La decadencia del intelectual. Por Pedro Schwartz

Pedro Schwartz Girón es catedrático “Rafael del Pino” en la Universidad Camilo José Cela de Madrid.  Licenciado y doctor en Derecho por la U. Complutense; Máster en Economía y Ph.D. en Ciencia Política por la London School of Economics. Desde 1969 ha sido catedrático de Economía en cuatro Universidades españolas. Es presidente de la Mont Pelerin Society, miembro del Consejo Académico del Institute of Economic Affairs (Londres) y Adjunct Scholar del Cato Institute (Washington). También es secretario del think tank Civismo y forma parte del Consejo asesor de Capgemini Consulting. Publica un ensayo mensual en libertyfund.org. Distinciones: Honorary Officer of the British Empire; Premio Rey Jaime I para la Economía; Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; Premio Rey Juan Carlos de Economía; doctor honoris causa por la Universidad Francisco Marroquín.

 

Mario Vargas Llosa ha escrito un libro de ensayos sobre la decadencia de la cultura y la abdicación de los intelectuales, con el sugestivo título La civilización del espectáculo. En apoyo de su tesis de que la cultura se ha frivolizado y masificado, de que se ha convertido en espectáculo, entretenimiento y apariencia, cita a escritores que vienen diciéndolo desde hace tiempo, como el poeta T. S. Eliot o el crítico literario George Steiner. Han denunciado que, en el mundo actual, prevalecen los gustos de la masa, que la información ahoga el conocimiento, que la imagen se impone sobre la palabra, que lo instantáneo y chocante prima sobre lo artesanal y bien trabado.

 

También se lamenta Vargas de que los intelectuales ya no desempeñen el papel destacado que solían en nuestras sociedades. Cuando él era joven, nos dice, los pronunciamientos de intelectuales como Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre o Günter Grass eran escuchados con reverencia. No debemos olvidar, sin embargo, que Russell colocaba a Estados Unidos al nivel de la Alemania nazi, que Sartre defendió el aplastamiento de la revolución húngara por los soviéticos y que Grass, durante largos años, escondió su pertenencia juvenil a las SS. Todos ellos eran enemigos jurados del capitalismo, porque la culpa de la mercantilización del arte la tiene el capital. Hubo otros pensadores más dignos y menos confusos pero la cuestión es otra: la de si debemos lamentar que los intelectuales hayan sido depuestos de su papel de árbitros de la verdad y del gusto, papel al que los franceses sobre todo les elevaron durante el siglo XX.

He leído hace unos días La mentalidad anticapitalista de Ludwig von Mises (1956). Sabemos que, pese a sus grandes méritos, Mises no parecía estar adornado de un gran sentido del humor pero al leerle esta vez me he visto reír. Nos presenta una galería de retratos de tartufos, que fingen buenos sentimientos para disimular su detestación de cuanto signifique libre competencia, entrega al servicio de los consumidores, reconocimiento del éxito ajeno y disposición a arriesgarse para acertar en el camino elegido. Despojados de pretensiones, aparecen como lo que son: unos envidiosos.

Esta hipocresía antiliberal es especialmente notable entre literatos y artistas. Los que no consiguen el éxito se muestran dolidos de que haya gente que, dedicada a la alta cocina o el fútbol, por ejemplo, gane más dinero que ellos. Los que consiguen el favor del público temen que su buena suerte sea flor de un día y preferirían una buena subvención. Como la característica de una economía libre es la producción de bienes destinados a las masas y en el capitalismo el hombre corriente es soberano, suelen triunfar autores de vulgares superventas y no exquisitos poetas o grandes filósofos. Sin embargo, sería un error suponer que las masas siempre prefieren las obras malas a las buenas. En todas las épocas ha habido obras de calidad tapadas por la hojarasca que el viento del tiempo barrerá. La vulgaridad y frivolidad del momento presente en todas las artes no es novedad, sólo toma otras formas que en siglos pasados. Antes de la llegada de la burguesía al mercado de la cultura, el éxito dependía de los gustos de los mecenas, fueran nobles o eclesiásticos. Estos patronos eran, sin duda, más refinados que las masas consumidoras de telenovelas, pero no creo que los intelectuales progresistas del presente siglo quieran volver a ser cortesanos. Resignémonos, pues, a que el tono general de nuestro tiempo sea superficial y masificado. Dediquémonos los inconformes a buscar calidad y profundidad, aunque sea a riesgo de no alcanzar nunca el éxito.

Vargas Llosa - La cultura del espectáculo

En 1949 Hayek escribió Los intelectuales y el socialismo, un penetrante ensayo en el que distinguió tres grupos de personas en la batalla de ideas entre el liberalismo económico y el socialismo: los creadores de ideas originales y eruditos especializados; los intelectuales, que viven de la divulgación; y las personas prácticas, alejadas del mundo de las ideas. Quienes muestran una tendencia inveterada hacia el socialismo y el intervencionismo son esos intelectuales sabedores de todo y de nada. El grupo incluye a los expertos en alguna materia especializada que opinan fuera del campo de su competencia, como ocurre con ciertos galardonados con el Nobel de Economía.

En la sociedad actual, muchos de estos intelectuales odian todo lo que sea capitalismo y libre mercado. A ello les llevan dos impulsos: la frustración que les supone no ejercer ningún poder político y la sensación de injusticia ante la vida privilegiada de quienes triunfan en el mundo de la empresa. Estos intelectuales a la Sartre o a la Grass suelen tener los pies de barro. No pongamos nuestra confianza en personas sino en argumentos, que nuestros grandes liberales han lanzado muchos y buenos.

En suma, las dos fuentes de lamentación del ensayo de Vargas sobre la civilización del espectáculo se me antojan alarmistas. Nadie nos obliga a obedecer las modas del siglo, ni a fomentar la prensa frívola, ni a contribuir a la vulgaridad de la televisión, ni a competir con los charlatanes. Tampoco hay motivo para lamentar la desaparición de esos intelectuales que pontificaban sobre lo divino y lo humano sin acertar nunca en lo concreto. En toda época se puede trabajar con seriedad y responsabilidad sin hacer demasiado caso de la masa.

A Lope de Vega le criticaban que no siguiera las reglas de Aristóteles al poner comedias en escena. Él contestó con su maravilloso manifiesto Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, exclamando: «Porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle al vulgo en necio para darle gusto». A los que se quejan de que en este tiempo el arte se vulgariza, les recordaré con qué maestría sabía Lope escribir buenas comedias para la gran masa.