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¿La hora de la segunda Transición? Conversación con Tom Burns

Tom Burns periodista y escritor, lleva muchos años analizando con perspicacia la realidad política española. Testimonio de su capacidad de observación y de sus dotes de narración es La Monarquía necesaria y la serie de Conversaciones… …sobre el Rey (1995), …sobre el socialismo (1996) y …sobre la derecha (1997), libros cruciales para entender la Transición, la Monarquía y la democracia española. También está entre los mejores analistas de la imagen de España, en particular entre los ingleses (Hispanomanía). Ahora nos sorprende con un libro más ácido, De la fruta madura a la manzana podrida, en la que traza un retrato nada complaciente de nuestra situación política.

 

José María Marco – De la fruta madura a la manzana podrida… ¿Tan mal está la cosa?

Tom Burns – Cuando el desempleo y el fracaso escolar dobla la media europea, cuando los dos partidos “dinásticos” pierden votos por un tubo y cuando el parlamento de la región más rica de España desobedece el estado de derecho, me parece que sí.

JMM – ¿No te da un poco de miedo que se te clasifique con la literatura neorregeneracionista apocalíptica que ha asolado las librerías –no sé si algo más- en estos últimos años?

TB – Miedo ninguno. Eres el primero, José María, que me dice que podría pertenecer al género “apocalíptico”.  No soy ducho en ese género porque no me interesa nada. Creo que he escrito un libro inteligente y documentado que, por lo que me dicen, se lee con agrado e interés.

JMM – También se habla mucho de “segunda Transición”. Debemos llevar ya tres o cuatro “segundas transiciones”, tantas como “finales de la Transición”, por lo menos. Alguno de los políticos que han utilizado la expresión se arrepiente luego, como es natural. ¿A ti que opinión te merece? (Aparte de la falta de imaginación.)

TB – Tienes razón. Llevamos mucho tiempo con el término y por algo será. José María Aznar tituló su primer libro político, se publicó en 1994,  “La Segunda Transición”. Un buen libro, por cierto. Sin embargo pienso que ahora sí que es cuando toca y va a ocurrir.

JMM – Lo que deduzco de la lectura de tu libro, tan bien escrito y tan ameno como todos los tuyos, es que lo que ha fallado es no haber continuado en estos casi cuarenta años de democracia el impulso reformista de la Transición.

TB – Claro. Ha sido el gran fallo. Pero tampoco es enteramente la culpa de quienes vinieron después.  Lo que pasó, a mi juicio,  es que la estupenda gente de la Transición esculpió una constitución en granito, creada para durar en los tiempos. Al hacerlo, castraron cualquier impulso de posteriormente reformarla o simplemente ponerla al día.

JMM – ¿Principalmente, en qué el sistema no ha sido capaz de reformarse?

TB – ¡Hay muchos “principalmentes”! La separación de poderes y la independencia judicial; la ley electoral y la financiación de los partidos; la intromisión política en los medios públicos, que son ruinosos, y también en los privados; la manía por reglamentar toda actividad, la profusión de “ventanillas” que descorazonan a todo emprendedor y el entusiasmo corporativista; la tolerancia, incluso el fomento, del capitalismo de amiguetes; la politización, en lugar de la profesionalización, de las administraciones públicas; la querencia por la mediocridad; la ausencia de decoro y moderación y  la ostentación y la conducta hortera de tanto recién llegado con mucho enchufe y poco mérito. La lista de fallos en un sistema poco o nada ejemplarizante es muy larga.

JMM – ¿Y en qué se ha reformado?

TB – España se ha sometido a la disciplina  fiscal europea, mejor dicho a  la alemana, y a la transparencia empresarial que demandan los mercados de capital. Esto es saludable.

JMM – Describes muy bien el papel de la Corona en la Transición y el asentamiento de la democracia. ¿Debería asumir más protagonismo ahora?

TB – Gracias. La verdad es que esa parte del libro me gusta porque creo que cuenta cosas no muy conocidas de una manera ordenada. En cuanto a lo que preguntas pienso que no. Dudo muchísimo que el papel de don Juan Carlos en la Transición sea repetirle o trasladable. La Corona está por encima de la política y eso es su salvaguardia. A lo más puede aconsejar, animar y advertir al presidente del Gobierno de turno. Sus funciones están perfectamente definidas en la Constitución

JMM – Se habla de la república, pero ¿tú crees que los españoles son capaces de figurarse lo que quiere decir ser republicano? Yo pienso que nuestros compatriotas son tan íntimamente monárquicos, que ni siquiera se dan cuenta de que lo son. Como la gente que se declara agnóstica… por defecto, y con el Señor guardándoles las espaldas.

TB – ¡Qué razón tienes! Antonio Fontán decía que España o es un reino o es un barullo. Esto lo saben hasta los ratones. Y, además ¿Qué República? ¿Presidencialista, parlamentaria, federal, unitaria? Desde un punto de vista utilitario, la corona española es mucho más barata que las presidencias de Alemania e Italia y tiene mucho más glamour.

JMM – ¿La llegada al trono de Felipe VI ha sido un impulso para el cambio? En cualquier caso, demuestra que si se quiere, se pueden hacer cambios sin rupturas ni crisis nacionales.

TB – Julián Marías decía que al suceder a Franco, Don Juan Carlos representó “la continuidad sin el continuismo”. De Don Felipe se puede decir lo mismo. La sucesión fue modélica. Lo que creo es que la Corona constitucional no da de impulsar nada. Ha de ser un ejemplo de buen hacer para la sociedad.

