El patriotismo, un orgullo y una responsabilidad. Conversación con Ana Palacio

Ana Palacio es profesora universitaria y dirige un despacho en nuestro país y fuera de España. Fue Ministra de Asuntos Exteriores del gobierno español en unos años particularmente intensos, en los que España cobró de pronto una dimensión internacional nueva. Conoce muy bien la política española y la proyección de nuestro país en el extranjero. En esta entrevista, celebrada pocos días antes del 12 de octubre, hablé con ella de cómo se ve a nuestro país desde fuera, lo que significa ser español y sobre el significado del patriotismo.

 

José María Marco – Viajas mucho, tu trabajo se desarrolla en el extranjero, pero vives en España.

 

Ana Palacio – Vivo en España, en mi país. Tengo un despacho en Washington DC y realizo tareas de asesoramiento en Bruselas, donde tengo otro despacho, pero mi base familiar y profesional está aquí. Dicho esto, es verdad que siempre me ha gustado viajar. Desde pequeña. El viaje, cualquier viaje, es una aventura que, además, se traduce en filosofía práctica. Procuro ir por la vida ligera de equipaje, en el sentido literal –nunca facturo una maleta- y en el figurado, que es aún más literal que el primero.

JMM – ¿Cómo nos ven fuera? ¿Ha ido cambiando la percepción que tienen de nosotros?

AP – Uno es lo que es y también cómo nos ven los demás. Y España, en la segunda mitad del siglo XX, suscitó primero una curiosidad intensa, y luego interés y admiración. España es un país que ha conseguido cuatro revoluciones desde la Transición: la democracia, el ingreso en la Unión Europea, salir del grupo de los países subdesarrollados para ser uno de los países más desarrollados del mundo y, finalmente, pasar de ser un país de emigración a una población con un 14% de origen inmigrante. Todo eso sin rupturas, ni enfrentamientos. España es un éxito gigantesco, y la Transición ha sido un modelo en todo el mundo. Un país que ha emprendido reformas que apenas tienen comparación en ningún otro lugar del mundo, salvo lugares como Singapur, que es una ciudad Estado, o Irlanda, que es una nación mucho más sencilla que la nuestra. La Transición se explica también porque ya antes se había creado un marco normativo, administrativo, mercantil, de seguridad jurídica que facilitó la reforma política. Para la mirada extranjera, había elementos sociales y culturales, además de los políticos, que explican lo que se consideraba un éxito… Hasta ahora, en que esas mismas personas se empiezan a plantear interrogantes que surgen de los que nos hacemos aquí. Ante lo que está ocurriendo, se preguntan –y nos preguntan- qué estamos haciendo, hacia dónde queremos ir los españoles.

JMM – A veces somos un poco narcisistas. Nos gusta creer que vivimos en un país excepcional y damos mucha importancia a la mirada ajena. La actitud también puede ser atribuida a un complejo de inferioridad cultivado durante mucho tiempo…

AP – Los españoles somos un poco ciclotímicos. Nos vamos a los extremos con facilidad. En 2008, cuando ya era evidente que estábamos entrando en una crisis, negábamos la realidad: aquí eso no va a ocurrir, se solía decir. Ahora, en cambio, parece que no queremos ver que ya no estamos en lo más profundo del agujero. Es como si osciláramos entre el hidalgo pobre, famélico, y el Lazarillo, hartándose con una olla monumental.

JMM – Alguna vez te he escuchado decir que estamos ahora en una fase en la que tenemos algo de nuevos ricos, como si nos hubiéramos olvidado de dónde venimos y de lo mucho que ha costado todo.

AP – Pasamos de un momento de superación voluntaria, de querer dejar atrás el pasado –como ocurrió en la Transición- a hurgar en la forma en que se ha construido la historia. Es un ejercicio de autoflagelación. Porque la historia de España tiene sus cosas buenas y sus cosas menos buenas, pero en conjunto es una gran historia, de la que podemos sentimos orgullosos. El problema es que parece haber un orden de jerarquías distinto al que debería ser natural en vista de nuestra historia y de nuestra situación.

JMM – Y no sólo en cuanto a la historia. España tiene una situación geográfica extraordinaria, un idioma de alcance planetario, una cultura riquísima e inmediatamente identificable… A veces, parece que los españoles no se dan cuenta de su importancia estratégica, de su contribución.

