Patrimonio nacional

Los reyes de la casa de Austria gastaban un atuendo sobrio que contrastaba con el lujo exhibido por otras monarquías como la francesa. Eso no les impedía someterse a un ritual palaciego intrincado, venido de Borgoña, ni reflejar el empaque de lo que representaban en construcciones extraordinarias. Véase el Escorial, sin ir más lejos. Con los Borbones cambiaron las cosas, aunque a no mucho tardar los monarcas compatibilizaron de una forma original, a veces arriesgada, su estatus de símbolo institucional con la calidad humana de la persona que lo encarnaba.

 

Desde el primer momento Felipe V se dio cuenta que una de las claves de su reinado sería recuperar el sentido de los símbolos en los que se manifiesta la grandeza de una Corona tan singular y tan cargada de significados históricos y políticos como la española. Así se comprobó en el primer discurso de Nochebuena, rodado en el Salón del Trono del Palacio de Oriente, y en el nuevo protocolo de las visitas de Estado, inaugurado con el Presidente de Argentina en el mismo Palacio Real.

Son gestos en apariencia formales, pero que devuelven a la vida los símbolos de los que se ha rodeado la Monarquía en nuestro país y que siguen teniendo vigencia, como la tiene la institución que representan. Sin ellos la propia institución acaba perdiendo relevancia, como pierden su significado lugares, monumentos u obras de arte privados de aquello que está en su mismo origen y que les dio, y les sigue dando, sentido. Es un gesto de reapropiación, que todos entendemos sin más explicaciones, y que borra de una vez, sin alharacas sobreactuadas, la espesa capa de prejuicios y trivialidades que ha hecho ininteligible el sentido de nuestra historia desde hace más de un siglo.

Felipe VI demuestra así un instinto político muy fino, del que los gobiernos y las administraciones públicas podrían aprender. No se trata de hacer política con la idea nacional. Se trata de devolver a las instituciones, y también a la cultura, su auténtica dimensión, su significado y su relevancia, nacional en buena medida. En vez dejar que el patrimonio nacional se hunda en lo puramente museístico –importante, claro está- el Rey está demostrando que es posible traerlo a la vida de nuevo. Ante una evidencia de esa categoría, los nacionalismos, la verdad, tienen poco que hacer.

La Razón, 23-02-17