leyendas de la historia. En 1940, consiguió con su actitud y con su palabra que la nación inglesa se alzara a la misión que le propuso: salvar la patria y salvar la libertad –con todas las mayúsculas que sean necesarias. Churchill pensaba que si Gran Bretaña caía en manos de los nazis, como había caído Francia, era probable que también cayera Rusia.

Después de la guerra, Churchill se esforzó por preservar la relación privilegiada de su país con Estados Unidos. Se ha hablado mucho del europeísmo de Churchill, pero su preocupación estratégica fundamental fue consolidar la relación con la única potencia capaz de defender lo mismo que él había defendido. Fue en Estados Unidos donde pronunció el famoso discurso en el que habló del Telón de Acero que había caído sobre Europa. También fue un sionista convencido y apoyó al Estado de Israel.

Eso fue después de la Guerra y luego de que sus compatriotas lo echaran del poder nada más terminar el conflicto. Es una de las derrotas electorales más sorprendentes de la historia. Probablemente se debió a la complicada personalidad de Churchill, que le había acarreado muchos problemas antes de la Guerra. O tal vez los electores entendieron que el laborismo era la continuación del “neoconservadurismo”. Para gente tan práctica como los ingleses, Churchill, una vez cumplido su papel, estaba de más. Volvió al Gobierno en 1951, más que nada porque los conservadores no podían despedir a su líder histórico hasta que él mismo decidiera jubilarse. Su mala salud le obligó a dimitir en 1955. Vivió otros diez años.

Libertad Digital, 09-05-20

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JOSÉ MARÍA MARCO

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