AP – En cuanto al idioma, sólo dos lenguas se expanden. Uno es el chino, que lo hace por razones orgánicas, y el otro es el nuestro, que sigue ganando hablantes. En un ámbito más general, la proyección de España en el mundo tiene tres fundamentos. En primer lugar está nuestro ser, nuestra naturaleza de europeos. Yo me di cuenta muy temprano, cuando en el Liceo Francés algunos compañeros decían eso de que “Europa termina en los Pirineos”. Es evidente que no es así. Somos europeos ontológicamente, porque somos españoles. Además, estamos anclados geográficamente un punto estratégico: en la boca del Mediterráneo. Eso nos ha convertido en un crisol de culturas. Y además, está la vocación atlántica. De estas tres perspectivas la atlántica es en la que mejor se proyecta el genio español. Fíjate en nuestros navegantes, Elcano, Urdaneta, Legazpi… vascos y españoles. Lo nuestro es abrir nuevos horizontes, descubrir, explorar. Es un genio expansivo, curioso, que siempre se supera. Y no tiene miedo a mezclarse y oír, oler, tocar, degustar allá donde va. Por ejemplo en América. Ocurrió algo parecido en Marruecos, donde los españoles no vivían en barrios separados, como los nacionales de otros países. Vivíamos con los marroquíes. Porque el “plus ultra”, nuestro lema, se combina con el interés por el otro. Esto es lo que a veces se oculta, en la España del siglo XXI, de la España de siglos anteriores.

JMM – Yo les pregunto a mis estudiantes si no notan el mar bajo sus pies, si no se dan cuenta que estamos en un barco, que el mar es lo que ha hecho a España tal como la conocemos.

AP – Claro, en el mar están nuestras raíces… En el Atlántico y el Pacífico, que fue un mar español durante siglos. Eso es lo que ha hecho España. Y nos ha caracterizado la austeridad, que está relacionada con esa voluntad de ir más allá para descubrir y no sólo de enriquecerse para exhibir lo que se ha ganado. No hay más que comparar El Escorial con Versalles, por ejemplo. O recordar lo bien que está representada esta forma de ser en la pintura española.

JMM – El patriotismo es el amor a la España que existe, también con sus defectos, que –supongo yo- aspiramos a mejorar. El nacionalismo es el anhelo de una España nueva, impoluta, limpia de todas las impurezas. Es algo destructivo.

AP – Creo que el nacionalismo, que es en parte lo que estamos viviendo en el populismo de estos años, quiere disfrazar la realidad, pintarla como algo idílico que nunca ha existido. Es lo contrario del patriotismo. El nacionalismo quiere cerrar el país mientras que el patriotismo busca el entendimiento con el otro: comprenderlo, hablar, hacer algo juntos.  El patriotismo parte del sentido de pertenecer a una nación, no de la necesidad de excluir a nadie.

JMM – Me parece que el patriotismo es sentirse orgulloso, pero sobre todo sentirse responsable: el patriotismo nos lleva a dar a los demás lo mejor de nosotros mismos. Por eso los deportistas, por ejemplo, se emocionan cuando en una ceremonia suena el himno y se iza la bandera. Porque en ese momento simbolizan lo mejor de ellos mismos, y lo de todos. Aunque eso no quiere decir negar que se hayan hecho muchas cosas mal.

AP – Yo creo que los símbolos nos emocionan porque nos representan. Se habla mucho de la importancia que los norteamericanos dan a los símbolos nacionales, pero pienso que hay ahí algunas cosas diferentes. La emoción es la misma, pero no son iguales los contenidos. Los símbolos nacionales de un país como el nuestro representan una complejidad mayor, mayor riqueza. Los símbolos norteamericanos, en cambio, fueron creados casi antes de que existiera el país. Nosotros tenemos una historia muy densa y los símbolos están cargados de significado, como nuestra propia historia. En cuanto al patriotismo, es, efectivamente, sentido de la responsabilidad: la exigencia con uno mismo.

JMM – Vienes de una familia de vascos, y españoles, con algún miembro muy comprometido en el servicio público a nuestro país.

AP – Tengo la inmensa suerte de pertenecer a una familia vasca. El apellido “Palacio” viene de las Encartaciones de Vizcaya y por parte materna hay también una profunda relación con la historia del País Vasco. Uno de mis abuelos contribuyó en su día a revitalizar la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Pero hablar hoy de mi familia y del sentido de servicio a España, es hablar de Loyola de Palacio. Yo, y todos en casa, la echamos de menos personal, sentimental, cotidianamente. Como española echo de menos su voz de vasca fuerte, de española con pasión y europea con visión. Si viviera, no sé dónde estaría, pero sí sé que se oiría su voz, rotunda y clara. Y, como española, me falta.

La Razón, 11-10-15