JMM – También se habla mucho de la crisis del bipartidismo, pero después de la crisis de UCD –y tú apuntas algo de esto en el libro- lo que llegó fue, en realidad, una especie de monopartidismo sucesivo. (El PSOE, por ejemplo, no ha conseguido una mayoría absoluta desde 1989.) No creo que eso ayude a hacer reformas de calado, como aquellas en las que pareces estar pensando en el libro.

TB – Estoy muy de acuerdo. La primera restauración de la Corona que tú has estudiado tanto se apoyó en el turnismo. La segunda en el monopartidismo del PSOE. Fueron trece años y pico de Felipismo. Y esto implantó una cultura política: el hiperliderazgo, el control del aparato partidista, la intromisión política en todo… en fin una cultura nefasta. Por eso se pudrió la manzana.

JMM – Así como habría fracasado la creación de un partido de izquierdas del sistema (lo que ahora se llama socialdemócrata), ¿también ha fracasado la ambición de consolidar un gran partido de centro reformista? La simetría me parece un poco arriesgada, por otro lado.

TB – Sé muy bien que Aznar quiso abanderar, como liberal, el reformismo. Sabía al dedillo las cosas que no funcionaban y por qué no funcionaban Pudo modernizar el estado en su segunda legislatura con una mayoría política y en un ciclo económico expansivo. Pero no lo hizo. Entre otras decepciones me impactó su decisión de nombrar a dedo su sucesor. No quiso crear un partido abierto y en permanente renovación. Igual tú sabes por qué. Yo, que por muchas razones le admiro, no lo sé.

JMM – No, yo tampoco, Tom. ¿Qué representan los nuevos partidos, es decir Ciudadanos y Podemos?

TB – Eso es obvio. La renovación de la derecha y de la izquierda. Es un asunto generacional.

JMM – ¿Se han degradado el discurso, las actitudes, la disposición al diálogo en estos años? Y si es así, ¿a qué lo atribuyes?

TB – Pues a la degradación de las buenas maneras y del saber estar, a la de la enseñanza y de la cultura en general. Pero esto no es, ni mucho menos, un problema específicamente español.

JMM – Volviendo al título de tu libro, ¿no crees que el conjunto de la sociedad española ha cambiado en estos años de crisis? ¿Que es más flexible, más dialogante, más responsable, más abierta al exterior? A veces, a mí me parece que también la mejora económica está relacionada con esta evolución…

TB – La sociedad sí pero lo que me interesa es la clase política que la representa. Sinceramente no creo que la política sea ni más flexible, ni más dialogante, y en cuanto a más responsable — ¡pero si aquí no ha dimitido nadie! Los jóvenes del Erasmus son otra cosa pero a los políticos les importa muy poco el exterior. Les basta y les sobra con su ensimismamiento. ¿La mejora económica? Los políticos solo quieren gastar. Saben muy bien lo que han de hacer, empezando por reformas estructurales de calado, pero quieren ganar elecciones.

JMM – ¿Y en qué se ha reformado?

TB – Pues se ha avanzado, por ejemplo, en la reforma del mercado laboral cuya rigidez es la causante del desempleo. Pero veremos lo que dura en la próxima legislatura.

JMM – ¿No te parece que la cuestión de la nación española –el consenso sobre la naturaleza de la nación- está entre los asuntos que los partidos no han sabido afrontar? ¿Y que  eso contribuye a explicar la situación que describes en tu libro?

TB – Cuesta trabajo creerlo pero en los primeros borradores de la Constitución no aparecía la Nación Española por ningún lado. Julián Marías, que era uno de los cuarenta senadores nombrados por Don Juan Carlos en las Constituyentes, montó en cólera cuando se dio cuenta y publicó un atronador artículo denunciando tamaña ridiculez. Adolfo Suárez lo leyó, habló largo y tendido con Marías y la Nación figuró en el texto. Yo pienso que hubo mucho complejo, puede que un complejo de culpabilidad que me es difícil de entender, a la hora de hablar de España. Y también que el gobierno de la nación estaba encantado de dejar Cataluña, por ejemplo, en manos de Josep Tarradellas primero y de Jordi Pujol después. Los partidos nacionales, la derecha sobre todo, prácticamente ha renunciado a estar presente en Cataluña.

JMM – La Transición fue la cara política de lo que muchos pensábamos que había sido una reconciliación moral ocurrida antes en la sociedad española. ¿Esa idea sigue vigente? ¿Las consecuencias de la legislación sobre Memoria Histórica la contradicen?

TB – Estas son reflexiones de enjundia. Estoy muy de acuerdo con lo que dices de una reconciliación moral anterior y tenía mucho interés en relatarlo. Esto fue lo que impulsó a los llamados jóvenes reformistas del Régimen. Adolfo Suárez y Rodolfo Martín-Villa fueron los más notables de la clase. Ante mi sorpresa muchos jóvenes que han leído “La Fruta Madura” – el libro está dedicado a mis hijos y por extensión a su generación– me dicen que se han enterado de cosas que desconocían por completo. En cuanto a la Memoria Histórica ¿qué quieres que te diga? Esa legislación contradice lo que tú y yo y cualquier persona sensata entiende por historia.

JMM – Sí, así es. Cualquier persona civilizada, diría yo.

La Razón, 22-11-15

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JOSÉ MARÍA MARCO

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